martes, 18 de abril de 2017

La cueva del lago (parte 2)

-¿Quién eres, y qué haces aquí?
Al volverse, El Soldado encontró a una mujer adulta agazapada en lo alto de las rocas, donde ocultaba gran parte de su cuerpo. La sombra que la envolvía no permitía obtener una visión clara, pero sí forjarse una idea aproximada. El pelo blanco se le abría en dos mitades en la raíz, y le caía hasta la cintura como un amasijo de hierba áspera. A Flavio, El Soldado, le pareció demasiado joven para lucir aquel cabello tan blanco. ¿Eran todas la hechiceras del mundo como ella?
-Quiero verte mejor-ordenó Flavio.
La mujer se irguió, colocó un pie descalzo sobre las rocas y se abrió paso entre las sombras. Serpenteó hasta llegar al suelo, aunque entonces tampoco se mostró en su totalidad. Lo que sí consiguió Flavio fue distinguir un vestido blanco que caía espeso y tenía los bajos raídos. Algo en ella le produjo un escalofrío. Quizás era el hecho de cada vez se le acercaba más y más. En un acto reflejo, dirigió su mano a la espada.
-No puedes matarme-se apresuró a decir ella.
El Soldado se detuvo. El instinto le pudo. La mujer avanzo, en silencio, y cuando por fin se dejó ver Flavio encontró a una joven de aspecto indefenso. No había nada de siniestro en ella.
-Has venido porque algo no te deja dormir.
-Es cierto. Empezamos bien. Aunque he de decirte que no creo demasiado en estas cosas.
-¿Estas cosas?
-Sí, exacto, estas cosas.
-Sin embargo aquí estás, con tus dudas y con tus miedos.
Flavio echó un vistazo a la cueva. Si él viviera en un lugar tan húmedo acabaría enfermo.
-No es verdad. No tengo miedo, sólo curiosidad. ¿Te han mandado los Dioses?
-Depende de a qué Dioses te refieras.
-La esclava gala no fue clara.
-La esclava gala ha perdido, quiso saber y escuchó lo que quiso oír.
-No sé bien qué quieres decir, pero no tengo tiempo que perder. Si alguien advierte mi ausencia el campa
La mujer volvió a esconderse entre las rocas, de manera que Flavio sólo podía ver la mano, blanca. Su voz se convirtió en un eco.
-¿A qué has venido, si no tienes miedo?
-Porque tengo aspiraciones. Quiero que personas importante conozcan mi nombre.
-Yo no cumplo deseos- dijo mostrando su rostro de nuevo.
Flavio comenzaba a aturdirse de tanto movimiento, intuyó que con las hechiceras se debía practicar la paciencia.
-Entonces ¿qué haces?
-Veo.
-De acuerdo, con eso me basta. Dime, ¿qué ves?
-Un rey sin corona.
Flavio soltó un bufido.
-¿Qué estupidez es esa? Roma no tiene reyes desde…
-Los reyes están en todas partes.
Tomó aire, y se frotó la nariz. Algo empezaba a hervirle dentro, quizás la impaciencia, quizás un latigazo de tensión. Y cuando ya se había acostumbrado a la mujer de blanco una presencia lo alarmó.
-La esclava gala no debió enviarte.
Aparecieron dos mujeres más. Una vestida de negro y otra de rojo. Al igual que la de mujer de blanco, el vestido y el color de cabello eran idénticos. La mujer de negro era morena, la de rojo, pelirroja.
-La esclava gala no me ha enviado – movió la cabeza, alternativamente-. ¿Quiénes sois?
Las tres mujeres se agruparon a unos pasos de distancia, donde la luz que se filtraba por la abertura las bañaba y descubría todos su cuerpo.
-Yo soy tu pasado- dijo la de rojo.
-Yo soy tu presente-añadió la de negro.
-Yo soy tu futuro-acabó la de blanco.
Flavio guardó silencio unos segundos, mientras las contemplaba, sin entender. Trató de buscar las palabras idóneas, pero no lo consiguió. Se había bloqueado. ¿Estaba soñando? Las tres mujeres eran idénticas en rostro y complexión. Lo único que las diferenciaba era el color del pelo y de los vestidos. Eran bellas, pero estaba tan aturdido que en ese instante no podía pensar en mujeres ni en su atractivo.
-Puedes hacernos una pregunta a cada una y te responderemos.
-La esclava gala...-comenzó a pronunciar sin saber muy bien qué decir.
-La esclava gala quiso saber si sería la tentación de los hombres-exclamó la mujer de blanco-. Le dije que sí.
Flavio movió la cabeza, en señal de negación.
-Tal como ha acabado, dudo que fuera eso lo que deseaba.
-Ya te he dicho que no cumplo deseos, sólo respondo a lo que quieres saber. La respuesta era sí, pero no cómo ella pensaba.
Flavio tomó aire. El sol empezaba a lucir fuerte, el día debía de ser avanzado. Esperó que los soldados no lo hubiesen echado de menos.
-Está bien- dijo colocando el cuerpo muy recto. Pero parecía que trataba de convencerse a sí mismo-. Tres preguntas.
Se frotó la frente con las manos. Pensó que así no enloquecería.
-¿Murió mi hermano con dignidad?
-Sí- contestó la mujer del pasado.
Se aclaró la garganta antes de seguir.
-¿Preferiría mi padre que hubiera sido yo el que hubiera muerto?
-Sí- contestó la mujer del presente.
Se tapó los ojos con las palmas de las manos. Cuando creyó recomponerse, dijo:
-¿Seré un hombre honorable, como mi hermano?
-Esa pregunta es ambigua, y ambigua será mi respuesta-contestó la mujer del futuro.
-¿Venga ya?-Exclamó Flavio desesperado. - Es una pregunta fácil, sólo hay que responder sí o no.
-Para algunos podrás serlo, pero para otros no. En siete años volverás a Roma, pero antes habrás elegido tu camino. Depende de ti convertirte en una cosa u otra.
-¿Un rey sin corona?
-Un rey sin corona, o un héroe de barro.
-No lo entiendo.
-Un rey sin corona. Harás cosas grandes y bondadosas, pero nadie hablará de ti. Al menos los que tu pretendes que lo hagan. U héroe de barro. Permitirás atrocidades. Pero tu pueblo inmortalizará tu nombre. Tus hijos serán famosos, y los hijos de sus hijos.
La mujeres se dieron a vuelta. Se dirigieron al lago y una a una se fueron introduciendo en el agua cristalina.
-¿Adónde vais? No hemos acabado.
-Nosotras sí.
Los ropajes de fueron desintegrando, la piel quedó expuesta y poco a poco la suavidad dio paso a escamas que se desplazaban por el cuerpo como la lepra de los mendigos.
Flavio reprimió un gesto de repugnancia. Se limitó a contemplar como una a una mutaba a algo que no era ni humano ni animal. Solo un ente escamoso y descolorido.


