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martes, 17 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 3)


¡Hola a todos! Os dejo la tercera parte de la historia de Dani y Natalia por tierras californianas.
Para los que queráis acceder a la primera y segunda parte aquí tenéis el link:


''Espero que os guste!! :)

Al tratar de ponerse en pie, Dani efectuó un gesto nervioso que le quedó violento. Cuando se apoyó en la mesa, ésta se agitó ligeramente. Lanzó una mirada a la dueña del establecimiento, a medio camino entre el desafío y la inseguridad, y sin pronunciar palabra se adentró en el pasillo que conducía al lavabo de mujeres. Encontró una estancia cuadrada, blanca y pequeña, que también hacía función de trastero. Una fregona mugrienta descansaba sobre un cubo de plástico carcomido. Un váter sin tapa, y una pica amarillenta. Eso era todo. Llamó a Natalia pero no obtuvo respuesta. Después se dirigió al lavabo de hombres. Nada. Natalia tampoco estaba allí.
Volvió a la sección restaurante, el matrimonio lo contemplaba distante, como si no comprendiera.

¿Por qué lo miraban así? Ellos habían secuestrado a Natalia.

Cogió aire, tratando de poner en orden las ideas. Estaba igual de enfadado que asustado.
–¿Algún problema?– dijo el hombre de rostro aporcelanado.
–Yo he venido con una chica, se llama Natalia. ¿Dónde está?
–Le repito que usted ha venido solo.
–Por favor–prosiguió el hombre–, le voy a pedir que abandone el local, está asustando a mi señora.
Dani dio media vuelta y volvió a llamar a Natalia. Dio cuatro gritos pero no obtuvo respuesta, y finalmente, desesperado, se dirigió a la calle.
Al abrir la puerta el sol fuerte le cayó como una losa. Se detuvo junto al jarrón de cerámica, para poder pensar con calma, lejos de esos dos secuestradores y a saber qué más.
–Señor, voy a llamar a la policía si no se marcha– comentó la señora a sus espaldas.
–No, a la policía la voy a llamar yo.
Dani oteó el perímetro. La gasolinera, el Starbucks, el Burger King, todo permanecía en su lugar. Incluso la furgoneta blanca continuaba allí. Y entonces vio algo de luz, una esperanza remota. El chico pelirrojo. Él tendría que servir de ayuda. Se acercó a toda prisa y la chica de la gasolinera, al verlo, se alarmó. En un inglés mediocre pero suficiente le pidió que llamase a la policía y ella, que no tendría más de veinte años, obedeció. Inmediatamente caminó entre los coches, buscando al chico pelirrojo de la furgoneta blanca. Al fondo, la pareja de mexicanos aún lo observaba trajinar.
–Perdonad, perdonad, me he cruzado antes con vosotros.
–Si – dijo el chico pelirrojo.
–Me habéis visto, ¿verdad?
–Yo no–dijo una chica que posiblemente era menor.
–Yo no–dijo otro desde dentro.
–Yo sí– dijo el pelirrojo.
–De acuerdo, entonces, me has visto ¿Y has visto que iba con una chica? Una chica rubia, no muy alta.
El pelirrojo dudó.
–Sólo te he visto a ti. Lo siento, no me he fijado.
Dani emitió un suspiro desesperado.
–Oíd–señaló al matrimonio que, desde la distancia, seguía siendo testigo de los actos de Dani–. Ese matrimonio de ahí ha secuestrado a mi novia, la tienen encerrada a saber dónde. Ha ido al lavabo y no ha vuelto. De eso debe de hacer veinte minutos.
Ante la noticia la gente se arremolinó.
–Está bien–dijo la chica de la gasolinera con tono pacificador–. La policía está de camino. Ya los he llamado, no tardarán en llegar, cálmese.
Dani le devolvió la mirada al matrimonio.
Qué impotencia.

Estos debieron de sentirse cohibidos, o cansados de la escena ¡A saber! Y entraron de nuevo en el local cerrando la puerta a sus espaldas.
La policía llegó pasado un cuarto de hora, cuando Dani daba pequeños pasos sin rumbo en la puerta de la gasolinera.
La chica, le hacía una compañía silenciosa a unos pocos pasos de distancia. Él ni siquiera advirtió su intento de apoyo moral, y cuando la pareja de policías, mujer joven y hombre mexicano de mediana edad, inspeccionaron el restaurante, él casi no le dirigió la palabra. Ella no lo reprochó, claro, porque ya se sabe que en momentos de tensión no hay cabida para las tonterías.
Al poco, la pareja de policías salió del local. Comentaron algo en la puerta, como si realizasen un pacto entre ellos, o ultimasen los detalles, y después se dirigieron hacia la gasolinera.
–No hemos encontrado nada fuera de lo normal.
–¿Qué? ¡Venga, hombre!
El policía habló con firmeza, con la mirada puesta en el recinto, y aquel gesto a Dani lo desesperó todavía más.

Al menos podría mirarme a la cara mientras me habla, ¿qué falta de respeto es esta?

Vio como subía la cintura del pantalón de una forma muy chabacana, casi pueblerina.

Por favor, que estamos cerca de Los Angeles, no hay catetos en esta zona. Pues parece que sí.

