miércoles, 30 de noviembre de 2016

Lost in Translation


No sabría decir cuántas veces he visto Lost in Translation. Y cuando digo que he perdido la cuenta me refiero a que, como mínimo, suelo hacer una sesión  de Sofía Coppola un par de veces al año. Si tenemos en cuenta que la película se estrenó en 2003, significa que, más o menos, la debo de haber visto unas 26 veces. Dicho esto, no es necesario aclarar que se encuentra a la cabeza de mi top10 cinematográfico.
Para los que busquen acción o emociones fuertes no sería la película más adecuada, en realidad,  podría decirse que no es más que una sucesión de momentos íntimos en los que dos personas (Bill Murray y Scarlett Johansson) van adquiriendo más y más afinidad en un país extranjero en el que se sienten solos en un momento de crisis personal. 
El  caso es que el film poseé tantas escenas memorables, filmadas con suma delicadeza y elegancia, que me resulta imposible no sentirme cautivada de principio a fin. De hecho, ese momento en el que Charlotte (Scarlett Johansson) viaja de Tokyo a Kyoto y, sumergida en sus propios pensamientos, recorre unos de los templos más emblemáticos de la ciudad (Heian Shrine) mientras suena Alone ino Kyoto de Air, se ha convertido en  mi escena preferida de la historia del cine. Quizá es por ese sentimiento de andar perdido, de no tener demasiado claro qué hacer con tu vida, o el arrepentimiento de decisiones  pasadas. 
Entre otras cosas, me quedo con la frase que considero más relevante: cuanto más sabes quién eres, y lo que quieres, menos te importan las cosas.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Mi isla


Terminé Mi isla con una sensación de satisfacción. La escritora me había dado la dosis justa de lo que necesitaba, ni más ni menos. No había tratado de prolongar el final con párrafos de relleno, y en ningún momento tuve la impresión de que me faltaba información.
Me enganché en la página uno, en cuanto Maggie realiza una explicación exhaustiva de su vida en una isla del mediterráneo. Se sabe que, huyendo de su antigua vida se refugia en la casa costera de su abuela para convertirla en un hotel. Piensa que allí, aunque ya no podrá enmendar sus errores, sí podrá reformarse como persona. En seguida me sentí transportada, ¿quién no ha soñado alguna vez con desaparecer un tiempo del mundo y tomarse un Kit Kat social? Eliminar ese vínculo emocional con todos los malos rollos que nos rodean. El caso es que el hecho de que Maggie vistiera ropa ibicenca y caminase descalza por la playa, me cautivó desde el principio. 
Para acabarlo de rematar apareció Alejandro, el primer inquilino del año, con su porte neoyorquino y su irresistible look de modelo de pasarela. Más que nada, porque eso es lo que es, un top model.
Entre ambos surge una atracción instantánea, y página tras página irán adquiriendo mayor intimidad hasta que se confiesen los errores que cometieron para acabar allí. Igualmente, no toda la trama se desarrolla en la isla. Madrid y Nueva York también tienen su protagonismo.
Y si la primera parte de la novela me resultó romántica y cálida (arena suave, sol fulgente, mar radiante), la últimas páginas me parecieron igual de fantásticas, eso sí, más turbulentas que las primeras.
No quiero hacer spoilers, así que resumiré diciendo que la novela me ha fascinado de principio a fin.        