El sol golpeaba fuerte cuando encontró su caballo en la pradera. El pobre animal se había refugiado bajo la poca sombra que había. Lo desató y caminaron juntos. No pasó mucho rato, cuando el campamento asomó tras la colina.  

lunes, 17 de abril de 2017

Reto con título, de Mia Lozano: 27 lunas



En respuesta al reto con un título de Mia Lozano que ha publicado en su blog http://sweetcoffeelatte.blogspot.com.es/  he escrito un relato con el título: 27 lunas.

Espero que os guste:

El posadero la observó con un deje de incredulidad. Clavó los ojos en ella como si estudiase las verduras del mercado. Y cuando lo hizo, la frente se llenó de surcos sucios.
-mmm...- dijo acariciándose la barba áspera y descuidada.
-Ya se lo he dicho- insistió ella.
Empezaba a perder la paciencia y su voz sonó algo brusca cuando prosiguió:
-Necesito llegar cuanto antes. Así que debo marcharme ya.
-Sí, sí, Praga. Ya lo has dicho. Pero quedarte una noche más no va a retrasarte demasiado. Es tarde, ¿no ves que una joven no puede viajar sola, y menos a estas horas?
Ella dio un paso atrás, tan rápido que se piso el vestido y tropezó. Aunque la madera rancia lo separaba de él, el olor a vino y ese diente solitario la repugnaba.
-Disculpe, pero eso es asunto mío.
-Mira, te recomiendo que dejes tu caballo junto a los míos, mi esposa te dará ropa limpia. Cena algo, distráete y bebe nuestra cerveza artesana.
-Gracias, pero ya he probado su cerveza, ya he comido lo que necesitaba. Ahora debo continuar mi camino. Lo siento, pero me marcho. Si no me dice cuantas monedas le debo me iré sin pagar.
-Pero qué chica más impaciente eres. ¿Sabes lo que tardarás en llegar a Praga?
-No, pero me marcho ya.
-Está lejos. Tan lejos como 27 lunas.
-¿27 Lunas?- su cara adoptó una expresión a medio camino entre la incredulidad y el hastío. Estaba empezando a perder la paciencia.
-Eso, sí. Praga está a 27 lunas.
Tomó aire, para calmarse a sí misma. Desesperada al descubrir que no conseguiría que el viejo entrase en razón, se dio la vuelta y se marchó del antro.
-Ehhh ¿no vas a pagarme? - se escuchó débil la voz del posadero.
Cuando ensillaba el caballo su mirada se desvió, sin pretenderlo, hacia el cielo. Ahí estaba la luna, redonda enorme, amarilla. Una luna, pensó.
Le quedaban 26.




La magia de ser Sofía



DATOS DEL LIBRO

Título: La magia de ser Sofía
Editorial: Penguin Random House
Autor: Elisabet Benavent
Nº de páginas: 524
Género: Romántica
ISBN: 978-84-9129-110-7

Sinopsis.

Sofía tiene tres amores: su gata Holly, los libros y El café de Alejandría.
Sofía trabaja allí como camarera y es feliz.
Sofía no tiene pareja y tampoco la busca, aunque desearía encontrar la magia.
Sofía experimenta un chispazo cuando él cruza por primera vez la puerta.
Él aparece por casualidad guiado por el aroma de las partículas de café...o tal vez por el destino.
Él se llama Héctor y está a punto de descubrir dónde reside la magia.

Opinión personal.

Tenía expectativas muy altas puestas en el esta novela, y durante las primeras 100 páginas pensé que se cumplían, pero después, la historia trascendió un tanto lenta y monótona.
Me gustó la descripción inicial de la protagonista, Sofía, una chica sencilla de veintinueve años, que trabaja como camarera en una cafetería que hay que justo debajo de su casa. A pesar de ser feliz con la vida austera que lleva, arrastra algunos traumas personales: su ex la abandonó por una de sus mejores amigas, y desde entonces siente que no es digna de merecer amor. Parte de este sentimiento viene por una inseguridad física, ya que no cree encajar en los cánones de belleza actuales (tiene sobrepeso). Además, su madre no ayuda a mejorar su autoestima, con sus críticas constantes sobre su escasa ambición al conformarse con ser camarera y su poco atractivo físico (una joya de madre, vamos).
Podría decirse que Sofía tampoco es una persona de muchos amigos. En algún momento de la historia cuenta que sus amigas la dejaron de lado cuando su ex la engañó, se pusieron de parte de su amiga (la amante). Y así, se quedó un poco sola.
Ahora Sofía tiene un par o tres de amigos: Oliver, un chico de su edad que conoce desde el colegio y con quien mantiene una relación de primos, y Mamen, la segunda mujer de su padre. Aparte de estos dos personajes, está Julio, su compañero de piso, aunque no es un personaje demasiado relevante, desde mi punto de vista, su función se basa en rellenar huecos y dejar claro que el sueldo de Sofía no le da para vivir sola.
Por otro lado está Héctor, un chico de treinta cuatro años que ha vuelto de Ginebra después de vivir diez años allí con Lucía, su novia de toda la vida. Se marcharon cuando a ella, lista, exitosa y bellísima, le surgió una oportunidad laboral que no podía dejar escapar. Así que Héctor se marchó un poco siguiendo a su novia, y durante unos años fue prácticamente un mantenido, lo cual no lleva emocionalmente bien. Así que la pareja, admitiendo que Suiza no sienta bien a su relación, ha decidido volver a España, para crear una familia. De momento, Héctor busca trabajo y Lucía volverá en unos meses.
Y entonces, ocurre lo que ocurre. Héctor entra un día en la cafetería donde trabaja Sofía y, tras varias coincidencias, ambos establecen una amistad que obviamente es un deseo de algo más para los dos.


