
Entre los pocos propósitos que me hago cada año, está el de leer más autoras racializadas. Mi interés no es otro que conocer realidades ajenas y realizar un acercamiento social y cultural profundo.
En Confesiones,
Kanae Minato radiografía de forma áspera la cultura japonesa contemporánea. El
concepto del honor, la presión social y la exigencia de sacrificio atraviesan
la novela de una forma tan sutil que apenas lo advertimos. Pero ahí está. Resulta
especialmente revelador cómo se juzga a la protagonista, que es profesora, y se
la acusa de ser mala docente por querer más a su hija que a sus alumnos. Este
reproche ostenta una lógica social en la que el individuo queda supeditado al
rol que debe cumplir. Y es que la novela, un thriller psicológico bastante
perturbador, explora la moralidad, la culpa, la venganza y la maternidad.
Lo
que la hace diferente a otros thrillers es que en todo momento sabemos
quiénes son los asesinos. La historia arranca cuando una profesora entra al
aula de la que es tutora. Hace solo unos días, su hija de cuatro años murió en
ese mismo instituto. Era uno de esos días en que decidió llevarla con ella, y
la niña cayó a la piscina y se ahogó. Pero entonces, la profesora rompe el
silencio: dice que no fue un accidente, que fue un asesinato. Y que los
culpables están allí, entre ellos. Que sabe quiénes son.
El interés de la historia ya no
reside en descubrir la identidad del culpable, sino en comprender el entramado
emocional, social y cultural que ha desencadenado el crimen. El suspense de
Confesiones es psicológico y también ético, ya que emerge cuando cada personaje
(asesino o no) se justifica, se excusa o se hunde bajo el peso de sus propias
decisiones.
La estructura de la novela es
puramente fragmentada, con capítulos narrados desde distintos puntos de vista,
lo cual resulta un acierto porque la autora consigue un efecto que es
prácticamente un descenso emocional de todos ellos. Así, cada voz aporta una
versión parcial de los hechos, revelando no solo información nueva, sino también
las grietas morales de quien habla. La verdad se vuelve inestable, queda moldeada
por el resentimiento, la culpa y especialmente la necesidad de reconocimiento. De
esto último, habla mucho la novela. Esta multiplicidad de perspectivas permite
a Minato explorar con las dinámicas de poder en el aula, las jerarquías
invisibles en los institutos y la violencia latente en las relaciones entre
adolescentes.
Uno de los ejes más potentes de
la novela es la relación entre madres e hijos. Diría que es lo que impulsa cada
capítulo. Primero la desesperación de una madre que ha perdido a su hija, la
cual atraviesa todo el relato. Pero también se contrapone a otras formas de
maternidad: madres ausentes, dominantes o emocionalmente ciegas ante la
crueldad de sus hijos. La novela cuestiona hasta qué punto el amor materno
puede coexistir con la responsabilidad moral y cómo la culpa se hereda y se
transforma dentro del núcleo familiar.
Por último, el retrato de la
adolescencia es sumamente inquietante. Minato presenta a jóvenes marcados por
la presión de cumplir expectativas parentales. No es ningún secreto que desde
occidente vemos a Japón como un país reprimido y exageradamente preocupado por
temas como el honor y la perfección. El deseo de destacar y una alarmante desconexión
emocional conduce a la adolescencia a un terreno cruel cuando falla el
acompañamiento del adulto, ya sea en forma de abandono o superprotección.
Sabemos que los extremos nunca son buenos, así que ¿por qué iban a serlo en la
crianza? De todas formas, la autora evita una lectura simplista: los
adolescentes no son monstruos aislados, más bien resultan el producto de un
sistema educativo rígido, de familias que proyectan frustraciones y de una
sociedad que prioriza la apariencia y honor sobre la empatía.
El estilo de Minato es sobrio,
pero es la frialdad del tono que refuerza el impacto de lo narrado y convierte
cada confesión en violencia y asfixia.
Me ha gustado leer Confesiones. He tenido el
acercamiento social y cultural que quería, aunque la novela hable de conflictos
universales. Es lo bueno que tiene la literatura.