–¿Tiene pruebas de que una mujer viajaba con usted?
–¿Cómo que si tengo pruebas? Pues claro que las tengo.
Trató de calmarse, alguien nervioso pierde toda credibilidad. Pero, ¿cómo iba a ser capaz? Habían secuestrado a Natalia, y mientras, los mexicanos mostraban una actitud distante y asustadiza, como quien asume el inconveniente de tratar con un cliente chalado. Refugiaban su emoción en el buen actuar de la policía. Les habría destrozado ese local barato a machetazos, hasta encontrar a Natalia.
–Han secuestrado a mi novia–repitió como si tratara de hacer entender a un niño.
–No hemos encontrado a nadie.
De repente, a Dani se le ocurrió una idea.
–Venga conmigo.
Se dirigió al Chevrolet, con paso rápido. A esa hora el calor había atenuado y un aire más agradable se había instaurado en su lugar.
–Su maleta está en el coche.
Pero al abrir el maletero encontró únicamente la suya.
–No lo entiendo, aquí estaba su maleta. La maleta gris de Natalia.
–Mire, hemos contactado con el hotel de Los Angeles, dicen que usted se alojó solo. Que no le acompañaba ningún hombre ni ninguna mujer. Además, hemos revisado los vuelos con los llegó a Los Estados Unidos y no existe ningún pasajero con el nombre que usted asegura. No hay ninguna Natalia.
–Ni hablar, ¿qué dice? Yo he venido con una chica, usted está con ellos, se ha puesto de su parte.
El policía le pidió que él mismo llamase al hotel y Dani así lo hizo.
Una voz femenina le respondió. Trató de mantener la calma y le pidió que le confirmara la reserva.
–Vino solo– contestó la chica.
Dani colgó, ahora asustado y sin entender. La pareja de policía tenía una actitud tajante, como si diera por finalizada la situación.
–Por favor, márchese del restaurante y no vuelva.
–Váyase si no quiere que le detenga.
Subió al coche y arrancó, no porque tuviera intención de marcharse, sino porque la cercanía con el restaurante no le permitía pensar con claridad. Era como si le robara la energía. Se detuvo a unos pasos, y por el retrovisor divisó la silueta de los policías estancados junto al parking vacío del local. Tuvo la impresión de que lo trataban como a una amenaza y harían guardia hasta que se marchase. Sólo por precaución.
Miró el móvil. Las fotos, en alguna foto debería aparecer Natalia. Puf, apenas tres fotos del paseo de la fama y en ninguna salía Natalia. ¿Por qué no haría más fotos? Era un viaje, la gente hace fotos en los viajes. Se llevó las manos a la cara. ¿Dónde estaba Natalia? ¿Y si la habían matado? ¿Y si traficaban con sus órganos? Una idea tras otra cruzó su mente. A cuál peor. Era curioso la manera que tiene la imaginación de dispararse cuando el miedo la invade. Y por último...¿Y si estaba loco? Un día, en una discusión llevada al límite Natalia se asustó porque, según dijo, Dani se inventaba cosas. Y lo llamó esquizofrénico. Pero era por su tozudez y su necesidad de control. No porque estuviera loco. Natalia no hablaba en serio aquel día, sólo era una discusión. Aunque si Natalia no existía quizás sí sufría la enfermedad. ¿Natalia no existía? ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a casa y preguntar a su madre si Natalia era real? El hotel, los de la compañía aérea, la policía...¿cómo podían compincharse? ¿Y a maleta? Vale, la maleta era fácil, sólo tenían que abrir el coche. La compañía aérea debería comprobarlo por sí mismo, pero ¿y el hotel? ¿También estaban con ellos? No podía ser, era una casualidad muy difícil de cumplirse. ¿Natalia no existía? Y que Natalia no existiera le dio más miedo que todo lo anterior, quizás no porque él estuviera loco, sino por el hecho de que de repente, la necesitaba a su lado. ¿Qué es peor? ¿Echar de menos a alguien que ha desaparecido o a alguien irreal?
Tengo que llamar a casa, decidió, y que mis padres piensen lo que quieran. Si estoy loco, pues estoy loco, pero tengo que saber si Natalia existe.
Apenas tenía batería, así que abrió la guantera del coche para buscar el cargador. No pretendía quedarse a media conversación. ¿Qué le diría a su madre? No te asustes, pero quiero saber con quien vine de viaje.
Encontró el cardador rápido, era persona ordenada. Cerró la guantera con un golpe seco y entonces, a los pies del asiento del copiloto, vio restos de arena. Miró el asiento. Una ligera mancha oscurecía el tapizado. Y al pasar la mano por encima, notó la humedad en los dedos.

Porque Natalia, todavía llevaba la ropa mojada. 

viernes, 13 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 2)





¡Hola a todos! ¿Hacéis puente? 
Aquí os dejo la segunda parte del relato Interstate 5. 

Hace tiempo alguien me sugirió en los comentarios que si publicaba una historia por partes, era mejor añadir el link de las entradas anteriores. La verdad es que tiene sentido, así que aquí dejo el enlace de la primera parte:

https://todoloqueelvientosedejo.blogspot.com.es/2017/10/relato-interstate-5-parte-1.html

La tercera y última, la publicaré el martes.  
Espero que os guste!!




El interior del local tenía algo de cavernoso, incluso parecía que allí dentro la atmósfera se volvía menos tórrida.
Tras la barra, una señora enjuta los observaba un tanto expectante. Natalia diría que no era expectación en el buen sentido. Dani, que sólo era una anciana como cualquier otra.
Tenía el pelo negro, con rizos cortos y alborotados que recordaban a las pelucas cutres de carnaval. El movimiento de los brazos, mientras secaba un vaso de cristal, marcaba una delgadez casi raquítica. Junto a ella, un señor mayor había tomado asiento en el taburete mientras escribía algo sobre la barra. Parecía inmerso en su propio pasatiempo. Sin levantar la mirada, escribía fuerte sobre el papel.

Quizás, si sigue así, acabe haciendo un agujero, pensó Natalia.

El hombre se pasaba la palma de la mano por la cabeza, acariciando la calva, como si se asegurara de que los pocos pelos que le quedaban seguían ahí. Sin embargo, la señora menuda no había apartado la mirada en ningún momento, ni que fuera por una fugaz timidez, un sentimiento de invasión, y tampoco ofreció signos de amabilidad.

La sensación de molestar en un restaurante no debe de ser buena, pensó.

Sin embargo, Dani mostró mayor decisión. Cruzó el local con menos recelo y cuando estuvo frente a la señora, apoyó el cuerpo en uno de los taburetes tapizados e inició una conversación en inglés con la intención de pedir una mesa para dos. Natalia ni tan solo lo intentó. Se limitó a ejercer su papel de espectadora.