El caso es que el inicio de esa amistad entre Sofía y Héctor me gustó, porque era humana y entretenida. Lo que pasa, es que este tira y afloja se alarga demasiado. Quizás si los protagonistas fueran más aventureros o simplemente activos (salieran de copas, viajasen, tuvieran problemas laborales… cualquier tipo de actividad) no se habría hecho tan pesada la lectura. Pero es que hasta que ese tira y afloja no acaba, hay trescientas páginas de Héctor y Sofía hablando de la filosofía de la vida, escuchando música como adolescentes o escribiéndose notitas de ventana a ventana (sí, además son vecinos).
Me han parecido dos personajes muy pasivos, que no quiero decir planos, porque considero que Elisabet Benavent sabe darle forma muy definida a las personalidades, siempre recrea personajes bastante complejos y situaciones cotidianas creíbles. Lo que quiero decir: supuestamente, la gracia de ambos protagonistas de esta novela reside en que no son ambiciosos, que la sencillez es su gran cualidad, los dos se han conformado con poco en la vida porque no necesitan nada más.
¡¡Pero es que dos protagonistas tienen que acumular un mínimo de aventuras!!
Me he sentido como la la amiga encerrada con ellos en la habitación, aburrida, que sobra, mientras ellos hacían manitas, y en la calle nevaba. Y así durante quinientas páginas.

Lo que más me ha gustado: El ambiente descrito: invierno, nieve, cafetería acogedora, un pisito modesto muy cerca del trabajo, una vida de lo más tranquila. Parecía una imagen de postal.

Lo que menos me ha gustado: La lentitud del desarrollo de la historia. Ese tira y afloja eterno donde no había tensión sexual de ningún tipo.


No puedo acabar la reseña sin hacer referencia a un tema que no me gustado absolutamente nada. Para ello debo hacer un ¡¡Spoiler!! Así que quien no se haya leído la novela y pretenda hacerlo que no siga leyendo.
No me ha gustado nada, nada, nada, Héctor y su egoísmo de persona cobarde. Es obvio que no es feliz en su relación, pero hasta que no aparece otra mujer no es capaz de dejar a la que ya tiene. Esto podría entenderlo (se ha enamorado de otra, estas cosas pasan y no eres consciente de lo infeliz que eres hasta que otra persona te hace abrir los ojos) si no fuera por el desenlace de la primera parte: Héctor deja a Lucía, corre a los brazos de su nueva novia, Sofía. Pero Sofía, como se siente insegura porque Lucía es guapa y exitosa y además parece una buena chica, divertida y con muchos amigos, espía el móvil de Héctor en un ataque de curiosidad y masoquismo. Y por jugar con fuego se quema. Encuentra conversaciones en las que él está destrozado por la culpabilidad, y le dice a Lucía que la echa de menos, aunque la relación ha acabado porque ha conocido a otra. Total, Sofía sufre una especie de locura y le grita a Héctor (todo a causa de un ataque de celos e inseguridad). Y entonces Héctor actúa de una forma muy rara. Concluye que no puede darle a Sofía el amor que necesita y vuelve a Ginebra con Lucía. (No entiendo nada, de verdad). El caso es que aterrizando en Suiza, Héctor se auto compadece de la vida miserable que va a llevar. Y aquí entiendo menos aún. Héctor es un mantenido, que deja a su novia para irse con otra, y cuando esa otra le falla vuelve con la primera aun odiando la vida que lleva...En serio, no entiendo. Si tan mal está Héctor que se busque una vida, un trabajo, nuevos amigos, una tercera novia... ALGO. Pero vuelve con Lucía como quien camina hacia el cadalso. ¿Pero quién te obliga, Héctor?
Al tratarse del último capítulo me ha quedado un sabor de boca bastante agrio.
Ahora tengo pendiente leer la segunda parte. Imagino que Héctor se arrepiente de su decisión, con Lucía no le va bien, y vuelve a buscar a Sofía (muy mal, un 0 para Héctor). Por primera vez, espero que Sofía rehaga su vida con otro personaje, y que Lucía se convierta en la mujer exitosa e independiente que aparenta ser.


sábado, 15 de abril de 2017

La cueva del lago (Parte 1)

