domingo, 26 de marzo de 2017

Mimo I


Es un hecho asumido y nada discutible, que a quien detesta su trabajo las mañanas le caen encima como una losa. Esto es lo que le ocurre a nuestro protagonista, Marcos Ribas. Estudió historia y se especializó en arqueología hace ahora diez años. No eligió su carrera profesional motivado por Harrinson Ford en las películas de Inidana Jones, como le suelen preguntar con ese deje graciosete cuando lo conocen, sino por las ruinas incaicas que aparecían en sus sueños estando aún despierto. Así que, con notas admirables, se licenció como un arqueólogo prometedor.
Pero la sociedad se ha ido al traste, y por mucho que le duela, le habría ido mejor presentándose como concursante en un programa basura, o del corazón, criticando a sus compañeros de la casa (o así lo llaman socialmente) que tratando de aprobar todos los exámenes de la carrera. Al fin y al cabo, es un chico de atractivo evidente, o al menos nota los ojos femeninos posados en él allá adónde va.
Por desgracia, hace tres años que su ilusión arqueóloga se esfumó tan rápido como las palomas huyendo de un pisotón fuerte en el suelo. Eso es, su futuro se fue volando, y a saber dónde estaba.
Pensó en escribir una novela. Quizás un misterio Inca, de esos que perduran en el tiempo, una herencia familiar y un crimen por resolver que lo catapultasen al estrellato literario. Enseguida desechó la idea. Quizás no era tan constante como para buscar ese tipo de fama, al fin y al cabo, era un éxito que tampoco sentía. A los pocos meses encontró trabajo en un centro comercial situado en pleno puerto de Barcelona. Sólo tenía que cobrar entradas de cine.
Entró en una dinámica que tampoco eligió. Cada día se levantaba tarde, comía algo e iba caminando al trabajo. Atravesaba Las Ramblas, aunque en secreto las detestaba un poco. Esa masificación de turistas le creaba un sentimiento de desagrado. Pero son Las Ramblas, un icono, y había que quererlas.

Lo que empezó como un trabajo esporádico, para salir del paso, se ha convertido en la rutina de los últimos tres años. Marcos sigue levantándose tarde, comiendo algo poco sano acompañado de un café cargado y yendo andando a trabajar. Sigue odiando Las Ramblas. Pero eso no es todo, porque Marcos se siente un tanto apático, aburrido de la vida que le ha jugado una mala pasada. Y de tanta apatía está su mente inundada, que se le ha pasado al corazón. Nada lo motiva. Sale con los amigos a desgana, habla de política, de fútbol, de su madre, de las vacaciones, y de su vecina cotilla con la misma escasa pasión. Piensa que ha perdido los sentimientos. Se han ido volando, como las palomas cuando...ya sabemos cuándo.

Lo que no sabe y no creería si se lo explicasen es que un chispazo va a cambiar la rutina de sus días.




Un mañana fría y gris en la que las nubes se amontonan en el cielo como algodón sucio, Marcos camina por Las Ramblas como si llevase grilletes en los tobillos. Parece un preso dirigiéndose a su celda después del descanso. O lo que sea que hacen los presos cuando no están en sus celdas. Claro, tanto cine le ha implantado imágenes de la vida un tanto Hollywoodienses. ¿Son los juicios y las cárceles como se muestran en las películas?
En fin, camina con expresión lastimera. Es febrero y los árboles desnudos permiten ver los edificios bajos y envejecidos de Las Ramblas. Se fija en el dragón Art Decó que sobresale en una esquina, tan verde y arrugado. Baja la cabeza con tanto melodrama que sabe que si su madre lo observase le reprendería por pesimista. Puuff pesimista. Él no se lo considera, está un tanto cansado del mundo y ya está.
Y entonces, como si temiera que su madre apareciera de verdad, levanta la mirada rápidamente. Y en ese momento se produce el chispazo. Encuentra ante él una figura menuda y grácil que viste ropa de mimo francés. Se detiene y contempla su postura petrificada, y como llamado por una fuerza mayor se acerca. Sus pies de plomo de pronto parecen tener alas, y su apatía ha dado paso a un interés, muy leve, pero interés al fin y al cabo.
Echa una moneda de cincuenta céntimos en la gorrita que hay en el suelo. Es la última que tiene, así que tendrá que pedir prestado para el café de maquina. Pero enseguida se enorgullece. La mimo se mueve, efectúa un movimiento gracioso y femenino con los brazos, y cambia su postura. El sol débil le cae en el pelo rubio, y ahora parece más encantadora, como enmarcada en un cuadro. La pintura blanca de la cara deja muy poco que distinguir, aunque lo suficiente para que Marcos sepa que esas facciones le resultan agradables.
Marcos sabe que la chica no volverá a moverse a menos que le eche otra moneda. Pero sus bolsillos están vacíos. De hecho, no sabe dónde conseguirá una moneda para el café de máquina.
Así que se marcha, Ramblas abajo.

Al día siguiente se despierta con la misma apatía arraigada en su interior. Aburrimiento, corazón de hielo. Pero al salir de casa, siente la punzada de la duda. ¿Estará hoy aquella chica? ¿Y desde cuando lleva pasando desapercibida ante sus ojos?
Siente una oleada de felicidad cuando la ve a lo lejos, y dejándose llevar por sus instintos, se acerca a ella. Le echa una moneda, y la chica efectúa otro movimiento delicado. Es diferente al del día anterior, pero no por ello le ha gustado menos. Y ese día, Marcos llega con una sonrisa al trabajo.
Al día siguiente ya se despierta con otro interés en su interior. Es un rum rum en el estómago. ¿Son esas las famosas mariposas que se sienten? Pero ¿por qué iba a sentir nada por ella? No la conoce. No sabe su nombre, no ha escuchado su voz, no sabe cómo es su sonrisa. Quizás es una sosa y ni ríe. Quizás tiene voz ronca, pero no como la de Scarlett Johansson (Ay Scarlett Johansson, suspira), sino masculina, como los travestis, y no es que tenga nada en contra de ellos. Pensándolo bien, quizás sí es un poco dramático. Su madre tiene razón.
Sabe que la chica estará en Las Ramblas cuando pase por allí. ¿Cómo se llamará? Imagina que tiene un nombre corto, como Eva o Ana.
Esta vez, cuando le echa la moneda, Marcos se atreve a preguntarle el nombre. Pero ella ni siquiera parpadea. Marcos no se desespera, sabe que no debe distraerla. Y vuelve a llegar al trabajo con una sonrisa. Esa noche piensa que quizás debería apuntarse al gimnasio. Desde que rompió con Sandra se ha descuidado a base de comida china y llamadas al telepizza.
Y así pasan los días y las semanas. Marcos ha establecido una rutina de la que ahora no podría prescindir. Esa parada ante la chica rubia vestida de mimo francés se ha convertido en su aliento del día. Es su cigarrillo, su café de las mañanas, su dosis de droga. ¿Cómo se llamará? Desea saber su nombre y ansía ver su cara sin ese maquillaje blanco.

Los días pasan como las páginas de un libro, y de repente nos plantamos en julio. Los turistas van a hacer suya a la chica mimo. La rodearán y esto le impedirá verla de cerca. Es el momento de actuar, invitarla a un café, al cine, a cenar, ser más insistente. Luchar por su interés, no quedarse atrapado en la sumisión como cuando perdió el trabajo de su vida.

Fin de la primera parte.