Que siempre deba ser él quien hable, pida la cuenta, la comida... ¿es un gesto cortés o machista? En cualquier caso, está fuera de lugar. Me hace sentir inútil. No estamos en los años sesenta, no necesito que nadie hable en mi lugar. ¿Y cómo podría ser cortés? Ese tipo de cortesía no existe ya. Quizás sólo es su modo de mantener las cosas bajo control y lo malinterpreto. No soy una inútil y quizás no me está tratando como tal. Sólo se siente más seguro así. No te agobies, no pienses, no merece la pena.

Con discreción, Natalia echó un vistazo al local que tan malas vibraciones le provocaba. Tal como había predicho, Dani y ella eran los únicos clientes. A la derecha de la barra y separadas de ésta por un amplio pasillo, las mesas de madera formaban una hilera larga que debía de llegar...¿hasta los lavabos? Sobre estás, en la parte donde no había ventanas, divisó insignias deportivas que no supo reconocer. Lo asientos estaban formados por pequeños sofás cuyo tapizado desconchado fue anteriormente de un azul celeste muy vivo. O debió de serlo. Tomó aire y al volverse vio que el señor rellenaba crucigramas en castellano. Tenía la piel demasiado unificada, demasiado brillante, como de porcelana.
Al fin, la señora preguntó:
Where are you from?
Natalia fue consciente de que había perdido el hilo de la conversación pero enseguida se puso en situación. Dedujo, por el tono de la señora, que en un acto desesperado de entenderse con Dani, trataba de buscar palabras en otro idioma. Cuando él contestó que venían de España, la señora efectuó un gesto de admiración. A Natalia le pareció una de esas gallinas viejas y negras de las granjas.
–¿Por qué no lo dijisteis antes?–exclamó con acento mexicano–. Aquí hablamos todos español.
La mujer salió del mostrador, y al bajar el escalón apoyó la mano diminuta en la pared para obtener soporte. Después echó a andar por el local mientras, agitando una mano, les indicaba que la siguieran.
Los acompañó a la mesa más luminosa, junto a una ventana desde donde se divisaba el Starbucks.
–Aquí estaréis bien– dijo, y encendió la tele que colgaba justo encima.
–Gracias–dijo Dani ojeando la carta.
–Gracias– añadió Natalia.
–¿Tú también hablas español? Vaya, qué sorpresa, no lo diría, tan rubia que eres, tienes pinta de gringa.
Natalia forzó una sonrisa, aunque pensó que no le había quedado del todo falsa. Pidieron nachos y una hamburguesa, porque era lo que a Dani le apetecía y en su mente, cuando salían a comer, la situación funcionaba de la siguiente manera: o los dos somos sanos, o los dos pecamos. A Natalia no le importó esta vez, la ensalada tampoco tenía muy buena pinta.
–Mal país para una vegetariana, eh–bromeó Dani.
Natalia sonrió. No es que fuera una vegetariana que cumplía el régimen de manera estricta, pero limitaba el consumo de carne a escasas ocasiones.
Se acomodó en la butaca y dejó la ropa a su lado.
–Creo que va a venir.
–¿Qué?
–El marido, creo que va a venir.
Natalia desvió la mirada hacía la barra. Efectivamente, el señor de rostro brillante los observaba, muy curioso. Tardó poco en levantarse del taburete y acercarse.
–Dice mi señora que hablan ustedes español–dijo cuando estuvo junto a ellos.
–Sí–añadió Dani–, qué suerte haber entrado aquí.
El señor permanecía de pie, en una postura muy recta y con las manos cogidas a la espalda. Parecía más dispuesto a soltar un recital que a entablar una conversación. Había algo extraño en su expresión, o tal vez sólo era la piel aporcelanada, demasiado unificada.

No creo que este señor se haya puesto bótox, pensó Natalia.

–¿Habéis visto el tiempo en Texas?
Dani y Natalia se miraron, agitaron la cabeza en señal de negación, y soltaron un inseguro no.
–Pues está inundada. Yo soy de Texas, pero mi papá era mexicano. Mi esposa nació en méxico, pero al poco su familia se mudó.

Lo que faltaba, pensó Natalia, ahora nos va a contar su vida.

Dani atendía al señor, con los dedos entrelazados y la cara apoyada en las manos. Y Natalia lo observa a él. Sabía que era menos sociable que ella y que por dentro debía de estar despotricando por la necesidad de diálogo del hombre. Dani necesitaba un mínimo de aislamiento con los desconocidos. Pero las formas le podían, y fingía que la historia del señor de rostro extraño le interesaba. Porque Dani era así, muy muy muy agradable. Claro, muy agradable cuando no tenías que aguantar sus desvaríos maniáticos, entonces sí, era muy muy muy agradable.
Y el señor prosiguió. Ahora, su hijo, que se casó con una profesora de instituto, vivía en Texas, en una ciudad que ni Natalia ni Dani fueron capaces de identificar, ni tan sólo estaban seguros de haberlo entendido bien. Ella enseñaba literatura y su hijo vendía coches de segunda mano.
–¿A dónde os dirigís ahora?
–A San Francisco.
–Ah, ¿y vais por la Interstate 5?
–Sí, es lo más rápido.
–Lo mejor habría sido que fuerais por la costa. No hace tanto calor y el paisaje es más bonito. ¿De dónde venís?
–De Los Angeles, aunque hemos parado en Malibú.
Y entonces Dani recordó algo. Se volvió hacia Natalia y le preguntó.
–¿Aún tienes la ropa mojada?
–Sí, un poco.
Lo dijo con fingida paciencia, pero Dani, si notó el sarcasmo, no lo comentó. A ella le sabía mal por el hombre, normalmente era mucho más amable, pero lo único que quería en ese momento era acabar de comer para poder cambiarse de ropa en el baño. Empezaba a incomodarle el bikini.
–Ah, Malibú. Es una playa bonita. ¿A Texas no vais a ir?
Qué manía con Texas. Ni iban a Texas, ni le apetecían ir a Texas. Ni si quiera les pillaba de camino Texas. De repente, Natalia temió que aquel hombre se quedara junto a ellos mientras comían. Se sentiría muy incómoda si así ocurría.
Sin embargo, cuando la señora menuda se acercó con los platos gigantes, el señor aporcelanado se marchó, y al otro lado del local, tomó asiento en el taburete y siguió con sus crucigramas.
–Uf, pensaba que se quedaría– expresó Natalia con un tono de alivio.
–Sí, yo también.
Comieron comentando que en aquel país todo era a lo grande. En la tele, un partido de fútbol americano creaba discordia en las gradas.
–¿Te has bebido toda la coca-cola?– preguntó él sorprendido.
Ella se encogió de hombros.
–Coca-cola, hamburguesa, este país te está cambiando – bromeó.
Ella reaccionó con una sonrisa.
–Ya sabes, sólo bebo coca-cola cuando me deshidrato o cuando tengo resaca, y esto parece el desierto, así que me siento entre ambas cosas.
Dani respondió con una risa, y de repente, la tensión del viaje se suavizó.
–Aún estás a tiempo de ir a Texas – y con la cabeza señaló al señor.
Como Dani se había relajado Natalia también. Era la historia de siempre. Uno se enfada y el otro más, uno se tranquiliza y el otro más, y aquí no ha pasado nada. Hasta nueva discusión.
–Qué malo eres–le respondió con una sonrisa mientras se ponía de pie–Seguro que ese pobre hombre hace diez años que no habla castellano con nadie, diez años mínimo, y está desesperado. Pobre hombre.
–Puede hablar castellano con su mujer.
–Ya...no, qué va, entre ellos deben de hablar inglés.
–¿Vas a cambiarte?
–Sí, voy al lavabo– cogió la ropa y se aseguró de no olvidarse nada–. Enseguida vuelvo.
–Vale, voy pagando.
Natalia se adentró en el pasillo, siguiendo el cartel de Restroom, porque allí, el toilet no existía, y Dani centró la atención en el partido.
Un jugador había efectuado una falta violenta, y los espectadores parecían alarmarse.