Hola a todos! Sé que he escrito un cuento que no va con la tónica de este blog. No es urbano, ni está protagonizado por personajes de nuestra sociedad, pero no por eso se aleja de mi estilo. De hecho, siempre he creído que no tengo género, porque durante un tiempo sólo leía novela histórica (también biografías), e incluso llegué a escribir una novela sobre Pompeya que la editorial Éride me publicó a los 26 añitos. Después, acabé agotada de tato estudio sobre la sociedad romana (yo no soy historiadora) y me dediqué a escribir historias un poco más cotidianas. Esto no sería raro si no fuera muy fan de Blade Runner, 1984, Un mundo feliz, y todos los futuros distópicos o apocalípticos que existen. La primera novela que escribí (que no está publicada) es de ciencia ficción y está ambientada en un futuro no muy lejano, donde el gobierno implanta una serie de androides dentro del cuerpo de policías con el propósito de incrementar la seguridad y el control de la ciudadanía. Esto lo escribí con 20 años. El caso es que he acabado leyendo a Elisabet Benavent y su chicklit un tanto erótico y, a Llucia Ramis y Enric Pardo con sus novelas sobre treintañeros en crisis. Además, me considero una fiel lectora de Murakami, Alice Munro e Isabel Allende. Me apasiona todo, y por eso digo no tengo género. La verdad es que no sé si es bueno o malo. A veces creo que es más perjudicial que beneficioso. Sobre todo a la hora de escribir. Debería definirme.
Pero, de tanto en tanto tengo el gusanillo de la novela histórica, especialmente de esa época romana de togas y sandalias, de soldados de capa roja y el emblema SPQR.
Aquí va la primera parte de mi cuento:

Había una vez un soldado que no lograba conciliar el sueño. Cada noche, sentía que el ambiente se volvía espeso y le oprimía el pecho como una fuerza sobrehumana. Apenas conseguía cerrar los párpados. No hay peor sensación que la de estar cansado y notar que el sueño se escapa.
No era el miedo a morir en la batalla lo que provocaba sus noches largas. La muerte era parte de la vida, un paso más, y en el hipotético caso de que sus días acabaran, su mujer y sus hijos vivirían sin penurias muchos años más. Con las monedas que la legión le había otorgado, su familia sobreviviría hasta que ella volviera a casarse con algún viudo rico, de los que llevaban toga púrpura y se paseaban por el Monte Palatino como si fuera suyo. Un viejo asqueroso y rico, pero rico al fin y al cabo. No, no era el miedo a la muerte lo que le robaba el sueño. Lo que de verdad lo consumía desde dentro era la incertidumbre de alcanzar un éxito que lo catapultase a la fama. No conocer su futuro, haber rezado a los Lares de la Casa sin recibir como respuesta más que una armadura y una espada forjada.
Sabía que dentro de la cohorte comenzaba a ganarse la fama de hombre estricto. Poco divertido, quizás, fiel a sus principios, y un poco tímido. Corrían rumores, porque los hombres cuando lo desean, cotillean como cualquiera que esté en el mercado vendiendo carne y verduras, o como Pomponiana, la carnicera de Roma que tenía sangre de cerdo seca la ropa y se frotaba las manos en la fuente del Aventino. Los criados de la Caledonia hablaban de ella.
Pero El Soldado sabía que tenía mucho que perder, se odiaba a sí mismo cuando su tozudez emergía, como un estado patológico, y él sabía que no era más que pánico al fracaso. Era la desgracia de vivir a la sombra de un hermano muerto en las guerras germanas, que para su padre fuera un héroe, su hijo predilecto, su primogénito, y él, nuestro Soldado, un simple hombre bañado de mediocridad. Al fin y al cabo, ¿no era el honor del nombre lo que todo el mundo quería perseverar? ¿De qué servía ser un Flavio si las guerras no llenaban su cabeza de laurel? ¿Y qué pasaba con su esposa? Si él moría, se casaría con un viudo, sí, quizás de casa Julia, o de la casa Claudia, pero sus hijos serían la deshonra de los Flavio. A menos que su cabeza quedase adornada de laurel antes de su muerte. Y sería el héroe que todos esperaban de él.
Por eso, El Soldado, nuestro Flavio, no podía permitirse un paso en falso. Cada acto debía de ser un acercamiento al éxito.
Los días transcurrían pesados, como quien camina por un rio lleno de fango y los pies se hunden de una forma escabrosa. ¿Dónde y cuándo llegaría su éxito y su gloria?
Y un día un atisbo de esperanza inundó de nuevo su ilusión. Dos soldados se burlaban de la esclava gala que habían adquirido en el saqueo del último pueblo. Una joya como pocas, joven, morena, bonita. Virgen. Pero algo chalada, según los soldados. Desvariaba sobre el lago de la cueva y la suerte, de la maldición, de caerle bien o mal a...¿A quién? ¿A una hechicera? Al principio, El Soldado obvió las burlas, la esclava gala sólo era una pueblerina que creía en sacrificios a los dioses, que eran otros que los suyos. Imaginaba que ante el miedo de la violación, recurría a amenazas de hechiceras. Sin embargo, a medida que los días pasaban las burlas de los soldados aumentaban. Se convirtió en un ritual, los soldados entraban por la noche en la tienda y al salir, comentaban entre risas soeces lo trastornada que estaba la pobrecilla. El Soldado escuchaba las historias. No es que creyera en profecías ni hechiceras, pero al final le pareció que jugar con el destino no podía hacer daño a nadie.
Una noche, cuando la curiosidad venció al juicio, se decidió y entró en la tienda. Era la primera vez que lo hacía y le costó encontrarla entre el grupo de esclavas. De hecho, apenas podía reconocer sus rasgos. Sabía que era guapa, al menos lo era cuando cuando saquearon el pueblo y decidieron llevársela. Ahora, el pasar de mano en mano, por llamarlo de alguna manera, le había provocado una delgadez un tanto enfermiza. No era mejor que las que estaban a su lado. Al menos en apariencia, porque él no había probado a ninguna. El Soldado se arrodilló ante ella, pero no recibió más que aspavientos un tanto retraídos y asustados. No vengo a hacerte daño, no voy a tocarte, le dijo inútilmente. Las demás esclavas se habían recluido en su pequeño espacio, tratando de pasar desapercibidas. Debían de saber que la esclava gala era el plato fuerte. El Soldado se desesperó, su interés se desvanecía gradualmente con cada nueva negativa. Se puso en pie cuando no le quedaron argumentos. ¿Es un bruja? ¿Predice tu futuro? Dijo en un último intento. Pero la joven gala no respondía.