Queda pendiente decidir si el final de mi historia va a ser feliz o no (acepto propuestas, Feliz o No feliz). ¡¡¡Feliz domingo!!!

martes, 21 de marzo de 2017

Yo más



Conversaciones absurdas que ocurren en un bar
(Pequeña obra de teatro)

Escenario: Un bar de barrio, repleto de clientes, a pesar de no ser demasiado grande. Es alargado y produce ligeramente el efecto de caverna.
Alan: Joven de 30 años, de aspecto descuidado, vaqueros rasgados por los bajos, camisa holgada de color apagado, y cabello ensortijado.
Carlos: Joven moderno de 32 años, pelo cuidadosamente cortado, camisa ajustada y bambas de marca. Lleva gafas de pasta y huele a perfume de discoteca.
Roberto: Ejecutivo de 35 años. Viste traje y corbata, aunque ahora se ha remangado para sentirme más cómodo.
Pablo: Camarero. Estudiante de psicología que acepta empleos basura para costearse los estudios.
Al alzarse el telón se oyen las conversaciones de los clientes, muy animadas, que se mezclan con el ruido de las jarras de cerveza al tocar las mesas. Alan, Carlos y Roberto están sentados al final del local, en una mesa de cuatro, muy cerca de los dardos.
Alan: Me gusta tanto viajar que si me despidieran gastaría el dinero de la indemnización en un viaje.
Carlos: ¿Uno? No, no. Que el tiempo pasa volando. Yo haría dos ¡Y a lo grande! Playas exóticas, mojitos y palmeras y masajistas de veinte años. Eso sí es vida.
Roberto: Yo me iría un mes entero. Aún no sé dónde, pero haría las maletas así (chasquea los dedos).
Alan: Yo compraría un billete de ida a Los Ángeles, y el de vuelta ya vería… cuando me cansase, lo cual veo difícil.
Carlos: Yo no me cansaría nunca.
Roberto: Yo me llevaría el coche. Así podría desplazarme por donde quisiera. Y como me gusta conducir, no tendría problemas.
Alan: Yo adoro conducir, disfruto realizando trayectos largos.
Carlos: Pues yo podría conducir durante diez horas.
Roberto: ¿Diez? Yo he llegado a conducir durante quince horas sin descansar.
Alan: (moviendo su vaso vacío) ¿Queréis otra birra?
Carlos: Sí, llamemos al camarero.
Roberto levanta la mano, y cuando la sacude Pablo se acerca.
Pablo: ¿Tres más?
Roberto: Sí, trae otras tres.
Pablo se marcha.
Alan: Yo aguanto tan bien el alcohol que todo el mundo se sorprende. Podría beberme cuatro cubatas y mantenerme igual de sereno.
Carlos: ¿Cuatro? ¡Eso no es nada! Yo podría beber ocho. Más de una vez lo he hecho.
Roberto: Menudos niñatos estáis hechos. Mi récord no sé ni dónde está. Soy como una esponja.
Alan: Sí, pero hoy no nos podemos pasar ehh, que mañana tenemos que currar.
Carlos: Y no porque me apetezca. Mi jefe es un ogro. Siempre está de mal humor.
Roberto: Mientras no te grite… como hace el mío. Eso sí que es ser un ogro.
Alan: Pues el mío es un amargado y lo paga con todos sus empleados, y más de uno ha llegado a llorar.
Carlos: Así, no me extraña que me cueste tanto levantarme por las mañanas. Hay días que pasa media hora desde que abro los ojos hasta que me levanto de la cama.
Roberto: Pues yo tengo que ponerme el despertador tres veces porque si no, no me entero.
Alan: Pues a mí me cuesta tanto levantarme por las mañanas que algunos días he llegado tarde a trabajar.
Carlos: ¿Dónde se ha metido el camarero?
Roberto: ¿Alguien recuerda cómo se llamaba?
Alan: No, yo tengo muy mala memoria.
Carlos: Yo sí que tengo mala memoria, que veo una cara y cinco minutos después se me ha olvidado.
Roberto: Yo tengo tan mala memoria que más de un día me he dejado el fuego de la cocina encendido.
Alan: ¡Pues para recordar su nombre estamos! Yo no tengo ni memoria histórica.
Carlos: ¿Pues sabes cómo puedes aprender historia? Yendo a museos.
Roberto: Uf, no tengo tiempo para museos.
Alan: Yo tampoco.
Carlos: Yendo de viaje, podríamos entrar en alguno.
Roberto: ¿Y cuándo vamos a viajar? Porque yo más de una semana no quiero marcharme, y no creo que dé tiempo a todo.
Alan: ¿Una semana? Yo creo que una semana es mucho tiempo. Yo prefiero cinco días como mucho.
Roberto: O un fin de semana.
Alan: Si me llevara el coche tendría mayor flexibilidad.

Roberto: ¿El coche en vacaciones? Yo me agobiaría…

domingo, 19 de marzo de 2017

La luz entre los océanos


DATOS DEL LIBRO

Título:La luz entre los océanos
Editorial: Ediciones Salamandra, S.A.
Autor: M.L. Stedman
Nº de páginas: 379
Género: Narrativa
ISBN:  978-84-9838-774-2

Sinopsis.

Una mañana de abril de 1926, un bote encalla en la costa rocosa de una remota isla australiana. En su interior yacen un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. A su encuentro salen Tom Sherbourne, el farero, y su joven esposa, Isabel. Se han instalado en la isla para dejar atrás los horrores de la Primera Guerra Mundial, y lo único que ensombrece su felicidad es la incapacidad de tener hijos. Ante la impresión que les causa un ser tan frágil e indefenso, Tom e Isabel deciden seguir el dictado de sus corazones y adoptar a la criatura, sin notificar el hallazgo a las autoridades.
Un par de años después, cuando llega a su conocimiento que la madre de la niña está viva y mantiene la esperanza de encontrar a su hija, las tensiones se desatan en la pareja. Isabel ya no concibe la vida sin la pequeña Lucy, pero la decisión que han de tomar y el sufrimiento de la madre biológica harán que los hechos se precipiten en una cadena de consecuencias imprevisibles.





Opinión personal.

Me gustan las historia psicológicas, con grandes descripciones de emociones humanas, aunque quizás esta novela ha sobrepasado los límites. A pesar de que me ha gustado muchísimo, he acabado un poco agotada, todo hay que decirlo. Si tuviera que describirla con una palabra, sería “desesperación”. Porque es una novela de que habla de la desesperación humana. El tema central es uno de los más básicos de la humanidad: el amor de una madre hacia su hijo, y el dolor que le causa perderlo. Dicen que lo peor que te puede pasar en esta vida es perder a un hijo, y en esta novela ese dolor que desgarra se puede percibir en lo más profundo de los personajes.
La historia empieza cuando un matrimonio joven que vive en el faro de una isla Australiana (él es farero), encuentra un bote en la costa. En el interior hay un hombre muerto y un bebé. La pareja, después de varios intentos frustrados de convertirse en padres, ve la oportunidad de cumplir sus deseos al quedarse con la niña. Mejor dicho, ella insiste a su marido en hacerlo, de una forma tan obcecada, que aunque él no está convencido, accede sólo por hacer feliz a su esposa.
Me ha sorprendido mucho la combinación de capítulos emotivos y dulces con otros donde la desesperación queda tan patente. Creo que nunca he leído una novela más emocionalmente intensa que ésta, o al menos no recuerdo haber sentido antes una gran impotencia con un libro.
La historia entre los dos protagonistas, Tom e Isabel, me ha parecido envidiable, en el sentido que se refleja esa afinidad y compromiso de una pareja que se ama. Es un matrimonio basado en el respeto y la amistad. He encontrado un amor real. Hay capítulos, al principio de la novela, donde se narra cómo y cuándo se conocen, y cómo surge un amor muy sano entre una joven todavía ingenua y un ex soldado afectado por la guerra.