sábado, 19 de noviembre de 2016

Sex and the City

Para ser sincera, la primera escena que vi de Sexo en Nueva York no me gustó. De eso debe de hacer ocho o nueve años, o quizás más. Era ese capítulo en el que Miranda se atraganta mientras come, y tras recuperarse del susto de ahogarse con su take away,  bombardea a Carrie con su miedo a morir sola. Y con sola se refería a soltera. Carrie, como buena amiga que es, la escucha estoica, aunque sin mostrar mayor preocupación. A mí me quedó claro: la trataba como a una loca. El caso es que me pareció una escena ridícula y Miranda una alarmista acomplejada. Pero como suele decirse, las grandes amistades comienzan con un "tú me caías mal" y algo parecido me ocurrió con las chicas de Sexo en Nueva York. Poco podía imaginar que aquel personaje, ambicioso y cínico, llamado Miranda Hobbes acabaría siendo una de mis heroínas televisivas, que capítulo tras capítulo la vería como una Wonder Woman terrenal capaz de compaginar su brillantez profesional en un mundo de hombres con la familia que (de forma surrealista y muy lejos de ser un cuento de hadas) acaba formando. 
Aún así, empecé a ver la serie desde el principio, eso sí, un poco reticente. A los pocos capítulos, mucho antes de que Bon Jovi (mi amor platónico durante la adolescencia) hiciera su cameo, ya me había tragado mis palabras. No solo estaba enganchada sino que soñaba con viajar a Nueva York, beber Cosmopolitan y enfundarme unos Manolo Blahnik . Viví las seis temporadas como si ellas fueran mis amigas, porque a decir verdad, ver Sexo en Nueva York es como mirarse en un espejo. Yo tengo una amiga Samantha Jones, sexy y liberal, una Charlotte York, que vivió su boda de princesa y aunque su matrimonio naufragó, sigue creyendo firmemente en el amor más puro, y algunas Miranda Hobbes, esforzándose cada día en dar la mejor versión de sí misma. 
Carrie no es más que el reflejo de las relaciones habidas y por haber. A veces los hombres te putean, y otras, eres tú quien sin darte cuenta, te portas mal. Y cada vez que Carrie volvía con Mr Big yo me indignaba, y la rabia provocaba que ardiera por dentro, ¿por qué lo aguantas? Hay más tíos, te mereces algo mejor. Tienes a Aidan, que es un buen chico. Esas mismas palabras que en alguna ocasión había recibido yo misma.
A medida que avanza la serie, ésta va tomando un carácter más dramático: la infertilidad de Charlotte, el cáncer de Samantha, la valentía de Miranda al convertirse en madre soltera, y una Carrie que todo lo perdona, siendo proclive a las relaciones tóxicas. Sin embargo, lo mejor, no es contemplar a cuatro amigas saliendo de copas con vestidos y zapatos de temporada, sino ser testigo de esa capacidad de enfrentarse al mundo y sus problemas sin perder la autoestima ni la pasión. Ni siquiera la sonrisa. Ésa manera divertida de convertirse en adultas a marchas forzadas.
Podría profundizar tanto que estaría horas y horas enumerando anécdotas que me marcaron y me hicieron exclamar: ¡yo pienso igual! O simplemente, me enternecieron.
Y como  dijo Carrie Bradshaw: No deberíamos esperar que un hombre nos lo diera todo, sino aprender que cada persona nos ofrece algo distinto.

Que la fuerza te acompañe

La primera vez que vi Star Wars tenía dieciséis años y hasta el momento, mi sabiduría sobre Luke Skywalker era bastante escasa, por no decir nula. Seguí el hilo de la historia sin problemas. Era una saga de aventuras, de argumento sin complicación, con un punto de rebeldía. Con el paso del tiempo fui olvidando detalles y se formó un lío terrible en mi cabeza. No conseguía visualizar la Estrella de la Muerte ni el Halcón Milenario. No recordaba por qué ni para qué aparece en escena Lando Calrissian. Ni por qué de repente Leia parece miembro del harén de Jabba el Hutt.
Volví a verlas hace unos meses. Y completé la sesión con la trilogía nueva (al menos sale Natalie Portman) y la película de los Ewoks.
El episodio cuatro me pareció aburridillo.
El quinto, fantástico.
El sexto, de un siete.
El uno me hizo pensar que George Lucas se reía de mí y en mi cara.
En el dos me entraron ganas de matar a los personajes con mi propia espada luz.
El tres me pareció shakesperiano. Me gustó.

