martes, 21 de marzo de 2017

Yo más



Conversaciones absurdas que ocurren en un bar
(Pequeña obra de teatro)

Escenario: Un bar de barrio, repleto de clientes, a pesar de no ser demasiado grande. Es alargado y produce ligeramente el efecto de caverna.
Alan: Joven de 30 años, de aspecto descuidado, vaqueros rasgados por los bajos, camisa holgada de color apagado, y cabello ensortijado.
Carlos: Joven moderno de 32 años, pelo cuidadosamente cortado, camisa ajustada y bambas de marca. Lleva gafas de pasta y huele a perfume de discoteca.
Roberto: Ejecutivo de 35 años. Viste traje y corbata, aunque ahora se ha remangado para sentirme más cómodo.
Pablo: Camarero. Estudiante de psicología que acepta empleos basura para costearse los estudios.
Al alzarse el telón se oyen las conversaciones de los clientes, muy animadas, que se mezclan con el ruido de las jarras de cerveza al tocar las mesas. Alan, Carlos y Roberto están sentados al final del local, en una mesa de cuatro, muy cerca de los dardos.
Alan: Me gusta tanto viajar que si me despidieran gastaría el dinero de la indemnización en un viaje.
Carlos: ¿Uno? No, no. Que el tiempo pasa volando. Yo haría dos ¡Y a lo grande! Playas exóticas, mojitos y palmeras y masajistas de veinte años. Eso sí es vida.
Roberto: Yo me iría un mes entero. Aún no sé dónde, pero haría las maletas así (chasquea los dedos).
Alan: Yo compraría un billete de ida a Los Ángeles, y el de vuelta ya vería… cuando me cansase, lo cual veo difícil.
Carlos: Yo no me cansaría nunca.
Roberto: Yo me llevaría el coche. Así podría desplazarme por donde quisiera. Y como me gusta conducir, no tendría problemas.
Alan: Yo adoro conducir, disfruto realizando trayectos largos.
Carlos: Pues yo podría conducir durante diez horas.
Roberto: ¿Diez? Yo he llegado a conducir durante quince horas sin descansar.
Alan: (moviendo su vaso vacío) ¿Queréis otra birra?
Carlos: Sí, llamemos al camarero.
Roberto levanta la mano, y cuando la sacude Pablo se acerca.
Pablo: ¿Tres más?
Roberto: Sí, trae otras tres.
Pablo se marcha.
Alan: Yo aguanto tan bien el alcohol que todo el mundo se sorprende. Podría beberme cuatro cubatas y mantenerme igual de sereno.
Carlos: ¿Cuatro? ¡Eso no es nada! Yo podría beber ocho. Más de una vez lo he hecho.
Roberto: Menudos niñatos estáis hechos. Mi récord no sé ni dónde está. Soy como una esponja.
Alan: Sí, pero hoy no nos podemos pasar ehh, que mañana tenemos que currar.
Carlos: Y no porque me apetezca. Mi jefe es un ogro. Siempre está de mal humor.
Roberto: Mientras no te grite… como hace el mío. Eso sí que es ser un ogro.
Alan: Pues el mío es un amargado y lo paga con todos sus empleados, y más de uno ha llegado a llorar.
Carlos: Así, no me extraña que me cueste tanto levantarme por las mañanas. Hay días que pasa media hora desde que abro los ojos hasta que me levanto de la cama.
Roberto: Pues yo tengo que ponerme el despertador tres veces porque si no, no me entero.
Alan: Pues a mí me cuesta tanto levantarme por las mañanas que algunos días he llegado tarde a trabajar.
Carlos: ¿Dónde se ha metido el camarero?
Roberto: ¿Alguien recuerda cómo se llamaba?
Alan: No, yo tengo muy mala memoria.
Carlos: Yo sí que tengo mala memoria, que veo una cara y cinco minutos después se me ha olvidado.
Roberto: Yo tengo tan mala memoria que más de un día me he dejado el fuego de la cocina encendido.
Alan: ¡Pues para recordar su nombre estamos! Yo no tengo ni memoria histórica.
Carlos: ¿Pues sabes cómo puedes aprender historia? Yendo a museos.
Roberto: Uf, no tengo tiempo para museos.
Alan: Yo tampoco.
Carlos: Yendo de viaje, podríamos entrar en alguno.
Roberto: ¿Y cuándo vamos a viajar? Porque yo más de una semana no quiero marcharme, y no creo que dé tiempo a todo.
Alan: ¿Una semana? Yo creo que una semana es mucho tiempo. Yo prefiero cinco días como mucho.
Roberto: O un fin de semana.
Alan: Si me llevara el coche tendría mayor flexibilidad.