Después, la tristeza de ella al sufrir los abortos me ha parecido muy emotiva.
El torbellino de emociones llega cuando la madre de la niña se entera de que su hija está viva, y como es lógico, exige recuperarla. Esto ocurre más o menos a mitad de la novela, y ocasiona que todos los personajes entren en un bucle de sentimientos angustiosos. La madre biológica sufre por tratar de conseguir que su hija se habitúe a ella (han pasado cuatro años desde que llegó en bote al faro, la niña era un bebé, así que podría decirse que su madre biológica es una desconocida). Isabel, la mujer del farero, cae en una depresión destructiva, ya que ha criado a la niña como si fuera suya y al quitársela siente que ha perdido una hija propia. Y Tom, se debate entre el amor familiar y la culpa que le genera haber robado un hijo a su madre.
A pesar de los altibajos de Tom, el personaje más complejo me lo ha parecido Isabel. En el primer capítulo se muestra a una joven derrotada por el fracaso materno. En los siguientes, (en forma de flashback) una adolescente dulce dispuesta a convertirse en la esposa de un farero por devoción a un hombre al que admira. Pero en los últimos, la desesperación por recuperar a una niña que en realidad no es suya, la lleva al límite de la locura.
Resumiendo, me ha gustado bastante esta novela, la recomiendo totalmente, aunque no es ni ágil ni un cuento de hadas. Es cierto que me ha provocado ese sentimiento de impotencia por la actitud injusta de algunos personajes. Sin embargo, tampoco se les puede juzgar, porque en todo momento actúan incitados por la desesperación.

Es una historia tan turbulenta que hasta yo tengo sentimientos encontrados acerca de los personajes. Quizás por eso es buena novela, porque consigue transmitir de forma correcta los sentimientos más íntimos y frustrados de las personas cuando llegan al límite de su aguante.

martes, 14 de marzo de 2017

Adictos para siempre

Pocas sensaciones calaban en Rachel como la de graduarse siendo la primera de su promoción. Acabó la carrera con una media sobresaliente, pero eso ya se lo imaginaba ella, porque su esfuerzo había sido sobrehumano desde el primer semestre.
Aquel verano Mike, su novio de toda la vida, le propuso hacer un viaje. Quizás podrían ir a España, alquilar un coche y visitar los pueblos costeros del mediterráneo. Tal vez podrían llegar a Francia. Decían que la Costa Azul era de lo más maravilloso que existía. Al principio Rachel se ilusionó como una niña. Sí, sí. La playa mediterránea es una buena idea. Sangría y sol, y noches interminables. Pero pasados unos días esa ilusión se fue desvaneciendo en secreto, como las velas olvidadas en una esquina. Sería mejor empezar una prácticas, iniciar una experiencia laboral que la dotase de prestigio siendo todavía joven. Cuando sus amigos graduados se iniciasen en el mercado laboral ella ya tendría parte de su camino hecho. Y eso era una ventaja enorme. Así que habló con Mike. Prefiero empezar a trabajar, ahorrar dinero, así podremos vivir juntos, y el año que viene hacer un viaje mejor. Ya sé, iremos a Disney World, y me haré una foto con Rapunzel.
De acuerdo, dijo Mike. Y aunque Rachel tenía más de veinte años y un carácter disciplinado, le gustaba su afán Disney. Un poco de ingenuidad en su carácter estricto no iba mal. Al fin y al cabo, se parecía un poco a Rapunzel. Mike la observó como quien sopesa un plato de comida precocinada en el súper. Rachel tenía una bonita melena rubia, muy bien cuidada, era menuda y agraciada, y solía vestir con tonos violeta. Era una chica de color pastel. Podría aparecer en la portada de esas novelas románticas para adolescentes. No las de vampiros, las otras sobre amores juveniles.
En fin, Rachel se tomó en serio sus prácticas. En la oficina la valoraron como la ejecutiva agresiva que sería. No os dejéis engañar por su edad joven y su aspecto virginal, empezaron a comentar sus compañeros, es una experta financiera con mucho carácter.
Aunque el sueldo de Rachel no era gran cosa (los becarios no pueden presumir de sueldo), pudo irse a vivir con Mike, ya que él sí tenía un trabajo estable desde hacía tiempo. No era un piso muy grande, ni la idea que Rachel poseía sobre un nido de amor, pero era céntrico y barato.
El año pasó rápido, como las páginas de una novela mal escrita, y con la llegada del verano Mike empezó a planear de nuevo las vacaciones. Quizás no cobramos tanto para ir a Disney World, comentó a Rachel.
No importa, dijo ella, soy becaria, así que tampoco tengo días de vacaciones.
A principios de otoño Rachel se sintió segura para dar el gran salto, así que decidió abandonar su contrato basura y buscar otro con un sueldo decente. Estudió el mercado, las empresas, la solvencia y la reputación de las compañías, y su lucha acérrima le permitió incorporarse en la mejor multinacional. O al menos, la que ella consideraba la mejor. Las oficinas estaban situadas en el centro de la ciudad, en el interior de uno de los edificios más altos. Era una torre acristalada que se elevaba vertical y que en los días de lluvia parecía tocar las nubes grises, sucias, como algodón usado.
El sector financiero era lo que se decía del mundo, un pañuelo, y había oído cosas horribles de Herta Hamilton, la ejecutiva que sería su jefa. Pero Rachel no era mujer alarmista, sólo debía cumplir con sus obligaciones y la cosa iría sobre ruedas. Sería la mejor trabajadora, y así tendría un sueldo más que desahogado, y con eso, se compraría un piso bonito, envidiable, y viajaría a Disney World el siguiente año. Se haría una foto con Rapunzel.
El primer día de trabajo conoció a Emily, una chica a punto de formar una familia que le informó sobre el ambiente asfixiante que se respiraba en las oficinas. Herta era una tirana en toda regla. Ante las quejas de Emily, Rachel pensó: eres un cáncer para la empresa, una negativa, no sabes cumplir con tus obligaciones. Así que mientras Rachel lanzaba dardos imaginarios a Emiliy, ésta halagaba su larga melena rubia, que ya le llegaba casi por la cintura.
A los pocos días Rachel conoció a la famosa Herta Hamilton. La había seguido de cerca en Twitter, en Instagram y, cómo no, en la prensa. Pero una cosa era la imagen plasmada en el papel, y otra muy diferente la real. Herta también era rubia, pero diferente a ella. Su jefa era un cuerpo creado a base de bisturí y sesiones de rayos uva. Apareció en la oficina con gafas de sol y joyas enormes, taconeando por los pasillos como una estrella de Hollywood que huye de la prensa. Rachel quedó impresionada. Quizás se parecía más a una participante de Famosas de Bervely Hills. Rachel dedicó un momento a buscar los detalles que se le habían escapado cuando la seguía en las redes sociales. Herta hablaba de una manera peculiar, era como si estuviera borracha. Enseguida desechó la idea. Era Herta Hamilton, la mujer poderosa. Tardó tres horas en descubrir que no era embriaguez sino botox lo que la hacía perder el tono.
Rachel se comparó con ella. El suyo, era un aspecto virginal. Su melena proyectaba una ingenuidad que detestaba. Quizás debería erradicar su vestuario lila y rosa. Tenía veinticuatro años, por favor, era hora de acabar con esa imagen aniñada. Decidió que esa misma tarde iría a la peluquería, y en cuanto cobrase la primera nómina haría un cambio de armario. Adiós colores pastel, vestiría como una mujer.
Sin embargo, no pudo hacer ni una cosa ni la otra. La bombardearon a trabajo. Informes, reuniones, presentaciones...curvas cash flow, bonos a diez años, acciones, Leasing, Forward, depósitos, deuda vencida, deuda relacionada, deuda impagada, más deudas, más bonos. A principio, la sobrecarga de información la dejó como Alicia después de ver la sonrisa del Gato de Cheshire, alucinada y confusa. Pero no era de las que perdían el norte con facilidad, así que pronto se recuperó. Se forjó una imagen de una Herta joven y con ambiciones. Seguro que empezó como ella, desde lo más bajo. ¿Se habría quejado? Pues claro que no. Y pensando en Herta, se dio cuenta de que la admiraba en algunos aspectos, pero otros...ñññeeee. Esa imagen de diva alto estanding no era seria ni formal. Y tomó una decisión, se convertiría en una versión de Herta Hamilton mejorada. Una Herta Hamilton 2.0. O algo por el estilo.


