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martes, 31 de octubre de 2017

Relato: Mañana será otra noche


¡Hola a todos!

¿Cómo se os presenta Halloween? Yo tengo una fiesta de disfraces en casa, así que la foto de cabecera pertenece a la decoración. 
Últimamente parece que este día ha perdido un poco la tradición española y ha dado paso a otra más americana. Y es que ya casi nadie habla de la fiesta de las castañas. En fin, a mí las castañas tampoco me acaban de gustar, ni el Moscatel, aunque sí los panellets, esa masa densa y calórica que se come en Cataluña.


Mi relato de Halloween habla un poco de eso, precisamente, la pérdida del valor de la tradición y de la frivolización de la misma. ¡Espero que os guste!



Mañana será otra noche

Mientras esperaba a que llegasen los niños, Henry Sanders comprobó el estado de su disfraz. Atusó la capa de vampiro y pasó las palmas de las manos por el pelo engominado. Suerte que las canas le habían crecido desproporcionadas, centradas a ambos lados de la cabeza, y eran como los mechones que Elsa Lanchester había lucido en la novia de Frankenstein.
Vale, los suyos eran más naturales. Pero al fin y al cabo, mechones gruesos de canas grises.

En realidad, se dijo, los niños están hechos de pasta clásicay disfrutan con los monstruos de toda la vida: Vampiros, hombres lobo, Frankenstein, la Momia…Recibirlos disfrazado lo iba a convertir en el vecino más guay y molón del barrio.

Había nacido en Jackson, Mississipi, pero había marchado a las afueras cuando la ciudad empezó a crecer y a edificarse hacía arriba, cuando los edificios se apiñaron entre ellos y la gente perdió los modales. Brookhaven, con su aspecto residencial y sin ambición de crecer, se ajustaba más a sus necesidades tímidas. En Brookhaven no había escándalos, sólo familias felices que de vez en cuando paseaban la bandera confederada. Ahora vivía en una casa modesta aunque espaciosa, de ventanas de guillotina y tejado triangular. Y un jardín. Sobre todo, un jardín. La forma redonda del frondoso árbol que crecía justo al lado de casa, cubría parte de su furgoneta blanca.

Si quiero ir a Jackson sólo tengo que conducir una hora. Salgo a las nueve, cuando el sol ha declinado, y a las diez ya estoy en mi antigua casa familiar, explicó una vez a la señora Mallon. Y ella, que en sus años de trabajadora activa había impartido literatura en el instituto de Brookhaven, le había ofrecido una sonrisa amable aunque desconfiada. Ay, señor Sanders, qué gracioso es usted. Y ahíla señora Mallon, dio por finiquitada la conversación, lo cual hizo pensar a Henry al respecto. Todo el mundo sabe que esta señora es una cotilla, ¿por qué no quiere saber nada acerca de mí? Y la conclusión fue rápida: la mujer desconfía y me teme.

Henry se acercó a la ventana e hincó una rodilla en el sofá que había como repisa. Se sintió orgulloso de la disposición de su jardín, con las calabazas clavadas en los picos salientes de la barandilla y las simulaciones de telaraña colgando de un lado a otro. Desde casa contemplaba su decoración brillar. Dirigió la mirada hacia el otro lado de la calle y divisó la casa de la señora Mallon y su decoración austera. Esa señora es incapaz de disfrutar de la mejor noche del año.

Tres niños se acercaron. No supo distinguir de qué iban disfrazados, pero ¿qué importaba eso? Esperó a que picaran para abrir la puerta y al salir al exterior, levantó los brazos con expresión terrorífica. La niña, que iba disfrazada de pollo amarillo, a saber por qué, dio un paso atrás.