Abandonó la tienda con el peso de frustración sobre los hombros. Pero no desistiría. Debía encontrar a la hechicera, o lo que fuera, debía conocer su futuro. Y aunque no le estaba permitido abandonar el campamento, la situación era desesperada y requería un acto desesperado. ¿No era él conocido por seguir su convicción de una manera estricta e inamovible?
En el silencio de la noche se alejó del campamento, el destino lo ayudaba, la suerte estaba de su lado, porque nadie se despertó. Si lo descubrían huyendo lo asesinarían por insurrecto. Pero él no pensaba huir, sólo encontrar a la bruja del lago de la que hablaba la esclava gala.
Cabalgó unas millas, hasta que el mar se convirtió en una imagen real aunque oscura. Un poco perdido, se bajó del caballo y caminó por la orilla un largo trecho. Las olas golpeaban las sandalias, la sal le escocía en las heridas de batalla y la arena se acumulaba pegajosa en los pies. Caminó, caminó y caminó, hasta que agotado se desvaneció en la arena oscura por una noche oscura.
El sol le tocó en la cara con la fuerza con la que un bárbaro lo golpearía. Se incorporó. El olor a sal le invadía el cuerpo. Sal, y mar, los labios secos por la sed, y gaviotas en algún lugar no muy lejano. Algo perdido, oteó el perímetro y fue entonces cuando advirtió un roca gigante a lo lejos. Era del tamaño de una casa, de un color marrón enfermizo, y en medio de tanta rugosidad, una apertura la dividía en dos mitades.
Los ánimos prevalecieron sobre su cansancio. Llevaba noches sin descansar de una forma digna, una más no iba a causarle inconvenientes. Agilizó el paso. Su caballo lo esperaba fiel a muchos pasos de distancia.
Se detuvo al llegar a la roca. ¿Debía arriesgarse? Su mujer prefería un marido vivo a su lado que un héroe muerto. Al menos, eso era lo que le había repetido varias veces. Pero la convicción es la convicción, y el deseo acérrimo no nos abandona así como así. Vive en el interior del cuerpo, como una enfermedad. No había llegado allí para dar media vuelta, para salir huyendo. Si la esclava gala había sido capaz de enfrentarse a ella, ¿qué no conseguiría él? Además, llevaba su espada. Forjada en Roma. De acero y valor.
Entró en la cueva, la roca era fría, y la piel se le erizó. Caminó unos pasos, y aunque trató de ser cauto sus sandalias provocaban un tintineo que producía un eco delatador. Al fondo, una luz cálida caía por una obertura en el techo, y producía un destello suave sobre al lago que se formaba entre las rocas.
Un poco de luz entre tanta negrura.
Contempló el esplendor del paisaje, y pensó en su esposa. Si pudiera ver lo que sus ojos contemplaban en ese instante... Tanta belleza reunida. Supo que la echaba de menos.
Y entonces, una voz de mujer lo devolvió a la realidad. Lo arrancó de sus sueños, como un jarro de agua fría. Y su tono fue sereno, sin un ápice de alarma.

-¿Quién eres, y qué haces aquí?

lunes, 10 de abril de 2017

Próximas lecturas

Aunque sea lunes, he pasado el día con la sensación de que las vacaciones se acercan. Estoy un poco en modo off, sin embargo, esto no implica que al llegar al trabajo el ambiente no flote en esa nube de nervios y estrés. Pero me consuelo pensando que esta semana será corta, y cuatro días (aunque sean intensos), deben de pasar rápido. Así que con Semana Santa de por medio, creo que tendré más tiempo para ponerme al día con mis lecturas. O al menos eso espero.
Las novelas que pretendo leer en lo que queda de mes, y que además están recién sacadas del Fnac, son las siguientes:


Las sombras de Quirke (Benjamin Black):

Esta novela negra la he encontrado recomendada en diversos blogs, y aunque no soy asidua a este género (lo curioso es que sí he visto mucho cine negro), de vez en cuando sí me gusta toparme con una historia que me enganche con su intriga. Quizás no leo más novela negra porque al ser mi lista de lecturas pendientes infinita, lo voy postergando.
El caso es que nunca he leído nada de Benjamin Black, pero sí de John Banville. Como algunos sabréis, es la misma persona, el mismo escritor que ha separado géneros mediante dos nombres diferentes. Para mí, que un escritor triunfe doblemente tiene un mérito infinito.
No sé cuándo comenzaré con esta novela, si la semana que viene, o la dejaré para la última de las cuatro. Nunca sé qué voy a leer a continuación hasta que cierro el libro que leo actualmente. Lo que sí sé, es que tengo unas muy buenas expectativas puestas en esta novela.


De qué hablo cuando hablo de escribir (Haruki Murakami):

Si tuviera que elegir a un escritor vivo, este sería Haruki Murakami (eterno candidato al Nobel). Desde que leí Tokio Blues, no he dejado de leer sus libros, y he de reconocer que todas sus novelas me han absorbido. Algunas más que otras, claro, pero todas ellas están escritas con un toque surrealista que me atrapa. Quizás Tokio Blues posea un argumento más cotidiano, sin giros extraños ni situaciones estrambóticas, pero el resto, suele tratar temas que poco a poco van adquiriendo un ambiente muy psicológico. Ahora no voy a nombrar todas las novelas de Murakami que me marcaron, pero sí aprovecho para recomendar "El pájaro que da cuerda al mundo".
El caso es que no sabía que Murakami había sacado un libro nuevo, y al buscarlo en internet he descubierto que lo escribió en 2015, pero hasta 2017 no ha llegado a España. 
No se trata de una novela, sino de un ensayo, en el que Murakami, que siempre se ha considerado una persona tímida y poco dado a mostrar su vida personal, comparte con el lector su experiencia como escritor. Obviamente, cuando el otro día encontré este libro en la sección de novedades, no pude marcharme sin él.