Las horas extras llegaron como un acuerdo tácito. Se las imponían como parte de su responsabilidad, pero ella tampoco se quejaba. Era la primera en llegar a la oficina y la última en marcharse a casa. Los fines de semana enviaba y respondía mails, y los domingos avanzaba presentaciones. Todos los jefes estaban encantados con su proactividad y su esfuerzo. Sin embargo, Mike no opinaba lo mismo. Las broncas se volvieron cotidianas, y la distancia entre ellos crecía como el moho en la madera húmeda. La relación acabó con un portazo de Mike en el pisito céntrico, y sus cosas vendidas en internet. Pero Rachel no podía evitar un cierto descanso. Mejor así, sin Mike podría dedicar todo su tiempo a lo que realmente era importante. Ya encontraría otro mejor con quien ir Disney World y que le hiciera una foto con Rapunzel.
Rachel se enfrascó en su trabajo. No tenía tiempo para las relaciones sociales ni tampoco pretendía dedicar mucho esfuerzo a nada que no fuera prosperar en su empresa. Herta Hamilton reconocía sus aportaciones, y delegaba en ella más trabajo del que resultaba normal. Se reunían en el despacho y con esa voz quebrada por la inexpresión de las inyecciones, le mandaba una lista de tareas casi inhumana.
Un día Rachel conoció a Patrick. Era el responsable financiero de la sede alemana. Y por cierto, muy atractivo. Había venido por motivo de una conferencia. Ambos congeniaron, descubrieron una afinidad divertida y cenaron juntos. El segundo día también cenaron juntos, y además acabaron en la cama. A partir de ahí, la relación se volvió más estrecha. Un ligue de una semana, pensó Rachel, nadie tiene por qué enterarse.
Y efectivamente nadie se enteró del affair de los dos trabajadores. Eran expertos en discreción. Patrick tenía todo lo que Rachel admiraba en un hombre: posición, respeto, una carrera que había tocado las estrellas. Pero estaba casado. Una noche, entre las sábanas de colores que Rachel había comprado con Mike años atrás, Patrick le dijo: ¿Para qué quieres is a Disney World? Ya eres Rapunzel. Tienes el pelo tan largo que da miedo, y tu jefa te tiene encerrada en la torre.
Y Rachel se detuvo a pensar. Un poco molesta, llegó a una conclusión muy simple. Herta no la retenía, ella permanecía por propia voluntad.
Aprovechó una mañana tranquila para cortarse las puntas. Eligió la peluquería más cercana de su trabajo. La peluquera, al ver aquella melena destrozada, se alarmó. ¿Cuánto hace que no pisas una peluquería? Y Rachel, un poco avergonzada admitió: Tres años, quizás más, es que no he tenido tiempo. A lo que peluquera replicó: ¿En tres años no has tenido tiempo?
La peluquera intentó salvar lo que pudo de la larga melena, pero el estado era crítico. Cortó el pelo por encima de los hombros. Al principio Rachel sintió pánico pero pronto descubrió la comodidad. Mejor así, no tendría que preocuparse por banalidades.
Y un día ocurrió lo que la gente cuchicheaba. Herta Hamilton tuvo una crisis de ansiedad tan grande que acabó ingresada en una clínica de...de algo que nadie sabía muy bien. Y Rachel participó en los comentarios que se propagaban por la oficina. Pobre Herta, pobre, sí sí. Tan joven y sufriendo infartos.
Pero Rachel sólo era ingenua por fuera. Era la única que conocía los detalles de la agenda de Herta. Durante años se había deslomado en convertirse en su mano derecha. Debía aprovechar la situación.
Se las ingenió. Buscó responsables y se hizo dueña de los temas abiertos. Ante tanta proactividad, tardó tres meses en ser nombrada jefa de div¡sión. Le arreglaron un despacho, no tan grande como el de Herta, pero con buenas vistas de la ciudad. A esas alturas su pelo rubio había adquirido una tonalidad grisácea, sin vida. Llenó su armario de trajes negros y formales. Herta Hamilton 2.0. Nada de parecerse a las ricachonas de Bervely Hills.
Una semana después, una chica nueva se incorporó a la oficina. Tenía veintitrés años y acaba de graduarse con notas impecables. Rachel notó cómo la observaba mientras recorría el pasillo con el bolso colgado del brazo y el café descafeinado de máquina con leche de soja y azúcar moreno en la mano. Descubrió la admiración que ella misma había sentido por Herta años atrás. Y entonces fue consciente de lo ingeniosa que había sido para desbancar a Herta. Y al contemplar a la nueva pensó: esta no va a ser como yo, esta no ascenderá, a esta la echaré en un mes. Sólo por prevención.



domingo, 12 de marzo de 2017

El abanico de seda


DATOS DEL LIBRO

Título: El abanico de seda
Editorial: ediciones Altaya
Autor: Lisa See
Nº de páginas: 311
Género: Narrativa
ISBN: 978-84-487-2272-2

Sinopsis.

En una remota provincia de China, las mujeres crearon hace siglos un lenguaje secreto para comunicarse libremente entre sí: el nu shu. Aisladas en sus casas y sometidas a la férrea autoridad masculina, el nu shu era su única vía de escape. Mediante sus mensajes, escritos o bordados en telas, abanicos y otros objetos, daban testimonio de un mundo tan sofisticado como implacable. El año 2002, la autora de esta novela viajó a la provincia de Huan, cuna de esta milenaria escritura fonética, para estudiarla en profundidad. Su prolongada estancia le permitió recoger testimonios de mujeres que la conocían, así como de la última hablante de nu shu, la nonagenaria Yang Huanyi. A partir de aquellas investigaciones, Lisa See concibió esta conmovedora historia sobre la amistad entre dos mujeres, Lirio Blanco y Flor de Nieve.

Como prueba de su buena estrella, la pequeña Lirio Blanco, hija de una humilde familia de campesinos, será hermanada con Flor de Nieve, de muy diferente ascendencia social. En una ceremonia ancestral, ambas se convierten en laotong —«mi otro yo» o «alma gemela»—, un vínculo que perdurará toda la vida. Así pues, a lo largo de los años, Lirio Blanco y Flor de Nieve se comunicarán gracias a ese lenguaje secreto, compartiendo sus más íntimos pensamientos y emociones, y consolándose de las penalidades del matrimonio y la maternidad. El nu shu las mantendrá unidas, hasta que un error de interpretación amenazará con truncar su profunda amistad.

