Hace un par de días mi hermano me preguntó qué tenía 1984 para que yo la posicionase en el top5 de la literatura. Estábamos en Casa del libro, y yo iba toquetando las portadas que me interesaban mientras realizaba una wishlist mental. A su pregunta, se me ocurrieron mil motivos que aportar, pero como sabía que no ofrecería una respuesta concisa, me limité a decir con admiración: si lo leyeras lo sabrías. Y es que en ese instante no creía encontrar las palabras adecuadas que dignificasen la novela.
Creo que lo convencí, o al menos le generé curiosidad sobre El gran hermano.
Quizás es porque siento debilidad por los futuros distópicos donde una dictadura o un sistema político centralizado trata de erradicar la capacidad de pensar del ser humano, como en un Mundo feliz o Farenheit 451, pero mi argumento es bastante simple: 1984 me hizo pensar mucho. Me hizo pensar en la falta de seguridad que posee la sociedad, en la facilidad de gobernar a un grupo de personas, cuando éstas lo que buscan es pertenecer a un sistema. Me hizo pensar en si las personas, en realidad, somos un poco ovejas.
Por eso me da pena, y sí, pena es la palabra, cuando veo que la huella de George Orwell ha evolucionado hacia un programa en la cúspide de la telebasura.