La magia de ser Sofía (Elisabet Benavent):

Una de las primeras entradas de este blog trataba sobre "Mi isla" de Elisabet Benavent, una novela que se publicó en 2016. Ahora esta escritora de novelas Chick lit ha sacado una biología nueva. Llevo apenas 100 páginas de la primera parte, y de momento está cumpliendo mis expectativas. De hecho, esta escritora siempre consigue arrancarme risas, de esas que no puedo controlar, con sus historias de calle. 
La protagonista de esta novela es (como su título indica) Sofía, un chica de treinta años con sobrepeso que trabaja en El café de Alejandría. No necesita mucho más para ser feliz, aunque vive con el orgullo herido después de que su pareja la abandonase por una de sus mejores amigas. Cada viernes realiza una reunión con sus amigos, algo parecido a una terapia de grupo, que se llama "cuéntame tus mierdas", donde cada uno de ellos tiene derecho a quejarse de sus penas semanales. 
Lo que me gusta de Beta Coqueta es la espontaneidad de los diálogos y encontrar en las anécdotas que expone a mis amigas o a mí misma reflejadas.


La magia de ser nosotros (Elísabet Benavent):

El último libro es la segunda parte de la biología Sofía. No he querido leer la contraportada por miedo a recibir un spoiler (ya sé que este tipo de novelas tampoco tiene mucho misterio, pero de todas formas prefiero no saber nada).

Resumiendo, éstas van a ser mis novelas de abril, espero poder avanzar estos días, aunque también se me están acumulando las series.
Poco a poco iré realizando mis reseñas con la opinión que me han causado.



sábado, 8 de abril de 2017

La Bella y la Bestia


Título: La Bella y la Bestia
Dirección: Bill Condon
Reparto: Emma Watson, Dan Stevens, Luke Evans, Josh Gad, Kevin Kline, Ewan McGregor, Ian McKellen, Emma Thompson
Fecha de estreno: 17-03-2017
Duración: 2h 9min.
Género: Para todos los públicos, fantasía, musical
Guion: Stephen Chbosky, Evan Spiliotopoulus
Fotografía: Tobias A. Schliessler
Música: Alan Menken
Opinión.
Como todo el mundo conoce la historia, voy a saltarme una sinopsis que para este caso, resultaría inútil. De manera que voy a centrarme en la opinión que me ha causado la película de Emma Watson (¿y quién no la conoce así?) y en todos los detalles que me han sorprendido.
Para empezar, mentiría si no dijera que llevaba esperando esta película desde el día que supe de su producción. Ya sé que Disney ha utilizado una de sus artimañas a la búsqueda de más dinero, pero le perdono porque ha tocado mi fibra sensible. ¿Quién no adora La Bella y la Bestia?


El día del estreno, con las entradas compradas previamente, mi mejor amiga y yo hacíamos cola para entrar en la sala junto a otras treintañeras que deseaban revivir la magia que sintieron en 1991.
La verdad es que la película me encantó. Seguramente, mi opinión está condicionada, ya que la Bella y la Bestia ha sido siempre mi película Disney preferida y cuando era pequeña, la vi hasta el aburrimiento.
Me ha gustado la gran fidelidad a la película original, el guion es prácticamente clavado, y las escenas añadidas o ligeramente alargadas me han parecido adecuadas. También me ha gustado ese toque un tanto sucio de la Francia de María Antonieta, que no aparece en la versión animada (es animación Disney, claro).
No obstante, me he llevado algunas sorpresas. Fui a ver la película sin conocer a los actores famosos que la protagonizaban (a excepción de Emma Watson, que ha sido, sin duda, la estrella del film, y Luke Evans). Pues bien, me sorprendió mucho ese momento en el que el hechizo se rompe y Bestia se convierte en Dan Stevens (Matthew Crawlay en Downton Abbey). El caso es que siento una gran predilección por el personaje, tan gentleman, tan educado, tan atractivo...aunque tampoco quiero hablar más de la cuenta por no hacer spoilers, y no pretendo desviarme del tema principal, que es La Bella y le Bestia. Pero es que Matthew Crawlay es el príncipe azul por excelencia.


Igualmente, tampoco esperaba ese arsenal de actores clásicos y que tanto me gustan: Emma Thompson, Ian McKellen, Ewan McGregor, y Kevin Kline. Los adoro a los cuatro por igual, por la carrera que se han ido creado a lo largo de los años. Mucho ruido y pocas nueces, Dioses y monstruos, Trainspotting, French Kiss. Por poner un ejemplo de cada uno.
Por último, Emma Watson está reluciente. No me imagino otra actriz más adecuada para el papel. Por lo que sé de ella, es una persona inteligente, feminista, con los pies en la tierra, que ha sabido llevar la fama con sensatez.
Ha protagonizado un par de películas que me han gustado bastante: Las ventajas de ser un marginado y The Bling Ring. Pienso que interpretar a Bella le va a borrar, aunque sea un poco, esa etiqueta de Hermione, la cual no está mal, pero imagino que a nadie le gusta encasillarse. Al menos yo, odio las etiquetas. Así que creo que este papel la alejará un poco de Harry Potter.
Y pensando en todos estos actores del Reino Unido, concluyo: una película americana, ambientada en Francia y protagonizada por ingleses...vaya mezcla. Bueno, McGregor es escocés…


No nos vamos a engañar, el momento álgido de la película es el baile, y Bella luciendo su vestido amarillo. No es que me haya parecido feo, pero no acaba de ser fiel al de la película original. Para empezar, le faltan los guantes, y la falda no luce del mismo modo. Quizás ésta ha sido la única decepción que sentí al ver la película. Esperaba un vestido más pomposo, y no tan liso, más fiel al de dibujos.