Escrita con la objetividad de un historiador y la pasión de un novelista, El abanico de seda es una ventana a un mundo asombroso, lejano y desconocido, un retrato vivo de la vida de unas mujeres extraordinarias que dejará en el lector, sin duda, una impresión difícil de olvidar.



Opinión personal.

Esta novela cayó en mis manos por casualidad. Me la regaló una de mis amigas más cercanas hace años, cuando aún ambas estábamos en la universidad. Un día se presentó, muy contenta, con la novela en la mano y me dijo: he visto este libro en el quiosco y te lo he comprado, a mí me encantó, y creo que te gustará mucho. Ella siempre ha sido muy aficionada a las historias calificadas como vivencias de mujer, experiencias reales de mujeres luchadoras. Aprovecho para decir que esta semana ha sido madre primeriza de una niña muy grande y muy bonita, lo cual me hace pensar que el tiempo pasa volando.
Sobre la novela: la historia trata de la amistad entre Lirio Blanco y Flor de Nieve a lo largo de sus vidas, y de cómo las dos luchan por encajar en esa sociedad machista donde las mujeres son tratadas como pura mercancía.
Normalmente, sabemos que en otros lugares del mundo el día a día de las personas es completamente diferente al nuestro, igual que conocemos algunas tradiciones tan crueles que nos hacen poner el grito en el cielo. Pero una cosa es estar al tanto de la existencia, y otra muy diferente entrar al detalle. Y digo esto porque hasta que no leí El abanico de seda no fui consciente de la dureza que supone conseguir esos pies pequeñitos en las mujeres chinas. Esta práctica va más allá de la estética, es un peligro para la salud y la vida humana. Ninguna mujer debería arriesgarse a morir por parecer más atractiva sexualmente a un hombre que te trata como una posesión más. Pero no quiero hacer spoilers, así que empezaré mi opinión personal sobre la novela.
Obviamente, me fascinó desde la primera página. Está escrito en primera persona por la protagonista, Lirio Blanco, una mujer de familia humilde que lucha por ascender socialmente pese a que sus cualidades no son las más notables para la sociedad en la que vive. No es la más guapa, ni posee la piel más blanca, ni su familia es la más rica; sin embargo su lucha por posicionarse es sumamente obstinada. Y aquí es cuando entra en juego la parte dulce de la historia. El deseo de Lirio Blanco no está incitado por conseguir el mejor marido, sino por no decepcionar a su amiga Flor de Nieve, su máxima inspiración, ya que a sus ojos, es la imagen idónea de lo que una mujer debería ser. Sin embargo, cuando Flor de Nieve cae en desgracia, los sentimientos humanos surgen y, como en esta vida la decepción es proporcional a la admiración, los mitos caen de manera dolora y la empatía brilla por su ausencia.


La novela me resulta dulce y desgarradora a la vez. Parece imposible combinar estas dos cualidades, pero es la sensación que obtuve al leerlo. Con esto no quiero decir que el libro llegue a un extremo desagradable, porque a veces me he encontrado historias que se recrean en la fatalidad de una forma demasiado explícita. No es el caso, aunque sí expone un mundo cruel para la mujer.
La relación entre las dos amigas es emotiva, provoca sentimientos de inocencia y de pureza. Pero después, algunas vivencias me impactaron. Ya he hablado del proceso de transformación de los pies, lo cual me parece inhumano. Ninguna persona, hombre o mujer debería estar sometido a una tortura como esa. Y este sólo es un ejemplo. En esa época las mujeres luchaban por ser “la esposa”, sabiendo que el marido tendría sus concubinas. Y lo aceptaban, sin rechistar, sin plantearse que ellas también eran personas con sentimientos. Lo importante era ser la esposa oficial y no la segunda preferida.
En resumen, me gustó la novela porque me pareció un caso real que vemos lejos y que nos parece casi un mito. Sin embargo, existieron muchas Lirio Blanco y Flor de Nieve, mujeres que sufrieron una sociedad machista y cruel.

Lo recomiendo a aquellas personas que deseen adentrarse en las vivencias de mujeres, que han sido luchadoras y no han tenido los beneficios de una vida fácil.

lunes, 6 de marzo de 2017

Zapatos de charol


La hija de los Santana toca el piano de una forma tan espontánea que parece que haya recibido clases durante toda la vida. En realidad, sólo hace seis meses que va al conservatorio, y sus padres, Miguel y Marina, le han regalado un piano que han instalado en el centro del salón para que la niña pueda practicar siempre que lo necesite. Antes, mientras cenábamos, he examinado el piano; es ancho, de un marrón reluciente, refinado, más adecuado para un adulto que para una niña como la hija de los Santana. Ahora Sofía, así se llama la niña, reproduce la sinfonía número 21 de Mozart frente a ocho personas. Se la ha aprendido de memoria, y no puedo decir que lo haga mal, sus seguridades no flaquean, sus gestos refinados y precisos transmiten gran confianza en sí misma. Posiciona los dedos delicadamente, a veces parecen flotar, y acaricia las teclas blancas como si fueran algo quebradizo, las presiona con elegancia mientras se pone seria, casi enfurruñada, porque, a su juicio, así la concentración se incrementa y la evita de recibir descuidos perjudiciales. Pero a mí, esta exagerada dedicación me hace sufrir, pienso que quizás centraliza tanto los sentidos que llegará un punto en que enloquecerá y no volverá al mundo real.
En cambio, a sus padres eso les parece natural porque, según dicen, tiene una aptitud innata, con un talante clásico y a la vez moderno que la hace excepcional. Sofía sólo tiene trece años, pero el cuerpo crecido y la ropa que ha elegido la hacen aparentar más edad de la que en realidad tiene. Cuando concluye la sinfonía se levanta de la butaca, los zapatos de charol hacen clic clic, y mueve la cabeza realizando una reverencia como si se encontrara en un concierto real. Pero en su casa sólo nos encontramos dos familias, que, para hacerla feliz, aplaudimos con entusiasmo. Sí, yo también aplaudo, aunque la circunstancia me parece irrazonable.
Los Santana son amigos de Carlos desde hace años, y a mi madre le caen bien. A mí, en cambio, me dejan fría. Me parecen los perfectos burgueses, clasistas, con un expediente familiar impecable cargado de empresarios, hombres de negocio, de emprendedores, de mujeres refinadas y exquisitas con una desmesurada intuición de protocolo, en fin, una familia homogénea donde todos corren en la misma dirección. Pero resulta evidente que Carlos admira todos esos atributos. Miguel es su arquetipo de la perfección, lo sé por cómo lo mira. Y mi madre, ya conocía la ambición de Carlos cuando se casó con él.