Uuuhh – exclamó cuando se recompuso – Qué disfraz más guay que lleva señor Sanders.
Henry la contempló desde arriba. No debía de deshacerse de su postura terrorífica.
¿Cómo sabes mi nombre?
Lo pone en el buzón.
Ah, claro.
¡Truco o trato!
Y dio un par de saltos infantiles. Al fondo, una niña con traje de princesa y un niño disfrazado de lo que le pareció ser un zombi, esperaban en silencio.
Henry llenó las manos de caramelos y los dejó en la cesta de la niña.
¿Por qué vas de pollo? ¿Quieres que se te lleven las brujas?
Las brujas no existen, qué gracioso que es usted.
Henry puso los ojos en blanco. No era gracioso, ¿por que no dejaban de decírselo?
Además no voy de pollo – prosiguió la niña-. Voy de Pikachu.
¿De pica qué?
Pikachu.
No sé qué es eso. ¿Es un demonio?
La niña estalló en una carcajada.
Qué gracioso es. Me gusta su disfraz de vampiro, sus colmillos son...guauuuu. Dan miedo. Me gustaría saber dónde los ha comprado.
De repente, Henry notó que su pecho se llenaba de orgullo, y la seguridad se apoderó de él.
¿Y si te digo que no los he comprado? ¿Que son míos porque soy un vampiro?
Y la niña volvió a deshacerse en una carcajada.
Lo que yo diga, es usted muy gracioso.

¿Lo que yo diga? ¿Por qué esa niña hablaba como una organizadora de bodas? Después, se volvió, con un golpe de melena rubia, reflejando una dignidad que no necesitaba mostrar, y se alejó entre las calabazas brillantes. Cuando llegó donde sus amigos, comentaron algo. Oyó decir a la princesa qué tío más rata, podría habernos dado más chuches. Y se fueron calle abajo.

Cerró la puerta un tanto confuso. Por niñas como ella había huido de Jackson. Niños sin infancia, sin fantasía. Adolescentes que viven como adultos y sufren sus momentos de decadencia. Y adultos que ya no se sorprenden. En resumen, gente muy cascada. En sus tiempos, los niños gritaban al ver a un vampiro. Pero claro, ¿cómo no iban a gritar si lo relacionaban con Boris Karloff? Solo su nombre provocaba escalofríos. Ahora para ellos, los vampiros eran seres radiactivos que iban al instituto y saltaban entre los árboles. Por favor, ¿cuántos años llevaban repitiendo curso la gente de Crepúsculo? ¿El director del instituto no sospechaba nada al respecto? En fin, no era nadie para juzgar a los vampiros más famosos de la edad moderna.
Poco a poco la calle se sumió en la actividad. Una luna redonda y tiznada cubría el pueblo y provocaba una claridad siniestra sobre las familias y los disfraces. Las voces adquirieron intensidad, y Henry recuperó la ilusión que la niña cínica le había robado de un plumazo a base de frialdad.

El segundo niño no venía acompañado de un grupo de amigos, sino por su padre, un hombre joven con gafas redondas de empollón.
¡Truco o trato!
Y Henry repitió el mismo número de nuevo. Alzó los brazos con la capa bien cogida tratando de infundir miedo. Esta vez, el niño ni tan solo parpadeó.
Truco o trato– repitió.
¿Al mismo Conde Drácula quieres dedicarle esa cara tan seria?
Déjelo–comentó el padre con expresión aburrida–, está cabreado porque no voy a comprarle la bici que quiere.
Me lo prometiste– arguyó el niño. Frunció el ceño, con lo cual, conjuntamente con la iluminación de las calabazas, se le marcaron las pecas de la nariz–. Me dijiste que me comprarías la bici.
Te dije una bici, no la más cara de la tienda.
Pero si eres rico, ¿qué más te da?
Qué más quisiera yo ser rico. No digas estupideces.
Uuuuhhhhh– Henry trató de suavizar el ambiente imponiendo un poco de terror.
Sus dientes molan– dijo el niño enfurruñado, y de repente, ya no lo parecía tanto.
Molan porque son de verdad.
Puf, sí claro. Truco o trato.
Y Henry volvió la llenar las cuencas de las manos con caramelos.
¿Eso va a darme?
El padre le propinó una pequeña colleja.
Se dice gracias.
¡Gracias de qué, si casi no hay caramelos!
Tengo que darle a los demás niños– se justificó Henry.
Sí, claro, pues todos para ellos, porque yo no los quiero.
En un acto de rebeldía, el niño vació la cesta a los pies de Henry.
¿Qué te he enseñado?– dijo el padre, molesto–. Cuando lleguemos a casa irás al rincón de pensar. ¿Eso quieres?
Cuando se hubieron marchado, Henry recogió los caramelos del suelo. Se agachó torpemente, y al levantarse decidió chupar una piruleta de fresa.
Puaj.