Pero lo mejor de todo, es que a partir de ese momento, cada vez que en el trabajo veo aparecer al “jefe supremo” la Marcha Imperial suena en mi cabeza. Y pienso: si es que yo siempre he sido más de Star Trek, que al menos los vestidos son bonitos. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Érase una vez


Detuvo el coche entre los árboles, donde el camino se volvía abrupto y los matorrales se elevaban salvajes. Cuando sus tacones pisaron la tierra seca, un gesto de asco asomó en su expresión. Del maletero extrajo su gabardina roja y se la colocó con cuidado de no despeinar el pelo largo recogido en una trenza. Cuando se abrochó los botones su cintura se vio pequeña. Por último cogió la cesta, y cerró el maletero. Sobre ella las nubes se amontonaban grises, como algodón sucio. "Seguro que llueve" pensó "no existía un día peor para venir". Como temía mojarse se colocó la capucha de la gabardina, y así, con el rostro medio oculto, ascendió por el camino.
Al poco sonó su móvil, y al mirarlo vio un mensaje sin leer. Era de él, y resopló asqueada. Empezaba a cansarse de sus llamadas, además, ¿qué futuro les esperaba juntos? Él recogía leña y la vendía, vestía camisas de cuadros y no lograba deshacerse de aquél deje pueblerino. Quizás porque era un pueblerino. En todo caso, él no encajaba con la visión que ella tenía del amor de su vida.
Caminó y caminó. A su abuela deberían llevarla a un asilo, donde pudieran cuidarla como era debido. Si no fuera porque era una de esas matriarcas amargadas, una vieja ermitaña que no sabía qué era tener sentimientos, alguno de sus hijos le plantaría cara. No era más que una chantajista emocional que enfrentaba a sus propios hijos por beneficio propio. O tal vez sólo por diversión. Ni siquiera sabía por qué le llevaba aquel pastel. No se lo merecía.
Caminó un poco más, ya estaba en la mitad del bosque, cuando una voz ronca la sacó de sus pensamientos.
-¿Qué haces aquí?
Aminoró el paso, pero no se detuvo.
-¿Me sigues?
-¿Has venido a verme?
-No, habría ido al pueblo si quisiera verte. Voy a ver a mi abuela.
-¿Por qué? No la visitas si nadie te obliga.
-Está enferma.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
Entonces se volvió. Y no supo a qué se debía pero lo vio más alto, más gordo tal vez, le pareció gigante. Las patillas espesas le llegaban a media cara, como siempre. Cuando se conocieron él tenía el pelo espeso y negro, pero ahora el negro no era tan intenso. Tampoco había pasado tanto tiempo.
-Te acompaño-propuso él.
-No te molestes.
-No es una molestia. ¿Has venido a verle a él?
-Te he dicho que he venido a ver a mi abuela.
-Me gusta tu gabardina, te sienta bien el rojo - y su voz adoptó un tono suave, dulce.
Ella pensó que sus estupideces eran tan grandes como su cuerpo. Aún no sabía por qué tenía que haberse acostado con él. Sí, ya...el alcohol... Pero ahora le pedía más que una absurda noche de pasión y no sabía cómo quitárselo de encima. Igual que a su primo, que se divertía recogiendo leña. Se preguntó si habrían hablado entre ellos.
Bajó la mirada, con una mueca triste.
-¿Qué te pasa? ¿Me lo vas a contar?
-Nada.
-No te creo.
Ella echó a andar, con los ojos puestos en las hojas muertas. Sabía que él la seguiría, y así fue.
-No quiero agobiarte con mis problemas. Ya me has ayudado suficiente.
- Te seguiré ayudando en lo que pueda.
- Bueno, está bien, te lo contaré. Mi abuela va a acabar con toda mi familia. Se niega a salir de esa casa en medio del bosque, mi madre no puede cuidarla como debería, mi tía está enferma y si ella vendiera la casa podría curarse con el dinero. Pero no ve esas cosas. Es una egoísta. ¿Quieres saber una cosa? He envenenado el pastel. Todo será más fácil sin ella.
Él dio un paso atrás, y pestañeó, sin entender.  Cuando se ponía serio su mandíbula se volvía cuadrada. Se colocaba tan recto que era cuando más grande parecía. Se frotó la cara con las manos peludas, como si quisiera despertar de la pesadilla.
-Sabía que no debía contártelo.
-De eso nada, has hecho bien.
Vaciló unos segundos, y al fin dijo:
-Te ayudaré. Haremos lo siguiente: si dejas que tu abuela coma del pastel te van a descubrir enseguida. No creo que sea un buen plan. Deja que yo me encargue, ¿de acuerdo? Para no levantar sospechas, por si acaso, tú irás por un camino y yo por otro, y nos encontraremos allí.
Ella asintió, con mirada inocente. Se despidieron con un beso, y cuando la silueta de él se perdió entre los árboles ella buscó su móvil.
-Hola, soy yo. Me he encontrado con tu primo. Está loco. Ha amenazado con hacerle algo a mi abuela. Sí, ¿vendrás? Estoy en el bosque. Gracias.