La que se va a liar, pensó.

Miró el reloj.

¿Por qué tarda tanto Natalia? Sólo es un bikini.

Decidió ir pagando, para agilizar. Se habían entretenido demasiado y a las 22h debían entregar el coche en el aeropuerto de San Francisco. El partido mantuvo el toque violento, los jugadores empezaban a mostrarse nerviosos. Dani miró el reloj. ¿Qué estaba haciendo Natalia durante tanto rato? La cuenta estaba pagada hacía casi diez minutos y la señora empezaba a lanzarle miradas sospechosas que él trataba de evitar. Al final, la mujer se le acercó con el mismo paso torpe, y Dani se vio obligado a prestarle su atención.
–¿Vas a querer algo más?
Una invitación sutil a abandonar el local.
–No, gracias, sólo estoy esperando a que mi novia salga del lavabo. Ha ido a cambiarse de ropa.
–¿Su novia?
–Sí, la chica que me acompañaba.
–Usted ha venido solo.
Dani pestañeó, sin entender.
–Yo he venido con una chica, ¿no se acuerda? Le ha dicho que parecía americana por lo rubia que es.
–Lo siento, pero no había ninguna chica, ni rubia ni morena. Usted ha entrado solo.




martes, 10 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 1)


 –¿Aún tienes la ropa mojada?
–Un poco – Natalia pasó las manos por los tirantes de la camiseta, comprobó el grado de humedad y después se peinó el pelo con los dedos–, pero empiezo a secarme.
Hacía rato que Dani no se sentía abrumado por la extensa carretera de cinco carriles que discurría recta hasta perderse en el horizonte. Si fijaba la vista en un punto lejano, le parecía que las montañas Californianas adoptaban un matiz apagado bajo el fuerte sol. Y sin embargo, no lograba deshacerse de una tensión que le nacía de dentro y lo obligaba a agarrar el volante con los puños apretados.
–¿Vas bien?–le preguntó Natalia levantado ligeramente las gafas de sol–.Te veo tenso, te vas a hacer daño en la espalda si conduces así.
–Estoy bien, tranquila. Es que no conozco el sitio y ya está, pero me acostumbraré.
La chica ahogó una risa y aparcó el tema. Se había acostumbrado a las inquietudes de Dani. Sabía que necesitaba sus periodos de adaptación, en cierto modo se trataba de llegar a dominar la situación. Era mejor no insistir. La experiencia le había demostrado que tratar de confortarlo con palabras agradables nunca funcionaba. Porque Dani necesitaba crear su propia seguridad.
En un intento de adelantar al coche que tenían delante, Dani observó por el retrovisor. Divisó una furgoneta blanca que se les aproximaba, y al fijarse en el conductor encontró a un chico pelirrojo muy joven. No viajaba solo, y tuvo la impresión que se trataba de uno de esos grupos de universitarios que deciden recorrer el país en furgoneta. Cuando estuvo más cerca, el vehículo le pareció enorme. En este país todos los coches son monstruos, pensó, están hechos para esta gente tan enorme.
–...con la de mierda que comen no me extraña sean enormes–dijo en voz alta.
–¿Qué?
–Nada, pensaba en voz alta–y sin apartar la mirada del retrovisor mostró un deje de frustración–. Venga pelirrojo, ¿vas a pasar o no?
Dani trató de frenar, pero su mente olvidaba a veces cómo funcionaba un coche automático y la sensibilidad de Chrevolet alquilado, y al presionar con un poco más de fuerza el frenazo resultó un tanto violento. Natalia se incorporó hacia delante, pero el cinturón de seguridad la retuvo.
–Perdona, cielo–dijo Dani poniendo una mano sobre su pierna–.¿Te has hecho daño? No acabo de dominar este coche.
–Estoy bien, estoy bien. No pasa nada.
Cuando la furgoneta hubo adelantado, Dani se colocó en el carril izquierdo.
–Si vemos una gasolinera deberíamos parar, no quiero que comience a hacerse de noche y que nos quedemos tirados.
–No vamos a quedarnos tirados–rió en un tono que sonaba más a obviedad que a burla–, el depósito está casi a la mitad.
–¿Y si no encontramos una gasolinera después? ¿O si no la vemos porque está oscuro?
–Vale, vale, como quieras. Pararemos, y de paso podríamos comer algo, empiezo a tener hambre y aún queda mucho para llegar a San Francisco.
–Me parece bien, ¿qué tal tu ropa? ¿Sigue mojada?
–Mi ropa sigue igual que hace dos minutos– y esta vez, en la voz de ella sí había un deje de impaciencia.
Natalia se acomodó en el asiento, y fijó la mirada al otro lado de la ventanilla. A pesar del aire acondicionado podía notar la ola ardiente del exterior. En parte porque la había sufrido, y porque la vegetación mostraba un color apagado, arenoso, casi chamuscado. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cayó en un estado de sopor. Al rato, la voz de Dani la devolvió a la realidad.