Roberto: ¿El coche en vacaciones? Yo me agobiaría…

domingo, 19 de marzo de 2017

La luz entre los océanos


DATOS DEL LIBRO

Título:La luz entre los océanos
Editorial: Ediciones Salamandra, S.A.
Autor: M.L. Stedman
Nº de páginas: 379
Género: Narrativa
ISBN:  978-84-9838-774-2

Sinopsis.

Una mañana de abril de 1926, un bote encalla en la costa rocosa de una remota isla australiana. En su interior yacen un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. A su encuentro salen Tom Sherbourne, el farero, y su joven esposa, Isabel. Se han instalado en la isla para dejar atrás los horrores de la Primera Guerra Mundial, y lo único que ensombrece su felicidad es la incapacidad de tener hijos. Ante la impresión que les causa un ser tan frágil e indefenso, Tom e Isabel deciden seguir el dictado de sus corazones y adoptar a la criatura, sin notificar el hallazgo a las autoridades.
Un par de años después, cuando llega a su conocimiento que la madre de la niña está viva y mantiene la esperanza de encontrar a su hija, las tensiones se desatan en la pareja. Isabel ya no concibe la vida sin la pequeña Lucy, pero la decisión que han de tomar y el sufrimiento de la madre biológica harán que los hechos se precipiten en una cadena de consecuencias imprevisibles.





Opinión personal.

Me gustan las historia psicológicas, con grandes descripciones de emociones humanas, aunque quizás esta novela ha sobrepasado los límites. A pesar de que me ha gustado muchísimo, he acabado un poco agotada, todo hay que decirlo. Si tuviera que describirla con una palabra, sería “desesperación”. Porque es una novela de que habla de la desesperación humana. El tema central es uno de los más básicos de la humanidad: el amor de una madre hacia su hijo, y el dolor que le causa perderlo. Dicen que lo peor que te puede pasar en esta vida es perder a un hijo, y en esta novela ese dolor que desgarra se puede percibir en lo más profundo de los personajes.
La historia empieza cuando un matrimonio joven que vive en el faro de una isla Australiana (él es farero), encuentra un bote en la costa. En el interior hay un hombre muerto y un bebé. La pareja, después de varios intentos frustrados de convertirse en padres, ve la oportunidad de cumplir sus deseos al quedarse con la niña. Mejor dicho, ella insiste a su marido en hacerlo, de una forma tan obcecada, que aunque él no está convencido, accede sólo por hacer feliz a su esposa.
Me ha sorprendido mucho la combinación de capítulos emotivos y dulces con otros donde la desesperación queda tan patente. Creo que nunca he leído una novela más emocionalmente intensa que ésta, o al menos no recuerdo haber sentido antes una gran impotencia con un libro.
La historia entre los dos protagonistas, Tom e Isabel, me ha parecido envidiable, en el sentido que se refleja esa afinidad y compromiso de una pareja que se ama. Es un matrimonio basado en el respeto y la amistad. He encontrado un amor real. Hay capítulos, al principio de la novela, donde se narra cómo y cuándo se conocen, y cómo surge un amor muy sano entre una joven todavía ingenua y un ex soldado afectado por la guerra.


Después, la tristeza de ella al sufrir los abortos me ha parecido muy emotiva.
El torbellino de emociones llega cuando la madre de la niña se entera de que su hija está viva, y como es lógico, exige recuperarla. Esto ocurre más o menos a mitad de la novela, y ocasiona que todos los personajes entren en un bucle de sentimientos angustiosos. La madre biológica sufre por tratar de conseguir que su hija se habitúe a ella (han pasado cuatro años desde que llegó en bote al faro, la niña era un bebé, así que podría decirse que su madre biológica es una desconocida). Isabel, la mujer del farero, cae en una depresión destructiva, ya que ha criado a la niña como si fuera suya y al quitársela siente que ha perdido una hija propia. Y Tom, se debate entre el amor familiar y la culpa que le genera haber robado un hijo a su madre.
A pesar de los altibajos de Tom, el personaje más complejo me lo ha parecido Isabel. En el primer capítulo se muestra a una joven derrotada por el fracaso materno. En los siguientes, (en forma de flashback) una adolescente dulce dispuesta a convertirse en la esposa de un farero por devoción a un hombre al que admira. Pero en los últimos, la desesperación por recuperar a una niña que en realidad no es suya, la lleva al límite de la locura.
Resumiendo, me ha gustado bastante esta novela, la recomiendo totalmente, aunque no es ni ágil ni un cuento de hadas. Es cierto que me ha provocado ese sentimiento de impotencia por la actitud injusta de algunos personajes. Sin embargo, tampoco se les puede juzgar, porque en todo momento actúan incitados por la desesperación.