Evidentemente, los Santana tienen un piso encantador. Es un ático espacioso, con excelentes vistas a la Diagonal. A mi madre le gustan los muebles italianos y el chaise longe de 10.000 euros. Sin embargo, a mí el piso me parece gélido, como si allí no viviera nadie. De hecho, mis hermanos no se atreven a moverse, como si les preocupa estorbar. Los niños no han dejado de mirar la hija de los Santana, sentada frente de mí, con el vestidito azul cielo y el pelo recogido en una cola larga bien peinada. De pronto Carlos elogia a la niña, felicita su capacidad para la música y la carita de santa que tiene, y enseguida Miguel opina que los gemelos son muy vivarachos para la edad que tienen. Pienso que el trueque de halagos suena un poco irrisorio, y no es porque a mí Miguel ni siquiera me mire, sino porque me parece falso y basta. Es normal que Miguel experimente más respeto por los gemelos que para mí, todo el mundo sabe que Carlos no es mi padre, que soy fruto de un resbalón que Alicia, mi madre, tuvo cuando aún era adolescente. Los gemelos, en cambio, son la viva imagen de él, sólo tienen siete años, pero ya empiezan a planear fechorías. Se llaman Alejandro y Marc.

domingo, 5 de marzo de 2017

Todas las chicas besan con los ojos cerrados




DATOS DEL LIBRO

Título: Todas las chicas besan con los ojos cerrados
Editorial: LITERATURA RANDOM HOUSE
Autor: Enric Pardo
Nº de páginas: 256
Género: Narrativa
ISBN:  9788439726371

Sinopsis.

"Una novela que me atrapó, no pude dejar de leerla y conservo de ella un muy agradable recuerdo en el corazón."BERTO ROMERO¿Qué tiene TODAS LAS CHICAS BESAN CON LOS OJOS CERRADOS que conquista a quien la lee? Cuando Álex conoce a Natalia su vida da un giro radical. No es que Álex crea demasiado en parejas ideales y medias naranjas, pero está harto de rollos esporádicos, ahora lo que de verdad necesita es encontrar a una chica All-Star; enamorarse, enamorarla, llenar con ella un piso de muebles Ikea, sentar cabeza pero ¿será tan sencillo?  Porque Álex recordará que el mundo está lleno de otras chicas, y se sentirá viejo, y tal vez caiga rendido ante los encantos de otras chicas, o tal vez lo envíe todo al garete y viaje hasta Tokio hecho un lío... Esta es una historia de amor y desamor y también un retrato generacional: sus deseos y contradicciones, su manías, infancias, dudas, facebooks, gadgets, pisos compartidos, trabajos precarios, y los límites entre la juventud y la edad adulta. Álex no lo sabe pero tal vez averigüe algo sobre el amor:Lo fácil: la búsqueda.Lo difícil: salir vencedores tras encontrarlo. 



Opinión personal.

No sabría decir si esta novela es una historia de amor o de desamor, pero lo que sí puedo afirmar es que tardé un día y medio en terminarla. La veracidad de los personajes y las situaciones a las que se enfrentan me parecieron imposibles de abandonar. Y me enganché a la vida de Álex y Natalia. Cada capítulo reflejaba una parte muy real de la juventud española de hoy en día, o al menos, de ese sector treintañero que subsiste en Barcelona mediante trabajos esporádicos y con una mentalidad muy diferente a la de sus padres. Quizás porque yo también soy treintañera, porque también sé lo que es esa Barcelona nocturna y los ligues de bares con muchas cervezas de por medio. Porque también he sufrido trabajos basura a pesar de mi título universitario, y sobre todo, porque soy de la generación de “usar y tirar”, ropa de una temporada, muebles baratos de Ikea y relaciones independientes llenas de altibajos. Es evidente que nuestros padres vivieron de otra manera, todo era más estable en su época, el amor eterno para ellos (o al menos para la mayoría) tenía un significado. Sus zapatos eran más caros, pero les duraban años, no tenían esas necesidad de consumismo rápido.
En resumen, me ha parecido una gran novela, con unos personajes que puedes encontrar por las calles de Barcelona en cualquier momento. Y sobre todo, me he sentido identificada, quizás no con los personajes, pero sí con la generación que describe. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Detalles pequeños, detalles para ser felices



Me desperté con el silbido del viento. No es que fuera intesto ni agresivo, de esos que amenazan con desfigurar árboles y levantar toldos, sino que más bien resultaba un siseo impertinente. Me incorporé, un tanto desubicada. Mi gata atigrada se limitó a permanecer en su sitio, como si a ella que el viento soplara más o menos fuerte le resultase indiferente. Ojalá pudiera yo dormir con esa facilidad. Debía de ser temprano porque la luz que se filtraba por la ventana era tenue y fina, sin fuerza. Entonces, oí el tendedero que golpeaba rítmicamente contra los barrotes del balcón. Producía un sonido metálico que me incomodaba y de inmediato, imaginé toda mi ropa volando. Así que, tratando de anteponerme al drama que esto ocasionaría, me levanté rápidamente, abrí la puerta de mi habitación y crucé el pasillo.
 Cuando subí las persianas un día sombrío cubría las calles. En la acera había hojas de árboles concentradas en forma de remolino y las ramas se movían con un nerviosismo contagioso. Parecía que de un momento a otro fueran a romperse.
Pensé que el frío había llegado sin avisar, de repente. Yo siempre he sido de verano, de playa, de sandalias y sangrías en chiringuitos, pero el invierno también tiene sus cosas buenas. Series, sofá, manta, calcetines bonitos.
Me obligué a mí misma a bajar de la nube en la que viajaba. Parecía Heidi contemplando al abuelito desde lo alto. No había mirado el reloj, de modo que no sabía cuántas horas me quedaban de sueño. 
Entonces recordé algo que me hizo exageradamente feliz: era sábado. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