–Un área de servicio, Natalia. ¿Quieres que paremos?
Abrió los ojos con lentitud. Lo primero que divisó fue la señal amarilla de la gasolinera y después la entrada a un Burger King.
–Vale, sí.
Dani tomó la siguiente salida y al poco ya se encontraban en el interior del área de servicio.
–Por dios, qué grande es esto– comentó ella.
El recinto, sin tener en cuenta la gasolinera, albergaba unos pocos edificios de techo plano, de los cuales la mayoría eran restaurantes de comida rápida. Aun así, no había demasiada gente merodeando por allí y las distancias entre los locales eran tan amplias que Dani y Natalia no pudieron evitar un ligero sentimiento de desolación. Los pocos coches que se habían desviado había ido a parar a la gasolinera, y en consecuencia ésta había cubierto su cupo de servicio. Entre los coches que esperaban, Dani divisó la furgoneta blanca en la que viajaban los estudiantes
–¿Tienes hambre? –dijo él al ver que la gasolinera estaba al completo–.Te diría de comer primero y luego ya repostaremos.
–De acuerdo, como veas.
Natalia se quitó las gafas de sol y se las colocó en la cabeza, como si fuera una diadema.
–¿Qué te parece el Burger King? Tampoco hay mucho más.
Dani no respondió, se limitó a circular por el recinto con la lentitud que requiere una buena inspección. Natalia no interpretó el silencio de Dani como una negativa, sino como una indecisión. Esperó que él se situara, quizás daría dos vueltas antes de decidir.
–Entonces, ¿Burger King?–preguntó al poco.
–¿Qué te parece ese sitio de ahí?
Entre una tienda de ultramarinos y un Starbucks, Dani había divisado un local alargado que daba la impresión de pretender pasar desapercibido. El marrón desgastado de las paredes le daba un aire de cabaña vieja. Junto a la puerta, dos grandes cántaros mejicanos flanqueaban la entrada rojiza.
–¿Ese? Estás de broma, ¿no? Pero si no hay nadie, el aparcamiento está vacío.
–Por eso mismo, nos atenderán rápido.
Dani condujo hasta quedar a una distancia que le permitiera una mejor inspección. No solía preocuparle el estado deteriorado de las cosas, Natalia era mucho más esnob que él en esos temas.
Durante unos segundos observaron el local por el cristal trasero del coche. Unas cortinas que parecían espesas impedían divisar el interior.
–¿Estás seguro de que no está cerrado?
–En el cartel pone que está abierto, ¿ves? Open.
–Pues a mí no me gusta.
–¿Qué no te gusta?
–Me da mal rollo.
–Natalia, no te puede dar mal rollo sólo la entrada.
–Bueno...no sé.
–Al menos vamos a echarle un ojo. ¿No estás harta de tanta multinacional de comida basura?
–...sí...pero no sé si esto va a ser mejor.
Bajaron del Chrevolet, y prácticamente cerraron la puerta al unísono. En el exterior, el sol alto abrasaba el suelo.
–Espera–dijo Natalia como si recordase algo–. Voy a coger ropa para cambiarme en el baño. ¿Puedes abrir el coche?
–¿Ahora vas a cambiarte?
–Mejor eso que esperar a que se me acabe secando.
–Deberías haberte cambiado en los baños públicos. Te he dicho que te cambiaras allí.
–Y yo te he dicho que estaba sucio y que me daría asco si la ropa cae al suelo.
Natalia abrió la maleta y al poco había extraído la ropa interior, unos vaqueros largos y una camiseta de manga corta muy sencilla.
–¿Llevas las bragas y el sujetador en la mano?
El tono sonó desesperado,
–Los he tapado, tranquilo – contestó molesta–. Deja de reñirme, nadie lo va a ver.
–Yo no te riño.
–Sí lo haces, todo el rato, y no dejas de quejarte.
Dani puso los ojos en blanco, no porque pensase que Natalia exageraba sino porque conocía el proceso de las discusiones. Él apretaba y apretaba, hasta que ella se cansaba, se enfadaba y se pasaba de morros lo que quedaba del día.
–Está bien, perdona.

Natalia subió los peldaños con decisión, quizás más guiada por la poca paciencia que le quedaba. Bajo el cartel azul con letras blancas donde se leía Push, encontró un tirador de madera y empujó.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Relato: El orden natural de las cosas




Coming Back!
¡Hola a todos! Dije que me tomaría unas semanas de vacaciones en el blog y con la tontería han pasado dos meses y medio. Espero que hayáis desconectado mucho y aprovechado el verano. Yo he sido menos productiva de lo que pretendía, pero al menos he leído. 
Os dejo un cuento muy otoñal, ¡espero que os guste!
¡Un beso!