Es una historia tan turbulenta que hasta yo tengo sentimientos encontrados acerca de los personajes. Quizás por eso es buena novela, porque consigue transmitir de forma correcta los sentimientos más íntimos y frustrados de las personas cuando llegan al límite de su aguante.

martes, 14 de marzo de 2017

Adictos para siempre

Pocas sensaciones calaban en Rachel como la de graduarse siendo la primera de su promoción. Acabó la carrera con una media sobresaliente, pero eso ya se lo imaginaba ella, porque su esfuerzo había sido sobrehumano desde el primer semestre.
Aquel verano Mike, su novio de toda la vida, le propuso hacer un viaje. Quizás podrían ir a España, alquilar un coche y visitar los pueblos costeros del mediterráneo. Tal vez podrían llegar a Francia. Decían que la Costa Azul era de lo más maravilloso que existía. Al principio Rachel se ilusionó como una niña. Sí, sí. La playa mediterránea es una buena idea. Sangría y sol, y noches interminables. Pero pasados unos días esa ilusión se fue desvaneciendo en secreto, como las velas olvidadas en una esquina. Sería mejor empezar una prácticas, iniciar una experiencia laboral que la dotase de prestigio siendo todavía joven. Cuando sus amigos graduados se iniciasen en el mercado laboral ella ya tendría parte de su camino hecho. Y eso era una ventaja enorme. Así que habló con Mike. Prefiero empezar a trabajar, ahorrar dinero, así podremos vivir juntos, y el año que viene hacer un viaje mejor. Ya sé, iremos a Disney World, y me haré una foto con Rapunzel.
De acuerdo, dijo Mike. Y aunque Rachel tenía más de veinte años y un carácter disciplinado, le gustaba su afán Disney. Un poco de ingenuidad en su carácter estricto no iba mal. Al fin y al cabo, se parecía un poco a Rapunzel. Mike la observó como quien sopesa un plato de comida precocinada en el súper. Rachel tenía una bonita melena rubia, muy bien cuidada, era menuda y agraciada, y solía vestir con tonos violeta. Era una chica de color pastel. Podría aparecer en la portada de esas novelas románticas para adolescentes. No las de vampiros, las otras sobre amores juveniles.
En fin, Rachel se tomó en serio sus prácticas. En la oficina la valoraron como la ejecutiva agresiva que sería. No os dejéis engañar por su edad joven y su aspecto virginal, empezaron a comentar sus compañeros, es una experta financiera con mucho carácter.
Aunque el sueldo de Rachel no era gran cosa (los becarios no pueden presumir de sueldo), pudo irse a vivir con Mike, ya que él sí tenía un trabajo estable desde hacía tiempo. No era un piso muy grande, ni la idea que Rachel poseía sobre un nido de amor, pero era céntrico y barato.
El año pasó rápido, como las páginas de una novela mal escrita, y con la llegada del verano Mike empezó a planear de nuevo las vacaciones. Quizás no cobramos tanto para ir a Disney World, comentó a Rachel.
No importa, dijo ella, soy becaria, así que tampoco tengo días de vacaciones.
A principios de otoño Rachel se sintió segura para dar el gran salto, así que decidió abandonar su contrato basura y buscar otro con un sueldo decente. Estudió el mercado, las empresas, la solvencia y la reputación de las compañías, y su lucha acérrima le permitió incorporarse en la mejor multinacional. O al menos, la que ella consideraba la mejor. Las oficinas estaban situadas en el centro de la ciudad, en el interior de uno de los edificios más altos. Era una torre acristalada que se elevaba vertical y que en los días de lluvia parecía tocar las nubes grises, sucias, como algodón usado.