La tercera visita eran dos adolescentes vestidas de animadoras zombis. Llamaron a la puerta y al ver a Henry se agarraron por la cintura ejecutando un gesto sexy.
Hoy es su día de suerte abuelo, es el día que dos estudiantes quieren comerle.
¿Que me qué?
Se echaron a reír. Henry las miró un instante, confuso. ¿No se suponía que era una fiesta de niños? Y ¿abuelo? ¿Qué iba a ser él un abuelo? En ese instante un coche estacionó ante su casa y uno de los ocupantes le lanzó un huevo. No llegó hasta Henry, evidentemente, pero estalló en la hierba del jardín, junto a una de las calabazas.
Después, las zombis sexys salieron corriendo y se me metieron en el coche, el cual arrancó con rapidez. Y al cabo de poco, la estupefacción de Henry le impedía adivinar si la anécdota de las animadoras zombis había ocurrido de verdad o lo había imaginado. En fin...

Las horas siguientes no fueron a mejor. Se presentó una niña disfrazada de médico sangriento, también hubo más princesas de Frozen, unos cuantos esqueletos, una india con el hacha ensangrentada, el responsable del Kentucky french chicken, una leopardo que nada tenía que ver con Halloween, y un pirata con llagas en la cara. Ah sí, y otro Pikachu, o como fuera que se llamase.

Tratar de entender a la sociedad le producía cierto cansancio. Y también decepción. Era como si el destino le impidiera disfrutar de la mejor noche del año. ¿Dónde se había perdido? Decidió retirar el cuenco de caramelos y no abrir más la puerta. Estaba agotado. Se dirigió a la cocina y abrió la nevera, de la cual extrajo un tubo de plástico lleno hasta los topes. Mejor en vaso, se dijo, y sacó uno del lavavajillas.
Se sentó a la mesa del salón y al primer trago, un regusto amargo le invadió la boca. Como ahora todos eran vegetarianos o veganos, y hacían planes Detox que incluían la ingesta de batidos verdes, la sangre había perdido el sabor. Ya no era como antes. La próxima vez que fuera a Jackson, a por el pedido mensual, pedirá sangre de gente no vegetariana. Estaría contaminada de tabaco y pesticidas en los tomates, pero al menos tendría sabor. Dejó el vaso allí mismo, ya lo recogería mañana, y se adentró en el pasillo que llevaba al sótano. La mejor noche del año también había perdido la magia. En fin…
Abrió el ataúd, y se amoldó entre los cojines. Qué esponjoso, pensó feliz. Y al poco cayó en un estado de sopor. De repente abrió los ojos, como si una alarma interna lo hubiera despertado. Cogió la tapa del ataúd y la cerró. Quizás debería dormir en una cama, como el resto de vampiros auténticos, pensó, total, todos se están volviendo locos. Cerró los ojos y colocó las manos cruzadas sobre el pecho. Qué desperdicio de energía había sido Halloween ese año. Ahora quedaba un año entero para la siguiente fiesta. Decidió no agobiarse demasiado, tenía toda la eternidad para celebrar Halloween. Y así, se durmió.

Mañana será otra noche, pensó justo antes de caer en un sueño profundo.

¡Os deseo una gran noche de Halloween a todos! A disfrutar mucho de las brujas y los vampiros.







Como no soy una bruja de verdad, no tengo un gato negro, pero para mí, mi Alfie es el gatito más bonito del mundo :) 
Y como veis, está un poco "asustao" con tanta telaraña.