Biscuit es más lista de lo que mi abuelo se empeña en hacerme creer. Bueno, él diría que no se trata de inteligencia sino de interés, supervivencia, instinto animal bla bla bla...pero no me importa lo que piense, sé que Biscuit me ha cogido cariño. Cariño, o lo que sea que pueda llegar a sentir un zorro por un humano. En este caso, una zorra por una humana. La expresión me hace reír. ¿Por qué se les llamará zorras a las mujeres proclives a joder la vida de los demás? Biscuit es un encanto de animal, no encuentro la relación.
El caso es que tal vez, como asegura mi abuelo, Biscuit hace uso de la supervivencia animal, y siguiendo su instinto ha encontrado en mí algo seguro y ya está, fin de la historia, no existe un ápice de cariño en sus actos. Al fin y al cabo, se les llama salvajes por algo.
No sabría decir. Yo no soy veterinaria ni experta en animales salvajes. Estudié magisterio en Barcelona, y en cuanto acabé la carrera, decidí que lo que más me apetecía era ayudar a mi abuelo a gestionar el camping. Así que mi trabajo consiste en permanecer en la centralita durante el día, gestionando reservas y solucionando problemas menores. En los momentos ociosos, leo algún libro de fantasía juvenil o una revista de cine esperando encontrar a Ryan Gosling. Mientras, los clientes entran y salen. En verano las familias llegan en auto caravanas. Imagino que, para ellos, nosotros estamos de paso, entre Francia y dónde quieran que se dirijan. Los grupos de amigos jóvenes, sin embargo, traen tiendas de campaña y se alojan un día o dos, el tiempo suficiente para realizar una ruta por la montaña y hacer senderismo. En invierno la clientela se reduce. No saben lo que se pierden, las caminatas bañadas de nieve producen ese encanto de cuento de hadas. Lo echaba de menos cuando vivía en la ciudad.
- Dedícate a lo tuyo y deja a los animales en paz- me suele reñir mi abuelo.
Hace años el hombre sufrió una neumonía tan grave que pensábamos que se moría, y desde entonces se le ha quedado una voz rota, como un recuerdo o un aviso, no lo sé. Ahora siempre parece recién levantado.
Toma aire e insiste:
-¿No ves que no ayudas a Biscuit? Sólo la perjudicas. Los animales salvajes no deben encariñarse con los humanos.
No entendía por qué iba a perjudicar a Biscuit. Ella emprendió el acercamiento entre ambas. Al principio, cada noche, mientras mi abuelo cerraba la centralita, Biscuit aparecía puntual en la puerta de casa. Siempre adoptaba una postura muy recta, era como esas estatuas egipcias que parecen tener el cuello estirado. Quizás era una forma de mostrarse adorable.
Nosotros vivimos al girar la esquina de la centralita del camping, en una casa pequeña de color mostaza y ventanas coloniales. En la entrada, junto al escalón de mármol, plantamos geranios rojos que Biscuit jamás ha mordido.
Al principio, sólo le permitía entrar en el salón. Me daba pena que pasara frío en la calle, o que la atacara algún otro animal. Y ella accedía, con la cabeza gacha como si buscara enemigos. Hasta parecía tímida. A estas alturas ya se ha acostumbrado a la luz anaranjada que producen las lámparas viejas, y a los muebles vastos. Incluso el pelo rojizo del animal sintoniza con los muebles amarronados. Parece que Biscuit forme parte del mobiliario. Al principio solo le daba de cenar. En Google encontré qué necesita un zorro. Así que cuando Biscuit aparecía por las noches abría la nevera y le ofrecía el primer embutido que encontraba. Los zorros son carnívoros, y quizás no les acabe de gustar la comida procesada, pero Biscuit nunca ha hecho ascos, así que cada noche le daba de cenar prácticamente lo mismo.
Después de comer se marchaba, y ya no volvía hasta la noche siguiente, siempre antes de que mi abuelo volviera de cerrar el camping. Con el paso de las semanas, empezó a esconderse en algún rincón, y allí se dormía. Seguía evitando a mi abuelo. Cuando escuchaba su paso aproximarse, levantaba las orejas y antes de que me diera cuenta ya había encontrado refugio.
Ahora le ha echado un morro sorprendente al asunto. Ni las llaves en las manos de mi abuelo, ni su andar ligeramente cojo la asustan. Incluso se acerca a saludarlo.
-Esto no es normal - dice el hombre-. Es antinatural, más bien. Un zorro en casa...
Aun así le palmea la cabeza, como si fuera nuestro caniche, y Biscuit lo sigue con la mirada. Observa a mi abuelo, balanceándose en su cojera y sus kilos de más mientras se adentra en la cocina. Tal vez Biscuit aspira a la posibilidad de recibir más comida. Pero mi abuelo abre una lata de cerveza, yo le riño porque debería cuidarse más, él no me presta atención y observa a nuestra mascota, tratando de buscar el sentido a la situación.
-Ay Biscuit, esto es antinatural. No te hacemos ningún favor.
Y al poco Biscuit se hace un ovillo en la alfombra que hay junto al sofá. Como es rojiza, el animal se camufla. Ya lo he dicho antes, sintoniza con la decoración. Por las mañanas, cuando me despierto, ya se ha marchado.
La llame Biscuit porque la primera vez que la vi mordía una galleta de mantequilla. Me pareció que ni siquiera le gustaba, pero era eso o morirse de hambre. Yo volvía en moto del pueblo, donde viven mis padres y mis hermanas, y al verla en el contenedor de la basura el corazón me dio un latigazo de lástima. Detuve la moto, pensando que huiría al verme. Nunca había visto un zorro tan de cerca y fui con cuidado. Abrí la bolsa de la compra y le ofrecí un trozo de pan. No se fiaba de mí, y tuve que lanzárselo para que se lo comiera. Al tercer intento, ya comía de mi mano.