90210




La señora Remedios Jiménez vive en el tercer piso de un edificio erigido hace treinta años y situado en la periferia de la ciudad. En total, si se tiene en cuenta que el bloque consta de diez plantas y cuatro puertas por rellano, deben de vivir unas cuarenta familias allí. Lo normal en estos casos sería no conocer a la vecindad completo, sino charlar de vez en cuando con el vecino más próximo y conceder un saludo exiguo al resto. Hola y adiós. Pero la señora Remedios Jiménez es una mujer popular, charlatana, influida por las ganas de relacionarse. Es una mujer con dinamismo. A ella, el hecho de que la reconozcan por la calle la satisface, infla su orgullo un tanto infantil, porque se siente afortunada explicando que, en el barrio, todo el mundo la quiere muchísimo. Esta popularidad se debe a su carácter, digamos, entusiasta, que a menudo, aunque nadie ha osado jamás decírselo a bocajarro, la perjudica cuando habla con esa voz chillona y besa con énfasis las mejillas de los niños dejando la huella rosa de los labios, creando un contorno ridículo en forma de corazón. Aunque no lo parezca, la señora Remedios Jiménez tiene sesenta y cinco años. En el barrio nadie lo creería si no fuera porque un par de meses atrás acudieron a la fiesta sorpresa que su hija le preparó, igual que no lo creerían si no hubieran comido aquel pastel de crema y nata y hubieran visto cómo Remedios soplaba las velas en forma números rojos: 65. Cuando la gente en el barrio le pregunta cómo lo hace para mantenerse tan estupenda, ella siempre experimenta la misma reacción. Cierra los ojos, provocando que el rímel negro y el color azul que cubre los párpados se realcen y, entonces, sacudiendo la cabeza en señal de negación y utilizando un tono de voz tan nivelado que parece que se lo haya aprendido de memoria, dice: yo no me abandono como esas abuelas que sólo visitan la peluquería de tanto en tanto. Y por último añade: no hay mujer fea, sino mal arreglada. De hecho, una de las mayores preocupaciones de la señora Remedios Jiménez son las uñas. Tiene impuesta la obligación de llevarlas largas, pintadas de colores, y con una florecilla pintada en un dedo. Sí, las uñas es una de sus firmas personales, una manía, sin su estilo no se sentiría ella misma. Sería otra persona diferente. Es consciente de la necesidad que siente por arreglarse, de una forma casi desesperada. Si alguien le preguntase a qué se debe su afán respondería que en el baile al que acude los viernes por la noche hay mucha viuda que no se acuerda del marido difunto, y éstas son las peores, que son capaces de robarle el suyo. Y ella, a su Alfredo, lo quiere mucho. Por eso se esfuerza en mantenerse atractiva. Aunque si lo piensa bien, ¿quién iba a fijarse en su marido? Es pequeño, poca cosa, y no muy inteligente. Ella en cambio, sí se considera atractiva. El pelo lo lleva siempre bien peinado, corto y fijado con laca, pulcramente teñido de rubio. Lo que no sabe, o no alcanza a descubrir, es que tanto adorno superficial la hace un poco vulgar. Cada día se revisa el pelo de una manera minuciosa, casi insana, para asegurarse de que no ha emergido ninguna cana. No le gustan las canas, de hecho, las detesta. Le da asco la afluencia blanquecina en el cuero cabelludo que la mayoría de veces parece un estropajo. Bueno, esto sólo es aplicable a las mujeres. Sí, las mujeres deben arreglarse y ser sumamente presumidas, si no, sus maridos se irán con otras. Los hombres, en cambio, adquieren atractivo con una aglomeración grisácea sobre la cabeza, el pelo gris les aporta madurez y seducción. Basta con ver Pretty woman, que es su película favorita, para saber que Richard Gere es el príncipe azul que toda mujer querría tener a su lado. Es atractivo, millonario y todo un galán. Y tiene el cabello repleto de canas. Sí, si tuviera que ser la protagonista de una película ésta sería Pretty woman, hubiera estado dispuesta a prostituirse si al cabo de unos días un príncipe la hubiera rescatado de su miseria. Pero ahora es demasiado tarde para pensar en una vida paralela. Tiene sesenta y cinco años, la edad en la que se jubilaría de haber trabajado, y tampoco sería lógico quejarse. Alfredo siempre ha sido un hombre trabajador y dulce, un buen hombre, y la ha tratado igual que a una reina. Remedios lo sabe, igual que sabe que la quiere. La hermana de Alfredo dijo un día que su bondad se multiplicaba con los años, pero a ella, a Remedios, no le parecía que se hubiera vuelto más bondadoso, sino más estúpido. Odia gritar a su marido, pero a veces, cuando manifiesta esa cara de tontorrón e inocente, o cuando trata de explicar lo que piensa no puede evitar mandarlo callar. Si no lo hiciera, la gente se reiría de él. 
Es más que evidente que una de las aficiones que más complace a Remedios es ejercer de anfitriona. Disfruta invitando a sus hermanos, a sus hijos, a los vecinos, y, desde luego, a las amigas del barrio. Normalmente elabora pasteles y galletas, y empanadillas de atún, las cuales embellece con perejil. Sólo una vez decidió contratar un catering, pero al ver las croquetas de pollo destrozadas se juró a sí misma que aquel estropicio no se volvería a repetir. A partir de ese momento cocinaría ella, que talento para servir a invitados, no le faltaba. En estas reuniones disfruta explicando a las amigas y a las vecinas que llegó al barrio de jovencita, con su marido Alfredo, cuando apenas acababan de casarse, y, como si introdujera una carta en la baraja equivocada, intercala historias del pueblo, en cuales algún antiguo vecino sale perjudicado al ser criticado. De hecho, también alguna nueva vecina acaba siendo el centro de sus acusaciones y reproches. Y, al final, mezcla tanto las crónicas que a menudo acaba olvidando la trama inicial. Lo que no explica nunca es que, del pueblo, Alfredo y ella traían una maleta pequeña con poca ropa y una vajilla no demasiado amplia del ajuar, que llegaron a Barcelona con el dinero suficiente para sobrevivir un par de meses. 


Remedios siempre ha creído en el más allá. Está convencida de que su vida actual palidece al compararse con otra anterior. En otra vida tuvo joyas y fue la preferida entre un grupo de mujeres que vivía en un harén. No tiene muy claro qué es un harén, pero sabe que debía ser un lugar maravilloso, un lugar donde las mujeres recibían caprichos y pasaban el día dedicándose a ellas mismas, a lavarse el pelo y a bañarse. Sí, ésa es la imagen más próxima que tiene de un harén. Ella, en otra vida, vivió en uno. Un día una amiga de una amiga le echó las cartas y después de pasar un rato explicándole que los acuario son así y les conviene hacer esto y juntarse con gente de aquella manera, le dijo que, como era tan simpática y tenía un corazón tan grande, muchas mujeres la envidiaban. Pero esto no fue todo. La vidente aseguró algún día sería rica, y, claro, cuando llegase el momento la envidia de las amigas crecería exponencialmente. Le dio un amuleto para ahuyentar el mal de ojo y otro para la fogosidad de Alfredo, que últimamente no tenía nada que ver con la pasión de antes. Al principio no sabía si creerse o no aquello de hacerse rica, pero enseguida llegó a una conclusión muy simple: si aquella mujer lo afirmaba, aquella mujer que un día había contactado con un espíritu del más allá, debía de ser verdad. Quizá la vida le cambiaría, porque hasta ese momento, su suerte había sido parca y escasa. La crisis y las circunstancias habían desfavorecido una vida que podría haber sido diferente. Podría haberse casado con un hombre inteligente y rico, y entonces ella llevaría joyas, podría haber tenido una casa grande y una criada que hiciera las tareas que ella tanto detestaba. Pero la suerte era algo que no solía visitarla, de hecho, se había visto obligada a conformarse con un pisito estrecho, reformado poco a poco, en la periferia de Barcelona, situado en un barrio de obreros que habían emigrado del sur en los años setenta. No había duda, la suerte y ella no eran amigas. Justamente hacía un par de días, cuando volvía a casa después de tomar un café con las amigas, un chico le robó el bolso, tirando con tanta fuerza que ella tardó unos segundos en comprender qué pasaba. Cuando reaccionó el chico ya hacía rato que corría calle abajo. No tuvo tiempo ni de asustarse, y cuando una mujer que pasaba por allí con un hijo en el carro se le acercó, nerviosa y escandalizada, para comprobar que estaba bien, Remedios reaccionó de repente y se deshizo en voces. Inició un repertorio de insultos dirigidos al gamberro, que ya no debía de oírla. Inmediatamente lo denunció a en comisaría, pero del chico y del bolso, ni rastro. 
Hoy ha sido un día maravilloso para Remedios, de esos que transforman la vida y te hacen subir varios peldaños en la escalera de la felicidad. La suerte de Remedios ha cambiado, porque hoy le ha tocado la lotería. El número que llevaba era, ¿cómo decirlo?, ridículo. Incluso tenía un deje antiestético: 90210. No sabe por qué cogió aquel boleto cuando lo encontró en la administración de lotería, lo único que sabe es que en ese instante tuvo un presentimiento, de aquellos que se deben seguir. No sabía a ciencia cierta el motivo, pero el número le recordó a una serie de televisión americana, un poco antigua ya, sobre unos estudiantes adolescentes que pasaban el día en la playa y yendo de compras. Cuando Alfredo dijo que no quería ese número ella contestó que esta vez sabía que tocaría, que algo dentro de ella se lo decía. Y tenía razón, porque ahora Remedios es una mujer rica. De hecho llevaba cinco boletos, así que uno u otro tenía que recibir un premio por pequeño que fuera. Rápidamente ha puesto orden en el salón. Ha limpiado de una manera impulsiva, ha comprado flores refulgentes y ha colocado en la cocina una bandeja con trufas y otra con pastelitos de nata y crema y cerezas confitadas. Alfredo ha ido a comprar cava y cuando ha entrado en la cocina ha dicho con voz un poco nerviosa: Pronto legarán los de la tele, ¿cómo vas? Remedios tiene la situación más que controlada, o, al menos, lo piensa. Se ha hecho las uñas y se ha teñido el pelo, y hoy estrena aquel jersey estampado que se compró en Agosto en Pineda de Mar. Ahora sólo queda que lleguen los invitados y la televisión. 