El sector financiero era lo que se decía del mundo, un pañuelo, y había oído cosas horribles de Herta Hamilton, la ejecutiva que sería su jefa. Pero Rachel no era mujer alarmista, sólo debía cumplir con sus obligaciones y la cosa iría sobre ruedas. Sería la mejor trabajadora, y así tendría un sueldo más que desahogado, y con eso, se compraría un piso bonito, envidiable, y viajaría a Disney World el siguiente año. Se haría una foto con Rapunzel.
El primer día de trabajo conoció a Emily, una chica a punto de formar una familia que le informó sobre el ambiente asfixiante que se respiraba en las oficinas. Herta era una tirana en toda regla. Ante las quejas de Emily, Rachel pensó: eres un cáncer para la empresa, una negativa, no sabes cumplir con tus obligaciones. Así que mientras Rachel lanzaba dardos imaginarios a Emiliy, ésta halagaba su larga melena rubia, que ya le llegaba casi por la cintura.
A los pocos días Rachel conoció a la famosa Herta Hamilton. La había seguido de cerca en Twitter, en Instagram y, cómo no, en la prensa. Pero una cosa era la imagen plasmada en el papel, y otra muy diferente la real. Herta también era rubia, pero diferente a ella. Su jefa era un cuerpo creado a base de bisturí y sesiones de rayos uva. Apareció en la oficina con gafas de sol y joyas enormes, taconeando por los pasillos como una estrella de Hollywood que huye de la prensa. Rachel quedó impresionada. Quizás se parecía más a una participante de Famosas de Bervely Hills. Rachel dedicó un momento a buscar los detalles que se le habían escapado cuando la seguía en las redes sociales. Herta hablaba de una manera peculiar, era como si estuviera borracha. Enseguida desechó la idea. Era Herta Hamilton, la mujer poderosa. Tardó tres horas en descubrir que no era embriaguez sino botox lo que la hacía perder el tono.
Rachel se comparó con ella. El suyo, era un aspecto virginal. Su melena proyectaba una ingenuidad que detestaba. Quizás debería erradicar su vestuario lila y rosa. Tenía veinticuatro años, por favor, era hora de acabar con esa imagen aniñada. Decidió que esa misma tarde iría a la peluquería, y en cuanto cobrase la primera nómina haría un cambio de armario. Adiós colores pastel, vestiría como una mujer.
Sin embargo, no pudo hacer ni una cosa ni la otra. La bombardearon a trabajo. Informes, reuniones, presentaciones...curvas cash flow, bonos a diez años, acciones, Leasing, Forward, depósitos, deuda vencida, deuda relacionada, deuda impagada, más deudas, más bonos. A principio, la sobrecarga de información la dejó como Alicia después de ver la sonrisa del Gato de Cheshire, alucinada y confusa. Pero no era de las que perdían el norte con facilidad, así que pronto se recuperó. Se forjó una imagen de una Herta joven y con ambiciones. Seguro que empezó como ella, desde lo más bajo. ¿Se habría quejado? Pues claro que no. Y pensando en Herta, se dio cuenta de que la admiraba en algunos aspectos, pero otros...ñññeeee. Esa imagen de diva alto estanding no era seria ni formal. Y tomó una decisión, se convertiría en una versión de Herta Hamilton mejorada. Una Herta Hamilton 2.0. O algo por el estilo.