Además, hay que añadir un vestido nuevo, el que lleva Bella al final de la película. A mí no me gusta que las versiones originales se toquen, pero el vestido me ha parecido tan perfecto que en este caso haré una excepción.
Resumiendo, la película es una buena adaptación a la de dibujos estrenada en el 91. Las canciones ejercen la misma emoción y el mensaje resulta tan dulce como siempre. En todo momento sabes que estás viendo La Bella y la Bestia que enamoró a una generación de niñas.




martes, 4 de abril de 2017

Reto con frases de Mia Lozano


Voy a realizar un paréntesis en la historia de la chica vestida de mimo francés, y voy a responder al Reto con frases de Mia Lozano que ha publicado en su blog sweetcoffeelatte.blogspot.com

En su propuesta, debía elegir dos frases de una lista, y aunque he dudado un poco, me he decantado por las siguientes:

3. ¿Porqué no nos vamos de aquí y nos divertimos?
4. Tiró de su mano y la encerró en el cuarto de la limpieza.

Debe de ser un relato subido de tono, así que voy a ver qué tal se me da.

-¿Por qué no nos vamos de aquí y nos divertimos?
La voz llegó a los oídos de Charlotte en un susurro, y tuvo que hacer esfuerzos para asegurarse de que había oído lo correcto. Apenas se movió del sitio,  se limitó a beber el café de máquina, a fingir que le gustaba ese líquido aguado que muy lejos estaba de parecerse a un café decente. Zack se deslizó sigiloso y se colocó junto a ella. 
No sabía qué la turbaba más, sentir el aliento de él en su nuca o tenerlo de frente, observándola con ese deje de insolencia.
-Te lo tienes muy creído, ¿no?
Charlotte trató de mostrar seguridad, y soltó la frase de carrerilla, como quien baja una pendiente corriendo para no caerse. Si Zack notó flaqueza, no lo demostró, ni tampoco mencionó el ligero rubor de ella.  Son los problemas de tener una piel pálida, que los sentimientos se delatan en la cara.
Él se aclaró la garganta y cuando puso los brazos en jarra, la americana se abrió y la camisa se adaptó a su cuerpo torneado. Charlotte fingió que bebía, pero sólo era una manera de cubrirse media cara. La vergüenza, el rubor.
-Si hablas tan alto nos van a oír- dijo al fin.
Zack había adoptado una expresión socarrona, y como ese día tenía el pelo más ensortijado que de costumbre, sus facciones se habían vuelto un tanto malvadas. Malvadas en el buen sentido, pesó Charlotte. Después de todo, las mamparas de la oficina impedían la visión a la máquina de café. El problema surgiría si algún jefe salía de su despacho. 


Se movió inquieta cuando él se le acercó. 
-¿Te has vuelto tímida de repente? Porque anoche no lo parecías en absoluto.
Sostuvieron la mirada. Charlotte buscó en su cabeza algunas palabras elocuentes, algo ingenioso que la hiciera quedar a la altura de la situación, pero no fue capaz de encontrarlas.
-¿No quedamos en que no hablaríamos de esto?
-Lo decidiste tú sola.
-Siempre he deseado decirlo: lo de anoche fue un error.
La expresión de Zack se volvió irónica, aunque el juego le gustaba.
-Cuando yo era tu jefe no traías esos vestiditos. Mejor que no te diga lo que estoy pensando, porque vas a salir corriendo.
-Cuando tú eras mi jefe no me habría acostado contigo.
-¿Nunca hubieras acabado en mi cama? No me digas...
-No, ni hablar.
-Espero que ese café lleve menos veneno que tus palabras, mentirosa.
Zack estudió el perímetro mientras Charlotte permanecía estancada, esperando el siguiente paso. Y cuando una sonrisa perversa se esbozó en su cara, ella sintió verdadero pánico. Pánico en el buen sentido, por supuesto.
Tiró de su mano y la encerró en el cuarto de la limpieza. Antes de que ahogase un grito de sorpresa, él le tapo la boca con una mano.
-Schh que nos oirán.
Ella se deshizo de él, pero lejos de huir de allí se desabrochó la cremallera del vestido, se lo extrajo por los brazos en un gesto rápido y lo lanzó sobre el cubo de fregar. Zack se aflojó la corbata. Cuando la apretó contra la pared, los palos de las escobas y fregonas cayeron sobre los botes de lejía. 