Primero llegan las vecinas que quieren saber si se encuentra feliz y qué hará con el dinero. Le dicen que debería abrir un negocio, porque ha nacido para tratar al público, con ese carácter entusiasta y locuaz, y ella responde que ya tiene sesenta y cinco años, ¿o es que quizás ya no se acuerdan? Ahora lo que le toca es jubilarse y disfrutar de la vida, que de trabajar está harta. Quizás se irá a vivir a Jaén, que es donde vive su hijo mayor, su nuera y sus nietos desde hace unos años. Tendrá que pensarlo bien, aún no ha decidido nada. 
En ese instante llega su hija con sus nietos: una niña de once años y un niño de cinco. El padre de los niños no está, hace dos años y medio que se fugó con una antigua novia y no se ha vuelto a saber de él. Ni si quiera pasa la manutención. El niño mantiene vivo el recuerdo de su padre, porque la cara parece una réplica de la suya. Y no sólo la expresión y las facciones, también los gestos a veces despóticos. Tiene cara de cabreo perpetuo. Tan pronto entra en casa de sus abuelos empieza a correr por las habitaciones hasta que tropieza, no sé sabe cómo, cae de cara y llora enrabietado. Una vecina lo ayuda a levantarse para consolarlo, y tal vez por la vergüenza, el niño se tranquiliza sin abandonar una expresión de escepticismo. Parece que no se fíe de aquella mujer de la que no puede recordar si la conoce o no. Su hermana no le presta la menor atención, está muy ocupada persiguiendo a su abuela Remedios, intentando provocar el nepotismo de ésta. Saray, así se llama la hija de Remedios, abraza a su madre y los pendientes grandes en forma de aro que le cuelgan de las orejas se mueven suavemente. Está a punto de llorar de la emoción que la posee, y se pasa un dedo por el lagrimal ya brillante. Lo hace poco a poco, con mucho cuidado, porque las uñas largas de porcelana no le permiten frotarse los ojos de otra manera. Remedios le dice que no llore, a ver si la raya de los ojos se estropea. Saray contesta que no lo puede evitar, que está muy feliz. Dice que lo que les ha pasado es un regalo por todas las infelicidades que han tenido que soportar. Remedios frunce la cara. ¿Qué quieres decir? Pregunta, y la hija reacciona con otro gemido Hemos tenío mu mala suerte en la vida. Remedios contesta que es una exagerada y Saray se deshace en llanto. Está muy sensible desde que hace unos meses la rechazaron en el castin de un reality en televisión. Remedios deja que Saray se rehaga y comienza a imaginar cómo cambiará su vida. Se hace ilusiones ante la idea de irse de aquel barrio pobretón. No le gustan los inmigrantes a pesar de que a menudo compra en el chino, el cual un día le regaló una pulsera con imágenes de la Virgen. Tampoco le gusta aquel vecino del tercero que es homosexual. Naturalmente, le saluda cuando se encuentran en el rellano o en la puerta, pero es debido a ser una mujer muy educada y con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Sí, por eso no puede evitar saludar a nadie por muy mal que le parezca su conducta, y preguntarle qué tal, cómo va, de dónde viene. Alfredo le ha prometido que cambiarán de barrio, que se comprarán una casa, ahora se lo pueden permitir, y su hija comenta que este verano se irá a Punta Cana pero que antes quiere operarse los pechos. Remedios quiere ir a Egipto. Allí fue su vecina y volvió encantada de la vida. Cuando Remedios vio las fotos pensó que si algún día se lo podía permitir iría a Egipto. Sin embargo sabe que Alfredo tiene sus propios sueños. Ahora que es jubilado tiene mucho tiempo que invertir, seguramente se comprará un coche nuevo, uno de esos que llevan la gente rica, con clase. Un Mercedes o un BMW. Comienza a imaginar la envidia de las vecinas y de las amigas del barrio. Ya lo advirtió la pitonisa.
Finalmente llega la televisión y el piso queda embarrado de personas y cámaras. Alfredo, nervioso, dice: esto es un follón. Pero Remedios y Saray difunden gozo. Las vecinas no saben dónde tienen que colocarse para no salir en un primer plano, pero como de todas formas quieren salir, aunque sea al fondo, se colocan al lado del mueble, una adosada a la otra y, sin saber muy bien qué hacer, se quedan quietas y calladas. Y salen pequeñitas asemejándose al relleno de un cordero. Remedios está un poco indignada porque la entrevistadora que han enviado es una niña que debe de tener poco más de veinte años. Revisa las tarjetas con una persistencia que la hace insegura, además esa manera de coger el micro parece de lo más inestable. Seguro que es una periodista en prácticas, y le ofende que no hayan enviado una persona más experta para un caso tan importante.




Poco a poco todas las personas que se encuentran en el piso se dejan llevar por una euforia que escala exponencialmente. Las vecinas se ríen entre susurros, Alfredo abre la botella de cava que ya debe estar fresquita, la reportera dice que no tiene permitido beber alcohol en horas de trabajo pero que lo hará a escondidas porque una celebración como aquélla es digna de un buen cava, los cámaras opinan igual, Saray derrama unas lágrimas y el niño salta en el sofá antes de divisar los pastelitos de crema que han sobrado y que permanecen abandonados sobre la mesa. Piensa que, si no es rápido, una de esas vecinas gordas se los robará. Incluso el vecino homosexual se siente intrigado y se asoma por la puerta abierta con el propósito de descubrir qué línea sigue la celebración. Llegados al momento de máximo entusiasmo el ambiente ha adquirido las características de una fiesta y todos piensan, sumamente convencidos, que un instante como aquél es sin duda indestructible, no puede nublarse por ningún otro suceso, por ruin que sea. La reportera se toma el cava de un trago e inmediatamente pide a Remedios que traiga el boleto para poder mostrarlo por televisión. Con un orgullo que casi no la deja respirar Remedios se dirige a la habitación y busca la bolsa donde guardó el boleto. Al cabo de unos segundos sale el comedor y las voces jubilosas se disipan paulatinamente a medida que un invitado tras otro advierte el rostro pálido de Remedios. Parece que algo le haya sentado mal, quizás se siente mareada debido al cava, o también puede ser que las trufas le hayan hecho daño en el estómago. Enseguida es evidente que no es eso, tiene los ojos rabiosos y sufre una tirantez de los músculos que a primera vista parece preocupante. Tiene la mandíbula apretada, e incluso los labios, que al comienzo de la celebración eran rojos y llamativos, ahora dan la impresión de haberse desinflado como un globo pinchado. La preocupación se contagia y nadie se atreve a preguntar qué ocurre. Ella se siente ridícula, no sé sabe si más estúpida que víctima. Por último no encuentra otra salida que confesar la verdad, y lo hace con la voz serena a pesar de las ganas de llorar que la dominan. El boleto está en el bolso que le robaron hace dos días.