Las horas extras llegaron como un acuerdo tácito. Se las imponían como parte de su responsabilidad, pero ella tampoco se quejaba. Era la primera en llegar a la oficina y la última en marcharse a casa. Los fines de semana enviaba y respondía mails, y los domingos avanzaba presentaciones. Todos los jefes estaban encantados con su proactividad y su esfuerzo. Sin embargo, Mike no opinaba lo mismo. Las broncas se volvieron cotidianas, y la distancia entre ellos crecía como el moho en la madera húmeda. La relación acabó con un portazo de Mike en el pisito céntrico, y sus cosas vendidas en internet. Pero Rachel no podía evitar un cierto descanso. Mejor así, sin Mike podría dedicar todo su tiempo a lo que realmente era importante. Ya encontraría otro mejor con quien ir Disney World y que le hiciera una foto con Rapunzel.
Rachel se enfrascó en su trabajo. No tenía tiempo para las relaciones sociales ni tampoco pretendía dedicar mucho esfuerzo a nada que no fuera prosperar en su empresa. Herta Hamilton reconocía sus aportaciones, y delegaba en ella más trabajo del que resultaba normal. Se reunían en el despacho y con esa voz quebrada por la inexpresión de las inyecciones, le mandaba una lista de tareas casi inhumana.
Un día Rachel conoció a Patrick. Era el responsable financiero de la sede alemana. Y por cierto, muy atractivo. Había venido por motivo de una conferencia. Ambos congeniaron, descubrieron una afinidad divertida y cenaron juntos. El segundo día también cenaron juntos, y además acabaron en la cama. A partir de ahí, la relación se volvió más estrecha. Un ligue de una semana, pensó Rachel, nadie tiene por qué enterarse.
Y efectivamente nadie se enteró del affair de los dos trabajadores. Eran expertos en discreción. Patrick tenía todo lo que Rachel admiraba en un hombre: posición, respeto, una carrera que había tocado las estrellas. Pero estaba casado. Una noche, entre las sábanas de colores que Rachel había comprado con Mike años atrás, Patrick le dijo: ¿Para qué quieres is a Disney World? Ya eres Rapunzel. Tienes el pelo tan largo que da miedo, y tu jefa te tiene encerrada en la torre.
Y Rachel se detuvo a pensar. Un poco molesta, llegó a una conclusión muy simple. Herta no la retenía, ella permanecía por propia voluntad.
Aprovechó una mañana tranquila para cortarse las puntas. Eligió la peluquería más cercana de su trabajo. La peluquera, al ver aquella melena destrozada, se alarmó. ¿Cuánto hace que no pisas una peluquería? Y Rachel, un poco avergonzada admitió: Tres años, quizás más, es que no he tenido tiempo. A lo que peluquera replicó: ¿En tres años no has tenido tiempo?
La peluquera intentó salvar lo que pudo de la larga melena, pero el estado era crítico. Cortó el pelo por encima de los hombros. Al principio Rachel sintió pánico pero pronto descubrió la comodidad. Mejor así, no tendría que preocuparse por banalidades.
Y un día ocurrió lo que la gente cuchicheaba. Herta Hamilton tuvo una crisis de ansiedad tan grande que acabó ingresada en una clínica de...de algo que nadie sabía muy bien. Y Rachel participó en los comentarios que se propagaban por la oficina. Pobre Herta, pobre, sí sí. Tan joven y sufriendo infartos.
Pero Rachel sólo era ingenua por fuera. Era la única que conocía los detalles de la agenda de Herta. Durante años se había deslomado en convertirse en su mano derecha. Debía aprovechar la situación.
Se las ingenió. Buscó responsables y se hizo dueña de los temas abiertos. Ante tanta proactividad, tardó tres meses en ser nombrada jefa de div¡sión. Le arreglaron un despacho, no tan grande como el de Herta, pero con buenas vistas de la ciudad. A esas alturas su pelo rubio había adquirido una tonalidad grisácea, sin vida. Llenó su armario de trajes negros y formales. Herta Hamilton 2.0. Nada de parecerse a las ricachonas de Bervely Hills.
Una semana después, una chica nueva se incorporó a la oficina. Tenía veintitrés años y acaba de graduarse con notas impecables. Rachel notó cómo la observaba mientras recorría el pasillo con el bolso colgado del brazo y el café descafeinado de máquina con leche de soja y azúcar moreno en la mano. Descubrió la admiración que ella misma había sentido por Herta años atrás. Y entonces fue consciente de lo ingeniosa que había sido para desbancar a Herta. Y al contemplar a la nueva pensó: esta no va a ser como yo, esta no ascenderá, a esta la echaré en un mes. Sólo por prevención.



