Conversaciones absurdas que ocurren en un bar
(Pequeña obra de teatro)
Escenario: Un bar de barrio, repleto de clientes, a pesar
de no ser demasiado grande. Es alargado y produce ligeramente el
efecto de caverna.
Alan: Joven de 30 años, de aspecto descuidado, vaqueros rasgados por
los bajos, camisa holgada de color apagado, y cabello ensortijado.
Carlos: Joven moderno de 32 años, pelo cuidadosamente cortado, camisa
ajustada y bambas de marca. Lleva gafas de pasta y huele a perfume de
discoteca.
Roberto: Ejecutivo de 35 años. Viste traje y corbata,
aunque ahora se ha remangado para sentirme más cómodo.
Pablo: Camarero. Estudiante de psicología que acepta
empleos basura para costearse los estudios.
Al alzarse el telón se oyen las conversaciones de los clientes,
muy animadas, que se mezclan con el ruido de las jarras de cerveza al
tocar las mesas. Alan, Carlos y Roberto están sentados al final del
local, en una mesa de cuatro, muy cerca de los dardos.
Alan: Me gusta tanto viajar que si me despidieran gastaría el
dinero de la indemnización en un viaje.
Carlos: ¿Uno? No, no. Que el tiempo pasa volando. Yo haría
dos ¡Y a lo grande! Playas exóticas, mojitos y palmeras y
masajistas de veinte años. Eso sí es vida.
Roberto: Yo me iría un mes entero. Aún no sé dónde, pero
haría las maletas así (chasquea los dedos).
Alan: Yo compraría un billete de ida a Los Ángeles, y el de
vuelta ya vería… cuando me cansase, lo cual veo difícil.
Carlos: Yo no me cansaría nunca.
Roberto: Yo me llevaría el coche. Así podría desplazarme
por donde quisiera. Y como me gusta conducir, no tendría problemas.
Alan: Yo adoro conducir, disfruto realizando trayectos largos.
Carlos: Pues yo podría conducir durante diez horas.
Roberto: ¿Diez? Yo he llegado a conducir durante quince horas
sin descansar.
Alan: (moviendo su vaso vacío) ¿Queréis otra birra?
Carlos: Sí, llamemos al camarero.
Roberto levanta la mano, y cuando la sacude Pablo se acerca.
Pablo: ¿Tres más?
Roberto: Sí, trae otras tres.
Pablo se marcha.
Alan: Yo aguanto tan bien el alcohol que todo el mundo se
sorprende. Podría beberme cuatro cubatas y mantenerme igual de
sereno.
Carlos: ¿Cuatro? ¡Eso no es nada! Yo podría beber ocho. Más
de una vez lo he hecho.
Roberto: Menudos niñatos estáis hechos. Mi récord no sé ni
dónde está. Soy como una esponja.
Alan: Sí, pero hoy no nos podemos pasar ehh, que mañana
tenemos que currar.
Carlos: Y no porque me apetezca. Mi jefe es un ogro. Siempre
está de mal humor.
Roberto: Mientras no te grite… como hace el mío. Eso sí
que es ser un ogro.
Alan: Pues el mío es un amargado y lo paga con todos sus
empleados, y más de uno ha llegado a llorar.
Carlos: Así, no me extraña que me cueste tanto levantarme
por las mañanas. Hay días que pasa media hora desde que abro los
ojos hasta que me levanto de la cama.
Roberto: Pues yo tengo que ponerme el despertador tres veces
porque si no, no me entero.
Alan: Pues a mí me cuesta tanto levantarme por las mañanas
que algunos días he llegado tarde a trabajar.
Carlos: ¿Dónde se ha metido el camarero?
Roberto: ¿Alguien recuerda cómo se llamaba?
Alan: No, yo tengo muy mala memoria.
Carlos: Yo sí que tengo mala memoria, que veo una cara y
cinco minutos después se me ha olvidado.
Roberto: Yo tengo tan mala memoria que más de un día me he
dejado el fuego de la cocina encendido.
Alan: ¡Pues para recordar su nombre estamos! Yo no tengo ni
memoria histórica.
Carlos: ¿Pues sabes cómo puedes aprender historia? Yendo a
museos.
Roberto: Uf, no tengo tiempo para museos.
Alan: Yo tampoco.
Carlos: Yendo de viaje, podríamos entrar en alguno.
Roberto: ¿Y cuándo vamos a viajar? Porque yo más de una
semana no quiero marcharme, y no creo que dé tiempo a todo.
Alan: ¿Una semana? Yo creo que una semana es mucho tiempo. Yo
prefiero cinco días como mucho.
Roberto: O un fin de semana.
Alan: Si me llevara el coche tendría mayor flexibilidad.
Roberto: ¿El coche en vacaciones? Yo me agobiaría…