lunes, 3 de abril de 2017

Mimo II


Tres adolescentes de belleza más que aceptable salen del Kebab que hay junto a la parada de autobuses.
La noche es oscura, pero la farola desprende un matiz anaranjado que enaltece las siluetas atractivas. Aunque ninguna pasa de los dieciséis años, unos vaqueros ajustados y un tono rojo en los labios consiguen una madurez inexistente. El carácter avispado se encarga del resto. Llevan latas de cerveza en la mano, de una marca barata que sabe a todo menos a cerveza decente, pero esto no les importa, y entre alaridos, cruzan la calle sin mirar a los lados. Una moto se detiene en seco, y a la que parece la líder se le derrama un poco de cerveza al saltar asustada. El motorista abre la visera del casco y, preso de un ataque de ira, les suelta un sermón que a ellas divierte. Sin un ápice de vergüenza, la que parece la líder le lanza un besito irónico haciendo morritos.
Claudia contempla la escena desde su balcón de rejas. El día ha declinado hace rato, pero el bochorno consigue que su frente se humedezca. Pero está demasiado ensimismada para pensar que su vestido se le pega al cuerpo. Cree que esas niñas son atrevidas. En realidad, no lo cree, lo sabe, porque ella estaba hecha de la misma pasta trece años atrás. Porque, esas chicas deben de tener quince años, ¿no? Hoy en día es muy difícil acertar y no ofender a nadie. La ropa se ha vuelto de un estándar peculiar, es utilizable en un rango de quince a sesenta años. Contempla a las adolescentes seguir con su juerga escandalosa. Una pareja se las queda mirando. No está bien visto que las adolescentes monten estos espectáculos en la calle. No obstante, sabe que el reproche de la gente no hará más que alimentar la vanidad de las jóvenes, a esa edad el carácter rebelde es muy difícil de gobernar. Y Claudia era así hace trece años, cuando iba al instituto y se encerraba en los baños a fumar o darse el lote con algún capullo de clase.
En fin, echa un ojo a su reloj de pulsera. Santi llega tarde, lo cual ha dejado de sorprenderle. Se levanta del suelo de terrazo y se limpia el vuelo que la falda del vestido produce. No quiere ir sucia a su cita con Santi. Sabe que es una noche importante, al menos para él, y defraudarle no entra en sus planes. Entra en el piso y cierra la puerta del balcón, aunque el bochorno en el comedor se condensa como el humo en una cocina vieja.
Sonia está tumbada en el sofá desvencijado. El pelo lacio se le amontona pegajoso en la cara, podría ser de japonesa si no fuera por el tono caramelo. A pesar del calor, no parece molestarle. Ahora Sonia da una imagen de tranquilidad, muestra una estoicidad admirable, pero esa misma tarde ha sufrido uno de sus ataques de ansiedad. ¿Cómo puede una pediatra ser tan emocionalmente inestable? Bien mirado, no tiene nada que ver una cosa con la otra. A Claudia, lo que le importa es que ha llegado tarde a su clase de patinaje por tratar de consolarla. Las niñas ya esperaban nerviosas y revueltas, y ya no se han concentrado. Ahora no queda rastro de esa nube dramática que había sobre su cabeza. Después de la tormenta siempre llega la calma. Al menos, eso dicen, ¿no? Sonia tiene el mando a distancia bien sujeto en una mano, como si temiera que se lo robasen, y la otra mano tras la cabeza. Prácticamente ocupa todo el sofá, así que Claudia se sienta en una esquina mientras sopesa el estado de su vestido de tirantes. Sonia cambia de canal e inicia una larga sesión de zapping, después le pide veinte euros para la noche. Ha quedado con se chico al que lleva viendo tres meses. Claudia no sabe muy bien si son novios o sólo amigos, pero tampoco le ha preguntado. Lo importante es que a Sonia no le ha dado tiempo de ir a sacar dinero, pero en cuanto pueda, según dice, se lo devolverá.
Claudia toma aire, con un deje de desesperación, pero Sonia no se siente aludida, cree que es una manera sutil de quejarse de Santi. ¿Cómo puede tener la cara tan dura? No la va a echar de menos cuando se mude a vivir con él, aunque a ella se lo ha vendido de otra manera. No le ha confesado que ya no aguanta su desorden, sus altibajos, sus miradas tóxicas. Esos veinte euros que le deja, serán los últimos. Sabe que su ataque de esa tarde se debe a que se siente abandonada. Un sentimiento que ha dado paso al reproche. Ha preferido a un tío que a ella.


- Por cierto- Sonia se levanta de un salto-. Entiendo que debo seguir ocultando a Santi tu paranoia de Las Ramblas.
-¿A qué viene eso?-Claudia frunce el ceño, no entiende el comentario de su amiga-. Ocultar es exagerar, no tiene importancia mi anécdota de Las Ramblas.
-Que le ocultes a tu novio que has sido mimo, como una mendiga, no define muy bien tu relación.
Claudia coge aire, como si fuera a decir algo, pero lo expulsa, cansada. En el fondo es cierto, le ha mentido a Santi, o le ha ocultado una parte de su vida, que no es lo mismo, pero hay maneras y maneras de decirlo.
-Hacer de mimo no es un delito. Me he divertido durante unos meses, pero se ha acabado. Me he deshecho del traje. Se acabó. Fin. Y Santi y yo somos felices. Vamos a vivir juntos por algo.
-Ya pero ¿y si se entera? Con lo elitista que es…
Claudia se pone en pie. Tanta toxiciad la está abrumando. Pero sabe lo que implica contestarle como se merece. Una bronca y un escándalo. Se pondrá a llorar, se pondrá a gritar.
Claudia coge el bolso de bandolera y tras cruzárselo, comprueba que lleva todo lo necesario. Monedero, móvil, llaves, colorete.
-Hoy es el gran día.
-Voy a conocer a su hermano, tampoco es para tanto.
-Un hermano es un hermano. Si no le caes bien, lo vas a tener jodido.
-¿Por qué no voy a caerle bien?
Claudia está llegando al límite de su paciencia. Sabe que el rencor de Sonia tiene su base en el sentimiento de abandono. Ha dejado ese piso cutre de Sant Antoni, de rebote, la ha dejado a ella. ¿Pero qué esperaba?
-¿Ya sabes como se llama el hermano de Santi? ¿Has visto alguna foto?
-No he visto ninguna foto. No sé nada de él, sólo que se llama Marcos, y que trabaja en un cine de no sé dónde.
-¿Santi tiene un hermano que trabaja en un cine? ¿El señor empresario?
Claudia adopta una actitud tajante.
-Sonia, pásalo bien. He de irme.
Sale del piso echa un manojo de nervios. Sonia tiene ese efecto de destruir por dentro mientras se hace la víctima. No sabe cómo será vivir con Santi, pero no puede ser peor que soportar a una bipolar egocéntrica.

Espera en la portería a que Santi aparezca con su Audi color negro. Seguramente vestirá su traje gris que suele combinar con camisas pálidas. Al final de la calle, las adolescentes reaparecen, igual de escandalosas que hace apenas media hora.