Llegó al cabo de un rato. La puerta estaba abierta y el silencio era tan intenso que aterrorizaba. Al entrar se quitó los zapatos y los dejó en la entrada. Odiaba la casa. Era rústica, tan vieja y decadente como su abuela. ¿Estaría viva todavía? Cuando dejó el pastel en la cocina, junto a la ventana, pensó que quizás ella tenía más de madrastra que de Blancanieves. Miró por la casa, no había rastro de su abuela. Lo encontró a él, en el salón.
-¿Y mi abuela?
-¿Quieres saberlo?
-Sí.
-Está bien, te lo contaré.
-Más tarde.
Se sentó en la mesa y se desabrochó la gabardina.
Él se levantó de la silla y se colocó delante. Se besaron, y ella apretó su cuerpo contra el de él y lo rodeó con las piernas. Al apoyar el peso descubrió sobre la mesa una cofia horrorosa y, por diversión, se la colocó a él en la cabeza.
-Estás ridículo- dijo divertida.
Él metió la mano por debajo de la falda, ella le quitó la camisa. Tenía tanto pelo que realmente parecía un lobo. Y estaban las patillas...
-Qué ojos más grandes tienes- dijo ella.
A él le pareció divertido.
-Son para verte mejor.
Ella acercó la boca a su cuello, lo rozó, y subió hasta el lóbulo.
-Qué orejas más grandes tienes.
-Son para oírte mejor.
Después le dio un beso, largo, mientras le desabrochaba el pantalón.
-Qué boca más grande tienes.
No le dio tiempo a contestar. No escuchó las botas sobre la madera, y tampoco supo qué ocurría cuando comenzó a gritar que la dejara en paz. Fue cuando advirtió los pasos. Se volvió y sólo vio el cañón de la escopeta de su primo apuntándole.
El disparo revolvió el bosque, unos pájaros huyeron de la copa de los árboles.
No conseguía hablar, se llevó la mano al cuello, que sangraba a borbotones. La miró. Lloraba desconsolada sobre la mesa mientras se colocaba la ropa correctamente tratando de recuperar su dignidad.
"Mala zorra" pensó.
Se tambaleó. Su primo permanecía de pie con la escopeta en la mano. En su cara no había un ápice de remordimiento.
Atravesó la casa con el paso torpe, chocándose con las paredes, y por el camino rompió un jarrón. Vio una bata de la abuela y la cogió para protegerse del frío que comenzaba a invadir su cuerpo. Se la colocó sobre los hombros. Justo antes de salir a la calle se miró sin querer en el espejo. Aún llevaba puesta la cofia de la anciana. No tardaría en morir, y no supo qué era peor, morir como un violador y un asesino, o llevando la cofia de una vieja chiflada.