Ahora Biscuit ha encontrado a un compañero. Es un zorro pelirrojo, como ella, pero con la peculiaridad de tener las patas moteadas. Parece que haya estando chapoteando en pintura negra. Lo he visto un par de veces, algunas noches viene rondando la casa, supongo que busca a Biscuit. No puedo llamarlo calcetines, porque en Bailando con lobos el teniente Dunbar, o Kevin Costner para todos, ya llamó así a su lobo. De acuerdo, era un lobo, no un zorro, pero de todos modos no me parece original. Así que pienso y pienso en el novio de Biscuit, y se me ocurre llamarlo Blacky.
-¿Tú eres consciente de lo que va a pasar?- Mi abuelo ha llegado al límite de su paciencia-. Ese zorro va a dejar preñada a Biscuit, y nos veo cuidando de una camada de zorritos ¿Eso pretendes? ¿Tener un criadero de zorros? Cuántas veces te he dicho que perjudicas a Biscuit. Las cosas deberían seguir el orden natural.
Pero mi abuelo se ha equivocado. Blacky ha desaparecido y hace días que no sabemos nada de él. Y me alarmo. Quizás Biscuit ya está embarazada. Me entra pánico al pensar que las sospechas de mi abuelo se hagan realidad. No me imagino el camping repleto de zorros, y Biscuit casi está domesticada, ha empezado a pasar los días en casa. Incluso alguna noche ha dormido en mi cama. Y todo cobra sentido, Blacky ha desaparecido porque Biscuit ya está embarazada.
En Google leo que hasta el invierno esto no pasará, y no sé si siento alivio o decepción al saber que Biscuit no va a ser madre. Y de repente, cuando todo parece volver a la normalidad, el animal muestra un comportamiento extraño. No tardo en detectar que su carácter está apagado. Con las orejas caídas y los ojos achinados, enseguida me doy cuenta de que está triste. Siento tanta pena por ella que me niego a creer que Blacky ha desaparecido sin motivo.
Pasan los días y Biscuit no logra deshacerse de la melancolía. Quizás debería dar una vuelta, sólo quiero saber si Blacky está bien. No me gusta ver a Biscuit tan triste.
Así que me pongo las botas de agua, quizás cruce el río, rescato del armario el anorak azul y un gorro de lana, porque aunque sólo es octubre cuando empiece a oscurecer el aire correrá frío y cortante.
Salgo de casa después del café de la tarde. Tomo el camino opuesto al camping, intuyendo que Blacky habrá huido de los visitantes. Una cosa es ser sociable y otra convertirse en la mascota de los turistas. Enseguida me adentro en el sendero que sube hacía la siguiente colina. Sé que a dos kilómetros, hay un merendero que aunque no es muy conocido, algunos días de verano el bullicio se puede escuchar desde el rio. Sigo caminando, llevo en las manos una manta pequeña en la que Biscuit suele dormir, y la agito de vez en cuando, con la esperanza de que el olor atraiga a Blacky. Pero llego al rio (bien, es más un riachuelo), y el zorro aún no ha dado señales de vida. El sol ha iniciado el descenso y los rayos se filtran anaranjados entre la frondosidad del bosque. Me he desviado del sendero, pero así llegaré antes al merendero. No voy a perderme. Y sigo caminando, hasta que pierdo la noción del tiempo. Y cuando me he rendido y decido volver a casa una silueta entre las raíces de un árbol llama mi atención. Es un bulto grande, rojizo. En verdad sé lo que es, pero intento demostrarme que me equivoco. Y me acerco.

Biscuit apoya el hocico en mi pierna. Tiene esa mirada desolada y yo me siento como el médico que debe dar la mala noticia a la familia.
-Te lo advertí- me regaña mi abuelo con su voz rota, se quita las gafas redondas y las deja en la mesa, sobre el hule, junto a la caja de pastillas-. Te dije que no les hacíamos ningún favor. Los animales salvajes no deben tener trato con los humanos, les pierden el miedo y acaban muertos, como Blacky.
-¿Quién puede tirarle piedras aun zorro hasta matarlo?
No es más que una reflexión en voz alta, pero mi abuelo responde tras un suspiro:
-Más gente de la que te crees.
Y en su voz hay decepción. Biscuit golpea mi brazo con el morro. Quizás no es un caniche, pero empieza a parecerlo. 



domingo, 2 de julio de 2017

Relato: La verdad sobre Ariane. Parte 2


Ariane

Estoy tumbada en la cama, aburrida y cansada de este calor que invade cada resquicio de mi cuerpo y de mi casa. He colocado los pies en la pared y sacado fotos tontas. Después las he subido a Instagram y Facebook. No quiero ver los likes, de repente ya no me apetece, porque es una foto absurda. Estoy aburrida.
Por fin. Los pasos se escuchan desde mi habitación. Son ágiles porque Emma tiene esa actitud un tanto hiperactiva. Parece que siempre vaya corriendo a los sitios. No somos amigas desde hace mucho, pero calo rápido a las personas y sé que ella, es una chica ocupada. Cuando suena el timbre espero unos segundos para levantarme y dirigirme a la puerta. La hago esperar a propósito. Quiero que entienda que no estoy siempre disponible para ella.
Emma aparece ante mí con un vestido ajustado aunque sobrio. Justo el clasicismo al que se ceñiría una ejecutiva. Qué sosa.
-¡Qué día de reuniones, por favor!- exclama sin perder la alegría.
Me besa, porque está hecha de pasta efusiva, en su interior hay una necesidad absurda de demostrar los sentimientos que la hacen más vulnerable de lo que ya es por costumbre. Algún día se aprovecharán de ella, tiene que saber que el mundo no es un castillo rosa con unicornios galopando por jardines de piruletas.
Acepto su beso pero no demuestro mayor entusiasmo. Debo enseñarle a tener picardía.
Emma se deja caer en el sofá tan pronto como llegamos al comedor y comienza a abanicarse con la mano.
-He tenido dos reuniones que me han dejado atontada- comenta.
Odio cuando comienza a hablar de su trabajo. Se cree que por dedicarse al Marketing y las grandes empresas los demás no valemos lo suficiente. La empatía no es su mayor virtud. Quizás la odio todavía más cuando narra a lo Mujercitas sus anécdotas familiares. Está hecha una Amy March, pero en versión cutre. Yo me marché de casa en cuanto cumplí la mayoría de edad, debería tener cuidado en no presumir ante los pobres.
La desgraciada es guapa. Tiene la piel bronceada de playa y el pelo dorado y salvaje. Parece un caramelo. Es como un Werther’s Original hecho persona.
-¿Cuánto drama, verdad? -suelto con un deje de ironía.
A ver si se da cuenta de que sus problemas no son problemas. Es demasiado negativa y debo ayudarla. Porque es mi amiga. Sólo trato de relajarla.
Sin embargo ella frunce el ceño, parece sorprendida. Vamos bien, no esperaba mi respuesta y la he descolocado. Así verá que la vida no es sólo quejarse.
-Tampoco es eso – añade.
Me siento sobre la mesa y enciendo un cigarrillo.
Soy más alta que Emma, mi pelo es más brillante y mis pómulos se marcan más que los suyos. Si Paul fuera heterosexual estoy segura de que me preferiría a mí. No me cabe la menor duda.
-Miremos los trajes y vayamos por faena – dice Emma, de repente su rostro se ha ensombrecido-. Tengo una cena a las diez.
-Cuánta vida social tienes, eso te quita tiempo. Por eso vas perdida, ¿no es así?
-¿Perdida?
-He visto que en algunos pasos no acabas de estar centrada, y pensé: uy, a Emma le pasa algo.
-No me pasa nada.
-Ahora entiendo, no paras. Necesitas un masaje, que te cuiden y mimen, una limpieza de cutis.
Emma sonríe aunque un poco por compromiso. Se habrá creído mi mentira. ¿Perdida? Si ella es perfecta…
Enseguida enciende el iPad que saca del bolso.
-¿Qué vestido te gusta más? -pregunta.
Entra en la página de la academia y de casualidad, encuentra mi foto del vestuario.
-Oh, qué chula- exclama con ilusión.
-Y tú estás genial en la que subiste, eh. Has sabido hacerlo.
-No sé -responde, no ha captado mi tono irónico-. La hizo Chloe.
Mi cara es el espejo del estupor.
-¿Chloe? No te fíes de ella – digo alarmada.
-¿Por qué? Somos amigas desde hace tiempo. ¿Ha hecho algo?
-Tú confía en mí, es competitiva, a mí me odia. No me soporta y no le he hecho nada.
-No hagas caso, te tendrá envidia.
-Eso ya lo sé. Su actitud lo demuestra. Pero me parece patético.
-Vale, ¿qué vestido llevaremos al festival? - y vuelve a clavar la mirada en la pantalla, obviando los temas importantes.