domingo, 12 de marzo de 2017

El abanico de seda


DATOS DEL LIBRO

Título: El abanico de seda
Editorial: ediciones Altaya
Autor: Lisa See
Nº de páginas: 311
Género: Narrativa
ISBN: 978-84-487-2272-2

Sinopsis.

En una remota provincia de China, las mujeres crearon hace siglos un lenguaje secreto para comunicarse libremente entre sí: el nu shu. Aisladas en sus casas y sometidas a la férrea autoridad masculina, el nu shu era su única vía de escape. Mediante sus mensajes, escritos o bordados en telas, abanicos y otros objetos, daban testimonio de un mundo tan sofisticado como implacable. El año 2002, la autora de esta novela viajó a la provincia de Huan, cuna de esta milenaria escritura fonética, para estudiarla en profundidad. Su prolongada estancia le permitió recoger testimonios de mujeres que la conocían, así como de la última hablante de nu shu, la nonagenaria Yang Huanyi. A partir de aquellas investigaciones, Lisa See concibió esta conmovedora historia sobre la amistad entre dos mujeres, Lirio Blanco y Flor de Nieve.

Como prueba de su buena estrella, la pequeña Lirio Blanco, hija de una humilde familia de campesinos, será hermanada con Flor de Nieve, de muy diferente ascendencia social. En una ceremonia ancestral, ambas se convierten en laotong —«mi otro yo» o «alma gemela»—, un vínculo que perdurará toda la vida. Así pues, a lo largo de los años, Lirio Blanco y Flor de Nieve se comunicarán gracias a ese lenguaje secreto, compartiendo sus más íntimos pensamientos y emociones, y consolándose de las penalidades del matrimonio y la maternidad. El nu shu las mantendrá unidas, hasta que un error de interpretación amenazará con truncar su profunda amistad.

Escrita con la objetividad de un historiador y la pasión de un novelista, El abanico de seda es una ventana a un mundo asombroso, lejano y desconocido, un retrato vivo de la vida de unas mujeres extraordinarias que dejará en el lector, sin duda, una impresión difícil de olvidar.



Opinión personal.

Esta novela cayó en mis manos por casualidad. Me la regaló una de mis amigas más cercanas hace años, cuando aún ambas estábamos en la universidad. Un día se presentó, muy contenta, con la novela en la mano y me dijo: he visto este libro en el quiosco y te lo he comprado, a mí me encantó, y creo que te gustará mucho. Ella siempre ha sido muy aficionada a las historias calificadas como vivencias de mujer, experiencias reales de mujeres luchadoras. Aprovecho para decir que esta semana ha sido madre primeriza de una niña muy grande y muy bonita, lo cual me hace pensar que el tiempo pasa volando.
Sobre la novela: la historia trata de la amistad entre Lirio Blanco y Flor de Nieve a lo largo de sus vidas, y de cómo las dos luchan por encajar en esa sociedad machista donde las mujeres son tratadas como pura mercancía.
Normalmente, sabemos que en otros lugares del mundo el día a día de las personas es completamente diferente al nuestro, igual que conocemos algunas tradiciones tan crueles que nos hacen poner el grito en el cielo. Pero una cosa es estar al tanto de la existencia, y otra muy diferente entrar al detalle. Y digo esto porque hasta que no leí El abanico de seda no fui consciente de la dureza que supone conseguir esos pies pequeñitos en las mujeres chinas. Esta práctica va más allá de la estética, es un peligro para la salud y la vida humana. Ninguna mujer debería arriesgarse a morir por parecer más atractiva sexualmente a un hombre que te trata como una posesión más. Pero no quiero hacer spoilers, así que empezaré mi opinión personal sobre la novela.
Obviamente, me fascinó desde la primera página. Está escrito en primera persona por la protagonista, Lirio Blanco, una mujer de familia humilde que lucha por ascender socialmente pese a que sus cualidades no son las más notables para la sociedad en la que vive. No es la más guapa, ni posee la piel más blanca, ni su familia es la más rica; sin embargo su lucha por posicionarse es sumamente obstinada. Y aquí es cuando entra en juego la parte dulce de la historia. El deseo de Lirio Blanco no está incitado por conseguir el mejor marido, sino por no decepcionar a su amiga Flor de Nieve, su máxima inspiración, ya que a sus ojos, es la imagen idónea de lo que una mujer debería ser. Sin embargo, cuando Flor de Nieve cae en desgracia, los sentimientos humanos surgen y, como en esta vida la decepción es proporcional a la admiración, los mitos caen de manera dolora y la empatía brilla por su ausencia.


La novela me resulta dulce y desgarradora a la vez. Parece imposible combinar estas dos cualidades, pero es la sensación que obtuve al leerlo. Con esto no quiero decir que el libro llegue a un extremo desagradable, porque a veces me he encontrado historias que se recrean en la fatalidad de una forma demasiado explícita. No es el caso, aunque sí expone un mundo cruel para la mujer.
La relación entre las dos amigas es emotiva, provoca sentimientos de inocencia y de pureza. Pero después, algunas vivencias me impactaron. Ya he hablado del proceso de transformación de los pies, lo cual me parece inhumano. Ninguna persona, hombre o mujer debería estar sometido a una tortura como esa. Y este sólo es un ejemplo. En esa época las mujeres luchaban por ser “la esposa”, sabiendo que el marido tendría sus concubinas. Y lo aceptaban, sin rechistar, sin plantearse que ellas también eran personas con sentimientos. Lo importante era ser la esposa oficial y no la segunda preferida.
En resumen, me gustó la novela porque me pareció un caso real que vemos lejos y que nos parece casi un mito. Sin embargo, existieron muchas Lirio Blanco y Flor de Nieve, mujeres que sufrieron una sociedad machista y cruel.

Lo recomiendo a aquellas personas que deseen adentrarse en las vivencias de mujeres, que han sido luchadoras y no han tenido los beneficios de una vida fácil.

lunes, 6 de marzo de 2017

Zapatos de charol


La hija de los Santana toca el piano de una forma tan espontánea que parece que haya recibido clases durante toda la vida. En realidad, sólo hace seis meses que va al conservatorio, y sus padres, Miguel y Marina, le han regalado un piano que han instalado en el centro del salón para que la niña pueda practicar siempre que lo necesite. Antes, mientras cenábamos, he examinado el piano; es ancho, de un marrón reluciente, refinado, más adecuado para un adulto que para una niña como la hija de los Santana. Ahora Sofía, así se llama la niña, reproduce la sinfonía número 21 de Mozart frente a ocho personas. Se la ha aprendido de memoria, y no puedo decir que lo haga mal, sus seguridades no flaquean, sus gestos refinados y precisos transmiten gran confianza en sí misma. Posiciona los dedos delicadamente, a veces parecen flotar, y acaricia las teclas blancas como si fueran algo quebradizo, las presiona con elegancia mientras se pone seria, casi enfurruñada, porque, a su juicio, así la concentración se incrementa y la evita de recibir descuidos perjudiciales. Pero a mí, esta exagerada dedicación me hace sufrir, pienso que quizás centraliza tanto los sentidos que llegará un punto en que enloquecerá y no volverá al mundo real.
En cambio, a sus padres eso les parece natural porque, según dicen, tiene una aptitud innata, con un talante clásico y a la vez moderno que la hace excepcional. Sofía sólo tiene trece años, pero el cuerpo crecido y la ropa que ha elegido la hacen aparentar más edad de la que en realidad tiene. Cuando concluye la sinfonía se levanta de la butaca, los zapatos de charol hacen clic clic, y mueve la cabeza realizando una reverencia como si se encontrara en un concierto real. Pero en su casa sólo nos encontramos dos familias, que, para hacerla feliz, aplaudimos con entusiasmo. Sí, yo también aplaudo, aunque la circunstancia me parece irrazonable.
Los Santana son amigos de Carlos desde hace años, y a mi madre le caen bien. A mí, en cambio, me dejan fría. Me parecen los perfectos burgueses, clasistas, con un expediente familiar impecable cargado de empresarios, hombres de negocio, de emprendedores, de mujeres refinadas y exquisitas con una desmesurada intuición de protocolo, en fin, una familia homogénea donde todos corren en la misma dirección. Pero resulta evidente que Carlos admira todos esos atributos. Miguel es su arquetipo de la perfección, lo sé por cómo lo mira. Y mi madre, ya conocía la ambición de Carlos cuando se casó con él.

Evidentemente, los Santana tienen un piso encantador. Es un ático espacioso, con excelentes vistas a la Diagonal. A mi madre le gustan los muebles italianos y el chaise longe de 10.000 euros. Sin embargo, a mí el piso me parece gélido, como si allí no viviera nadie. De hecho, mis hermanos no se atreven a moverse, como si les preocupa estorbar. Los niños no han dejado de mirar la hija de los Santana, sentada frente de mí, con el vestidito azul cielo y el pelo recogido en una cola larga bien peinada. De pronto Carlos elogia a la niña, felicita su capacidad para la música y la carita de santa que tiene, y enseguida Miguel opina que los gemelos son muy vivarachos para la edad que tienen. Pienso que el trueque de halagos suena un poco irrisorio, y no es porque a mí Miguel ni siquiera me mire, sino porque me parece falso y basta. Es normal que Miguel experimente más respeto por los gemelos que para mí, todo el mundo sabe que Carlos no es mi padre, que soy fruto de un resbalón que Alicia, mi madre, tuvo cuando aún era adolescente. Los gemelos, en cambio, son la viva imagen de él, sólo tienen siete años, pero ya empiezan a planear fechorías. Se llaman Alejandro y Marc.

domingo, 5 de marzo de 2017

Todas las chicas besan con los ojos cerrados




DATOS DEL LIBRO

Título: Todas las chicas besan con los ojos cerrados
Editorial: LITERATURA RANDOM HOUSE
Autor: Enric Pardo
Nº de páginas: 256
Género: Narrativa
ISBN:  9788439726371

Sinopsis.