Emma

Espero que Ariane no se entretenga demasiado y que no me salga con sus problemas absurdos. Me cae bien, pero a veces resulta un tanto tóxica. Las chicas la llamamos La rompe ilusiones, porque te las quita de un plumazo. Siempre se repite la misma historia, ante cualquier comentario nos recuerda la posible parte negativa.
Chloe se fue de vacaciones a Australia hace un par de meses, y Ariane no dejó de recordarle que había riesgo de que la robaran, la timasen en el hotel, etc etc. Sandra conoció a los hijos de su pareja hace unos días, y Ariane no dejaba de enumerar los problemas de aguantar a los hijos de otra.
Quizás si exista la posibilidad de peligro, ese riesgo a correr, pero no tiene por qué ser lo primero que recibamos de ella al explicar nuestras vidas. En realidad, está sola. No tiene más amigas que nosotras, y no sale demasiado. Yo la tolero, porque sus palabras no me envenenan, pero Chloe la tiene atravesada. Lo que pasa es que Paul la adora. Es la mejor bailarina que hay en la academia y eso tiene su recompensa. No sé por qué Ariane se fustiga tanto, debería sentirse feliz siendo la estrella.

Subo las escaleras corriendo. He quedado para cenar y no pretendo alargar demasiado mi momento en casa de Ariane. Quiero decidir los vestidos del festival e irme a casa a arreglarme para la cena.
Ariane me abre vestida con un tanga y una camiseta atada a la cintura, tiene un cuerpo bonito, lo que no sabía era que usaba esos atuendo para estar por casa.
Pasamos al comedor y como no sé qué decirle rompo el hielo hablándole de trabajo. Pero creo que he dicho algo malo, porque enseguida me acusa de ser dramática con un tono extraño que no sé interpretar. Me descoloca un poco, todo el mundo sabe que la dramática es ella.
Entonces se sienta en la mesa y se pone a fumar. Adopta una postura estudiada que desde fuera parece incómoda. Quizás en las películas quede muy bien este postureo pero en la vida real pienso que resulta diferente. La hace un tanto ridícula.
-Miremos los trajes y vayamos por faena. Tengo una cena a las diez – digo. 
No quiero perder más tiempo.
-Cuánta vida social tienes, eso te quita tiempo. Por eso vas perdida, ¿no es así?
-¿Perdida?
-He visto que en algunos pasos no acabas de estar centrada, y pensé: uy a Emma le pasa algo.
No entiendo a qué viene ese repertorio. No me hace falta ser demasiado inteligente para saber que es un ataque.
-No me pasa nada.
-Ahora entiendo, no paras. Necesitas un masaje, que te cuiden y mimen, una limpieza de cutis.
No suelo envenenarme con estas cosas, pero Ariane se está excediendo. No sé si está enfadada o es que no sabe usar otro tono.
Quiero centrarme en los vestidos del festival, pero parece complicado. 
De repente no sé cómo hemos llegado a este punto de la conversación, pero  Ariane critica a Chloe. Trato de calmar la situación, de que Ariane se calle de una vez, y le digo la mentira que quiere oír: Chloe te tiene envidia. Y entonces se llena de orgullo, la felicidad le ha vuelto en forma de vitalidad. Lo noto en sus mejillas rositas.
No sé qué estoy haciendo aquí, en casa de esta chiflada. Debería irme antes de que su locura me salpique de algún modo. Me pongo en pie, atusándome el vestido.
-¿Puedo ir al baño, verdad?
-Claro – dice ella-. ¿Quieres un café?
-No, pero gracias-respondo-, no me puedo entretener mucho.
Ariane.
Es el momento. El corazón se me sale del pecho, o al menos a mí me parece que explotará en mi interior. Emma ha ido al baño. Es ahora o nunca. Cojo su móvil. La muy retrasada se lo ha dejado sobre la mesita. He visto su contraseña cientos de veces, 689345. No sé qué puede significar. Conociendo a Emma, alguna gilipollez banal. Es muy arriesgado lo que voy a hacer, excedido hasta el mas lejano límite. Pero no puedo parar. Cada vez que veo sus comentarios siento que enfermo por dentro. Enfermo de verdad, no es un decir. Su éxito me provoca ardor de estómago, y quiero llorar, una vez llegué a vomitar cuando Paul la llamó princesa triunfadora. Emma debe de saber que el mundo no es perfecto, así espabilará.
Desbloqueo la contraseña, y la pantalla se ilumina.