"Una novela que me atrapó, no pude dejar de leerla y conservo de ella un muy agradable recuerdo en el corazón."BERTO ROMERO¿Qué tiene TODAS LAS CHICAS BESAN CON LOS OJOS CERRADOS que conquista a quien la lee? Cuando Álex conoce a Natalia su vida da un giro radical. No es que Álex crea demasiado en parejas ideales y medias naranjas, pero está harto de rollos esporádicos, ahora lo que de verdad necesita es encontrar a una chica All-Star; enamorarse, enamorarla, llenar con ella un piso de muebles Ikea, sentar cabeza pero ¿será tan sencillo?  Porque Álex recordará que el mundo está lleno de otras chicas, y se sentirá viejo, y tal vez caiga rendido ante los encantos de otras chicas, o tal vez lo envíe todo al garete y viaje hasta Tokio hecho un lío... Esta es una historia de amor y desamor y también un retrato generacional: sus deseos y contradicciones, su manías, infancias, dudas, facebooks, gadgets, pisos compartidos, trabajos precarios, y los límites entre la juventud y la edad adulta. Álex no lo sabe pero tal vez averigüe algo sobre el amor:Lo fácil: la búsqueda.Lo difícil: salir vencedores tras encontrarlo. 



Opinión personal.

No sabría decir si esta novela es una historia de amor o de desamor, pero lo que sí puedo afirmar es que tardé un día y medio en terminarla. La veracidad de los personajes y las situaciones a las que se enfrentan me parecieron imposibles de abandonar. Y me enganché a la vida de Álex y Natalia. Cada capítulo reflejaba una parte muy real de la juventud española de hoy en día, o al menos, de ese sector treintañero que subsiste en Barcelona mediante trabajos esporádicos y con una mentalidad muy diferente a la de sus padres. Quizás porque yo también soy treintañera, porque también sé lo que es esa Barcelona nocturna y los ligues de bares con muchas cervezas de por medio. Porque también he sufrido trabajos basura a pesar de mi título universitario, y sobre todo, porque soy de la generación de “usar y tirar”, ropa de una temporada, muebles baratos de Ikea y relaciones independientes llenas de altibajos. Es evidente que nuestros padres vivieron de otra manera, todo era más estable en su época, el amor eterno para ellos (o al menos para la mayoría) tenía un significado. Sus zapatos eran más caros, pero les duraban años, no tenían esas necesidad de consumismo rápido.
En resumen, me ha parecido una gran novela, con unos personajes que puedes encontrar por las calles de Barcelona en cualquier momento. Y sobre todo, me he sentido identificada, quizás no con los personajes, pero sí con la generación que describe. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Detalles pequeños, detalles para ser felices



Me desperté con el silbido del viento. No es que fuera intesto ni agresivo, de esos que amenazan con desfigurar árboles y levantar toldos, sino que más bien resultaba un siseo impertinente. Me incorporé, un tanto desubicada. Mi gata atigrada se limitó a permanecer en su sitio, como si a ella que el viento soplara más o menos fuerte le resultase indiferente. Ojalá pudiera yo dormir con esa facilidad. Debía de ser temprano porque la luz que se filtraba por la ventana era tenue y fina, sin fuerza. Entonces, oí el tendedero que golpeaba rítmicamente contra los barrotes del balcón. Producía un sonido metálico que me incomodaba y de inmediato, imaginé toda mi ropa volando. Así que, tratando de anteponerme al drama que esto ocasionaría, me levanté rápidamente, abrí la puerta de mi habitación y crucé el pasillo.
 Cuando subí las persianas un día sombrío cubría las calles. En la acera había hojas de árboles concentradas en forma de remolino y las ramas se movían con un nerviosismo contagioso. Parecía que de un momento a otro fueran a romperse.
Pensé que el frío había llegado sin avisar, de repente. Yo siempre he sido de verano, de playa, de sandalias y sangrías en chiringuitos, pero el invierno también tiene sus cosas buenas. Series, sofá, manta, calcetines bonitos.
Me obligué a mí misma a bajar de la nube en la que viajaba. Parecía Heidi contemplando al abuelito desde lo alto. No había mirado el reloj, de modo que no sabía cuántas horas me quedaban de sueño. 
Entonces recordé algo que me hizo exageradamente feliz: era sábado.